Una mezcla entre MDMA y LSD: así es la 2C-B

Publicado por James Nolan el 5 de marzo 2019 para VICE Reino Unido.

Durante décadas, solo los expertos en drogas psicodélicas conocían la 2C-B, pero ya lleva unos años siendo más popular, lo que ha hecho que cada vez haya más traficantes vendiéndola en la red oscura.

Es la noche de un sábado en un club del norte de Londres y Mo, un joven de 26 años, se traga una pastillita rosa con un trago de Red Bull. En una hora, está bailando sin control. Aunque la euforia que siente es parecida a la que le provoca éxtasis, las luces del techo que están encima del DJ y que van y vienen como si estuvieran reflejadas en el agua, indican que no ha consumido MDMA, sino 2C-B, una droga alucinógena disponible en la red oscura que ha encontrado su nicho de mercado en los clubes de Reino Unido.

“Es la droga que más se ve en las fiestas, después de la MDMA, la cocaína y la ketamina, pero es normal encontrarse con gente que nunca ha oído hablar de ella”, explica Mo cuando hablo con él unos días más tarde.

Imagen recuperada el 26/03/20198 desde Cannabis.es

La sintetizó por primera vez en 1974 Alexander Shulgin, el mismo hombre que popularizó el uso de la MDMA en psicología. La 2C-B empezó como tratamiento terapéutico antes de que la empresa alemana Drittewelle empezara a comercializarla como el afrodisiaco Erox. En 1985 se empezó a usar como un efímero sustituto del éxtasis en Estados Unidos, cuando se penalizó la MDMA. En aquella época, se vendía en las smart shops holandesas bajo el nombre de Nexus. La mayoría de la 2C-B que llega hoy en día a Reino Unido, donde es ilegal por la Ley de uso indebido de drogas, se sigue haciendo en laboratorios holandeses.

Durante décadas, solo los expertos en drogas psicodélicas conocían la 2C-B. Últimamente, con los cientos de miles de seguidores que están ganando los foros sobre drogas como los de Reddit, cada vez se conoce más y los traficantes se sienten más inspirados para venderla en la red oscura. Aparte de en las discotecas de Londres, se puede ver su impacto en la encuesta Global Drug Survey de 2018, donde el 6,7 por ciento de los encuestados afirmaron consumirla, por encima de la heroína y el crack; en la canción de 2018 de Kanye West “Yikes”, en la que rapea “Tweakin’, tweakin’ off that 2C-B” (que viene a ser, más o menos, “metiéndome 2C-B”); y entre la élite colombiana, ya que, según informa Semana, la 2C-B se ha vuelto su droga preferida.

Mo y todos con los que se está bailando alocadamente tienen acceso a más drogas que las generaciones anteriores, pero también pertenecen a un grupo que conoce bien la reducción de daños y que no puede permitirse tener resacas de todo el día por los turnos de fin de semana, su trabajo como autónomos y la necesidad de emprender.

“La MDMA fue la primera droga que probé y, sin duda alguna, afectó positivamente a mi personalidad”, cuenta Mo. “Me volví menos introvertido y me ayudó a encontrar el mundo del tecno, a disfrutar de la música y a sentir que pertenecía a algo. Después de eso empezaron a interesarme los efectos de las drogas y la farmacología y la reducción de daños, así que gracias a eso no consumí MDMA en exceso, porque en aquella época era muy fácil pasarse”.

Y aquí entra en juego la 2C-B. A diferencia de la MDMA, no reduce la serotonina, el compuesto químico que tenemos en el cuerpo que nos hace felices. En vez de eso, la imita, un poco como algunos antidepresivos, por lo es menos probable que aparezcan pensamientos tristes y cansancio tras consumirla y que sufras daños en las células cerebrales (neurotoxicidad) a largo plazo. Aunque apenas se ha investigado la 2C-B, los consumidores acusan que la tolerancia a esta droga se reinicia cuando han trascurrido aproximadamente 48 horas. De nuevo, esto la distingue de la MDMA, ya que aunque consumas esta última una vez cada pocos meses, la gente necesita cantidades más altas para conseguir subidones más cortos.

“A nivel cognitivo, no siento que la 2C-B me afecte negativamente”, dice Mo. “He podido dejarla durante varias semanas consecutivas y los días después de consumirla no siento ningún tipo de resaca. Físicamente, he sentido nauseas y mareos durante el bajón un par de veces, pero esto puede mitigarse consumiéndola con el estómago vacío, sin haber bebido apenas alcohol antes y evitando que las dosis sean demasiado altas”.

Una pastilla de 2C-B cuesta unos 8 euros en la red oscura, aunque, obviamente, como hace Mo, cuanto más compres, menos cuesta. La dosis típica es de 20 miligramos y aunque se conoce como la droga que más duele esnifar, también se vende en polvo. Al esnifarla, el chute es más duro y más rápido y los efectos desaparecen antes. El subidón de una pastilla dura entre 45 y 75 minutos, el colocón una dos horas y el bajón otras dos.

Según Mo, cuando baila tecno bajo los efectos de la 2C-B, se siente “conectado”. Tanto que, aunque suda como un pollo, prefiere quitarse la camiseta empapada a salir fuera a tomar el aire.
Y no es el único: en el club hay tanta condensación que las paredes gotean. Cuando acabe la noche, parecerá que la discoteca se ha inundado. También experimenta visualizaciones con los ojos cerrados, en las que ve patrones de colores que se transforman constantemente. Pero, más allá del rastro de luces, necesitaría una dosis más alta para tener alucinaciones con los ojos abiertos.
Los efectos de la droga van aumentando y disminuyendo en intensidad durante el colocón, aunque en general, la 2C-B es mucho más fácil de controlar que otras drogas alucinógenas como la LSD o los hongos psilocibios.

“La 2C-B se describe como una mezcla de MDMA y LSD y entiendo por qué la gente lo ve así, aunque para mí se acerca más a la segunda. Es como una versión abreviada de la LSD que se puede controlar mucho mejor y eso la hace perfecta para ir de fiesta. El colocón incluye los síntomas clásicos de las drogas alucinógenas: aumento del sentido del tacto, cosquilleo en los dedos durante el subidón y una percepción más brillante y vibrante de las luces.

Como ocurre con todas las drogas alucinógenas, existe la paranoia de que los viajes con 2C-B puede dejar al consumidor en conflicto con su entorno. En un momento dado, Mo deja de bailar, se vuelve a poner la camiseta empapada y mira confuso a su alrededor. Echa un vistazo al móvil y se da cuenta de que es mucho más pronto de lo que pensaba. Es otro de los efectos de la 2C-B, tener la sensación de que el tiempo pasa más rápido.

A pesar de la defensa que hacen los consumidores de ella, la 2C-B también tiene una parte negativa. Al igual que la MDMA, esta droga afecta al ritmo cardiaco y al sistema nervioso central. Además, a veces se sufren dolores de cabeza si se consumen grandes cantidades. Al ver cómo sudaba Mo, queda claro que también hay riesgo de infarto, así que mantenerse hidratado durante la fiesta es vital.

Además, los daños cerebrales que sufrió una mujer se vincularon con el consumo de 2C-B, pero no se sabe ni la dosis ni la pureza. También se desconoce cuál es la dosis letal de 2C-B, aunque hay usuarios de Reddit que aseguran haber consumido cientos de miligramos sin que su vida se haya visto en peligro, si bien algunos empezaron a padecer trastorno perceptivo persistente por alucinógenos, es decir, seguían experimentando los efectos de la 2C-B tiempo después de que se hubiera eliminado por completo de su organismo. Normalmente, las dosis que superan los 15 miligramos son bastante intensas y las que superan los 25 (donde las alucinaciones con los ojos abiertos son más comunes) pueden acabar en un susto.

Aunque forman parte del mismo grupo de compuestos, la 2C-B no es igual que la 2C-P, esa droga tan peligrosa que causó la muerte a Louella Fletcher-Michie en el Bestival en 2017. A diferencia de la 2C-B, la 2C-P tiene un largo historial de sobredosis en los años 90, aunque Fletcher-Michie fue la primera muerte registrada. Hoy en día solo la vende un traficante de la red oscura. Sin embargo, sigue disponible en internet como compuesto químico destinado a la investigación en sitios web dedicados, en teoría, a científicos.

Pero otra ola de euforia invade a Mo y empieza a bailar de nuevo. Esos efectos negativos le resultan tan lejanos que es como si no existieran.

Fuente original en inglés: VICE Reino Unido

Fuente original en español: VICE España

Digo más veces “no es no” a la gente que bebe alcohol que a los machirulos

Escrito por

Publicado el 28 de noviembre 2018 en Pikara online Magazine

El alcohol está en el centro de todo, y quienes tomamos la decisión de no consumirlo pasamos a estar en los márgenes y a ser vistes como aguafiestas -nunca mejor dicho-, aburrides.

Ilustración: Señora Milton

Decir que soy abstemia es salir de otro armario. Hasta las preguntas del régimen alcohólico se parecen a las del heterosexual. Podemos sustituir la palabra ‘lesbiana’ por ‘abstemia’ o ‘alcohol’ por ‘tío’ y funciona igual:

—¿Desde cuándo eres lesbiana abstemia? (desde a.C.).
—¿Cuándo saliste del armario de alcohólicos anónimos?
—¿Nunca has probado con un tío el alcohol, pero ni con esta mezcla?. ¿Cómo sabes que no te gusta si no lo has probado? (léase con voz de machi o de alcoholover). Pues no sabes lo que te pierdes (querrás decir, todo lo que me ahorro).
—¿Hacéis las tijeras brindas con agua? ¿Y ya pierdes la virginidad te diviertes? ¿Si no follas con pollas, qué haces bebes alcohol, qué bebes? Eso no es follar beber.
—¿Eres lesbiana abstemia porque has tenido problemas con tu padre o los hombres el alcohol?
—Lo de lesbiana abstemia es una etapa, ya se te va a pasar, cuando seas más adulta te empezará a gustar los tíos el vino, verás como sí.
—Voy a lograr que te gusten los tíos bebas, ya verás (lo que vas a lograr es que te eche el vaso encima).
—Pues yo tengo una amiga lesbiana abstemia como tú, y respeto su decisión, ya te la presentaré (gracias persona hetero-génea por homo-geneizarme).
—¿Y ya encuentras lugares gayfriendlys libres de alcohol?
—Yo una vez me lié con un tía dejé de beber por un tiempo, por probar, pero no soy lesbiana abstemia, me encanta follar con tíos beber (tranqui, no te voy a llamar abstemiaflexible).
—Yo no he llegado al acoso coma etílico qué te piensas, no todos los hombres bebedores somos iguales (si lo pensara sería absteminazi, ¿no?).
—Me gustaría verte con un vestido borracha, a ver cómo te sienta (no he estudiado dramaturgia, lo siento).

Y hasta son intercambiables con las preguntas del imperio cis, encaminadas a averiguar sobre la trans-ición de alcohólica a abstemia, para señalar que antes bebíamos, vamos que antes éramos normales, y alimentar así su morbo por el deadname (nombre muerto) las borracheras del pasado. Sólo que en vez de preguntar qué tenemos entre las piernas nos preguntan qué tenemos entre las manos, cuando el color de la bebida es sospechosamente parecido a una bebida alcohólica.

Venga va, voy a daros unas cucharaditas de morbo. Yo no soy una abstemia de pedigrí, no tengo el pin de purista. Mi primera borrachera fue a los 14 años cuando murió mi madre, para meter el dolor en hielo y anestesiarlo. Preferí ahogarme en alcohol a que la vida me ahogara, preferí nadar en mares de alcohol a inundarme hasta el cuello de llanto como Alicia. Y el duelo se fue a la deriva. Y vino flotando la aceptación social del grupo de pares. Yo bebía aunque tuviera que echarle chorretones de licor de mora o cualquier mierda dulce para tapar el sabor a Nenuco. Las quedadas sólo eran para salir y cambiar el riego sanguíneo por alcohol, moneda de cambio para ser aceptada porque seguía la corriente de los peces que “beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río por ver a Dios nacer”. Cuatro años después dejé de rezarle a este Dios, tras una resaca emocional por una amnesia etílica que me reseteó de la memoria casi todo el concierto de Canteca de Macao que llevaba años queriendo ver; menudo trauma musicómano. Desde entonces, dejé de violar a mi paladar con bebidas espirituosas que me hacían poner caras del Fary chupando un limón, para más adelante politizar mi decisión sin flagelarme. Y es que este Dios es omnipresente y cuelga sambenitos a quien no bebe su sangre vino: las reuniones familiares, conciertos, aniversarios, celebraciones, cumpleaños y toda metamorfosis festiva gira en torno al alcohol, el vinito mientras se cocina, el vermut, el pintxopote, las birras de después de clase, las de después del trabajo, las de la cena de empresa, las de al llegar a casa, las del premio “cuando termine me abro una birra / me la pego gorda”, las de “bebe que ya eres un hombre”, las de si gana tu equipo y las de si pierde también, total, ya lo dice el cántico popular: “Alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos, y el resultado nos da igual”.

Pero no sólo el resultado os da igual, nosotres les abstemies también. Os olvidáis de la existencia abstemia, y no por una borrachera etílica, sino porque no estamos en el imaginario del homo alcoholicus. Cuando vais al colmado a por unas litronas, ¿quién se acuerda de preguntar si queremos algo?, ¿cuántas veces os habéis olvidado de traernos el zumo o la lata de guaraná que hemos pedido?, ¿o de comprar otras cosas que no fueran alcohol para la fiesta en casa? Las opciones sin alcohol son, casi siempre, o refrescos capitalistas mata diabéticxs (Coca Cola, Fanta y su primo hermano el Kas) o el recurso de la naturaleza que debería ser gratis, el agua. Y esto en caso de que haya oferta no alcohólica. Así que imagina, cuando hay limonada o zumos es un subidón, aunque estén a precio de sangre de unicornio. Eso sí, elegir estas opciones nos deja sin derecho a la tapa gratis: “Sólo con el vermut”, “sólo con la caña / vino, no puedo hacer nada, ya lo siento”; o, lo que es lo mismo, “las normas son las normas”. Y en este caso, la norma es beber alcohol: lo primero que se nos suele ofrecer al preguntar qué hay sin alcohol es la cerveza sin alcohol. Los bonos de consumición son por defecto, de bebidas alcohólicas. Al decir “hoy voy a beber menos”, por elipsis, se omite la palabra alcohol dándolo por hecho, cuando bien podrían ser cafés o bebidas azucaradas, por ejemplo. Y es habitual escuchar los dichos de que la gente que no bebe no es de fiar (cuidado que también tenemos caramelos envenenados) o que brindar con agua da mala suerte (perdone usted, por no seguir su dogma).

El alcohol está en el centro de todo, y quienes tomamos la decisión de no consumirlo pasamos a estar en los márgenes y a ser vistes como aguafiestas -nunca mejor dicho-, aburrides. Y es así como la sociedad aparte de falocéntrica y carnecéntrica también es alcoholocéntrica (todo asociado con lo masculino, vaya qué casualidad). Os imagináis que a alguien a quien no le gustan los guisantes, le mirasen con cara de “eres más rare que Pérez Reverte deconstruyéndose” y le dijeran:

—¿Y por qué no te gustan?, si todo el mundo los come.
—Pídete unos guisantes, no seas cortarrollos.
—Úntate los labios con un guisante a ver si te gustan.
—Hazlo por mí, que es mi cumpleaños (no sé tú pero esto en mi pueblo se llama chantaje).
—Venga va, pruébalos, sólo uno. Mira, toma éste que es pequeño.

¿En serio le insistiríais a alguien que no le gustan los guisantes que los coma, una y otra vez, cuando ya te ha dicho que no le gustan? Y a quienes no fumamos tabaco, ¿a que a nadie se le ocurre ofrecernos hasta la saciedad cigarrillos?, al contrario, nos aplauden la decisión por sana. Y así es como paso a decir más veces “no es no” a la gente que bebe alcohol que a los machirulos. Todo el mundo no sólo te ofrece sino que te presiona a beber, para luego cuestionarte y no plantearse siquiera la posibilidad de la libre elección:

—¿Te estás medicando? (sí, con pesadizil, para que dejes de comerme la oreja y pueda bailar tranquila).
—Pero si los médicos recomiendan una copa de vino al día (¿dices les que están sobornades por la mafia farmaceútica?).
—¿Estás embarazada? (sí, por una paloma blanca llenita de proyectos vitales).
—Estás con la regla, ¿no? (sí, para medir lo pesade que eres).
—No me jodas que ahora eres musulmana o de alguna religión de esas que prohíben (a ver si nos revisamos la islamofobia, y miramos todo lo prohibicionista que ha sido y es el cristianismo).
—¿Eres la sacrificada del grupo que va a conducir no? (sí, a conducir la conversación para otro lado, cansine).
—Eres una striki (ni, pirqui consimi itris driguis). No tomas alcohol, pero sí café que es otra droga, ¿cómo es eso? (las disertaciones dejé de hacerlas en bachiller, gracias).
—El no beber está de moda, ahora se creen superiores y van de guays, tú no ¿eh?, me refiero al resto (¿yo no? Oh gracias por el halago, tranqui, no me ofende tu pelotudez).
—Joe chica, qué sosa, a ver si nos soltamos un poco que la vida está para vivirla (sí, de resaca en resaca).
—A mí las primeras veces tampoco me gustaba, pero luego le pillas el gusto, ya verás (hacer algo que no te gusta hasta que te guste, qué orgulloso estaría Chomsky de la manipulación de masas contigo, oye).
—¿Cómo haces para ligar?, ¿y para bailar?, ¿y para vivir? (de lxs patrocinadorxs de: sexo, drogas y rock and roll). ¿Y cómo aguantas? (chutándome música en vena, mierda de la buena).
—Lo que nos tienes que aguantar estando sobria, ¿no? (hostias, una frase con coherencia, no me hagas ilusiones).
—Pero esto es desigual, tú no estás borracha y yo sí, me siento observada si hago el mongui.

¿Sabes qué es lo desigual? Que me invisibilices, que me cuestiones, que me pidas explicaciones, que me presiones cuando te digo que no y que no me dejes en paz. Y yo no le encuentro las siete diferencias con la violencia machista que no respeta el “no es no” para violentarnos. Y muches quizá estén pensando que los espacios feministas y no mixtos están salvos de esto, que no se reproduce. Pero dejadme deciros que no se salva ni Dios Butler, sólo que se formula de otra manera: “¿Pero no bebes por una decisión política?”. Porque si respondo que sí me quitan menos puntos del carnet feminista. Escuece reconocer que beber da poder y rango en los espacios feministas, además de hipersexualizarlos. Y me consuela saber, que hay consenso y que no fui la única que lo pensó en el taller de Relacions de poder als espais festius feministes (Relaciones de poder en los espacios festivos feministas), de la Escola Bollera de Barcelona, donde nos cuestionamos qué cosas otorgan rango y poder en las fiestas feministas. Y también pica reconocer las contradicciones cuando hacemos kafetas para autogestionarnos y decís: “Hacemos barra porque el alcohol da pasta, es lo que hay”. No, no es lo que hay. Hemos hecho bingos musicales feministas, rifas, maratones de trivial feminista, comidas, serigrafías… sabemos que hay otras formas de sacar pasta que no sea del alcohol para darle la paga a papá Estado y favorecer el letargo social. Así como también sabemos que cuando lleváis birras a las asambleas, pasan a convertirse en una reunión de amigues donde a cada cual grita más alto y nos descentramos, pero nuestra voz no es escuchada y… ¿esto de los feminismos no iba de escuchar las voces silenciadas?

Y es que voces en el mundo abstemio las hay de todas las texturas, olores, sabores, colores y frecuencias. La mía, es ésta. Más allá de que no me guste su sabor y sus efectos en mí, y de que se trate de una droga que no me aporta nada en el plano espiritual, ningún crecimiento personal, nada que pueda extrapolar a mi cotidianidad, me niego a sucumbir a esta cultura del alcohol donde se romantiza, se exotiza y se glorifica. Donde las personas abstemias estamos invisibilizadas, infravaloradas y no tenemos asiento en el imaginario colectivo, mucho menos referentes y representación. Donde la diversión es directamente proporcional a la ingesta de alcohol. Donde las resacas son trofeos. Y los “no me acuerdo de nada pero lo bien que me lo pasé, jeje” están a la orden del día. ¿Cómo puede ser divertido algo de lo que ni siquiera te acuerdas? Yo personalmente no lo necesito como vaselina social. No lo necesito para romper la barrera neoliberal e individualista que nos hace tener miedo a socializar (y ligar, eso que tanto os preocupa). No lo necesito para bajar las barreras de la represión emocional y afectiva. No lo necesito para darte un abrazo o decirte cosas bonitas porque sí, porque me nace. No lo necesito para evadirme. No lo necesito para cerrar los ojos ante mis sombras. No lo necesito para dejar de escuchar los miedos y las tristezas desquebrajándose. No lo necesito para sacar de la pista a la vergüenza y bailar hasta romper los calcetines. No siento vacío cuando no tengo un vaso en la mano. Al contrario, prefiero tener las manos libres para bailar más y mejor. No lo necesito para divertirme, la diversión está en mí, en mis amigues, en el contexto y en la música, sobre todo en la bendita música. Me mimetizo con la estupidez alcohólica del entorno que no veas, hacer el idiota me viene de fábrica. A veces hasta me confundís con une de vuestra especie. Y creedme, frente al mito de que no aguanto, la de veces que he vuelto a casa cogiendo al sol por el hombro y culminando con unos churros con chocolate (mi pequeño fundamentalismo de las gaupasas). Y ya para terminar os voy a confesar un secreto: he vivido la cultura del mate en Argentina y sé que el ritual de socializar y compartir, se puede hacer sin un pretexto alcohólico.

Un minuto de silencio por las feministas y consumidorxs de alcohol que están pensando: qué seca. Pero ni soy una seca ni voy a imponerte la Ley Seca. Sólo pido abstemioridad (dícese de la sororidad hacia las personas abstemias). Que me digas de quedar para tomar algo, y no unas birras dando por hecho que bebo. Que dejes de burlarte de mi colacao y de infantilizarme por ello. Que no llames vino sin alcohol a mi mosto. Que la sangre de Cristo sea zumo de tomate. Que dejes de darme la lata (en el sentido literal y figurativo), porque si une abstemie dice no, es no.

Fuente original: Pikara online Magazine

Una historia de amor químico

18 de marzo, 2019

Imagen e Ilustración de Sebastian Gagin || Texto de Enzo Tagliazucchi, Federico Zamberlan

¿Qué es la MDMA (Éxtasis)? ¿Cuál es la historia de su descubrimiento y prohibición? ¿Cuáles son los efectos y riesgos de su consumo?

“Empezaba a ser evidente: la MDMA podía ser cualquier cosa para cualquier persona”.

Pihkal: A Chemical Love Story, Alexander Shulgin

Éxtasis, ‘emedé’, ‘cristales’, ‘molly’, diferentes nombres para una misma sustancia, la cual muchas personas esperan encontrar en sus pastillitas de sábado por la noche, aunque no todas tienen esa suerte. Porque cada semana, más de un millón de personas alrededor del mundo pegan y se la pegan con pastillas, participando de una suerte de ruleta rusa química por no saber si su pastilla es de kiosco, de laboratorio o mortal. Al fin y al cabo ¿cuán probable es que una pastilla producida por individuos particulares, sin exigencias éticas y completamente por fuera de la ley, sea sometida a los estrictos controles de calidad necesarios para garantizar la honestidad del tranza de la esquina?  (retórica que se vuelve aún más triste al saber que el contenido de pastillas puede ser fácilmente determinado mediante tests con reactivos químicos como Marquis, Mecke, Mandelin, etc. y distintos tipos de cromatografía y espectrometría, pero ninguno de estos métodos puede ser usado en Argentina, porque el testeo de pastillas es ilegal, incluso cuando sería de enorme utilidad para prevenir tragedias).

En términos técnicos, desde la química, la tan codiciada molécula es la 3,4-metilendioximetanfetamina o (en su versión pronunciable) MDMA. Su primera aparición oficial ocurrió en una patente hecha pública el 25 de diciembre de 1912 por la megafarmacéutica alemana Merck. Pero ningún humano experimentó los efectos de esta sustancia hasta varias décadas después, cuando fue re-descubierta como agente terapéutico y droga recreativa durante la década del ‘70.

Sin embargo, su uso para fines recreativos, médicos y científicos fue prohibido en el año 1985, política que fracasó rotundamente en disminuir su popularidad y consumo, aunque sí logró detener por completo la investigación científica legítima y valiosa sobre sus usos en psiquiatría y psicoterapia. La prohibición tampoco logró cambiar otro hecho muy importante: la MDMA existe, y como toda droga que existe y provoca sensaciones de bienestar en la mayoría de las personas, seguirá siendo buscada y utilizada de forma clandestina, comprada en el mercado negro y consumida con desinformación y en contextos potencialmente dañinos.

Efectos especiales

El 3 de junio de 1929 constituye un capítulo realmente onomástico para quienes siguen la serie sobre drogas. No la de Heisenberg sino la historia del descubrimiento de las sustancias psicoactivas. Ese día, el químico norteamericano Gordon Alles probó en sí mismo 50 miligramos de anfetamina intravenosa y más tarde asistió a un evento, convirtiéndose así en el primer ser humano en caer ‘re anfetoso’ a una fiesta. Al parecer, según trascendió de manera anecdótica, esa noche se mostró especialmente hablador. Tal vez sea casualidad, tal vez no, pero ya desde el primer día parece que las anfetaminas y las fiestas se llevaron bien.

Un año después, el 16 de julio de 1930, el doctor Alles consume oralmente 36 miligramos de clorhidrato de metilendioxianfetamina (MDA), y dos horas más tarde, luego de no sentir efecto alguno, y seguramente en aras de la ciencia, consume otros 90 miligramos adicionales, completando una dosis total de unos 126 miligramos. Así, una vez más, Gordon Alles se convierte en leyenda, al ser la primera persona en el mundo en probar un empatógeno artificial, es decir, una sustancia creada por el humano capaz de producir empatía. A diferencia de las anfetaminas, este tipo de sustancias no se caracterizan principalmente por sus efectos estimulantes ni por generar dependencia física, sino por su capacidad para generar sentimientos profundos (aunque pasajeros) de amor hacia otras personas.

La MDMA (éxtasis) es pariente muy cercano de la MDA y es consumida por sus efectos psicoactivos, algunos de los cuales son compartidos con las anfetaminas, mientras que otros son completamente diferentes. Entre ellos podemos encontrar: sensación de gran bienestar, euforia, empatía y amor hacia los demás (y hasta hacia uno mismo), estimulación y cambios en la percepción (táctil, olfativa, pero a veces visual y auditiva). La MDMA también puede aumentar el deseo sexual pero al mismo tiempo dificulta extremadamente alcanzar el orgasmo y, dependiendo de la dosis, imposibilita mantener una erección. Tal como instruía el Dr. Alfredo Miroli al buen Fleco en uno de los hitos de la interacción humano-dibujito animado, “… la llamamos también la droga del papelón, porque te da muchísimas ganas, te aumenta el deseo, pero te anula la potencia, tenés ganas y no tenés con qué, Fleco”.

 

Fleco transitando el proceso de descubrir que los dibujos animados no están exentos de los peligros de la MDMA, los cuales incluyen (según el Dr. Miroli) convulsiones, muerte súbita e impotencia.

 

 

Pero no todo es amor e impotencia masculina. La MDMA también dilata las pupilas e incrementa la temperatura corporal a niveles potencialmente letales en presencia de factores de riesgo. Algunos de estos agravantes suelen ser bailar toda la noche en un ambiente caluroso, poco ventilado, sin hidratarse adecuadamente y sintiendo una constante pero falsa sensación de bienestar que impide percibir cualquier alerta de malestar físico que el cuerpo quiera enviar. Lamentablemente, este es hoy en día el contexto más común para su consumo.

Otros problemas que pueden estar asociados al consumo de MDMA incluyen el famoso bruxismo o ‘mandibuleo’, aumentos del ritmo cardiaco y la presión arterial, disminución del apetito, insomnio, boca seca, vista nublada, confusión, palpitaciones y temblores. Episodios transitorios de ansiedad y depresión pueden manifestarse después del uso de MDMA en determinadas dosis (superiores a 100-150 mg y sobre todo consumidas de manera continuada en el tiempo), los cuales podrían atenuarse levemente comiendo alimentos ricos en triptofano, como por ejemplo bananas, leche o chocolate, o por qué no un buen licuado de bananas hecho con chocolatada y arrepentimiento post fin de semana.

Aunque los malos viajes de MDMA son infrecuentes, cuando la sustancia ‘pega’ (el famoso subidón) suele hacerlo de manera repentina (sobre todo si es la primera vez que se la consume) causando una fuerte ansiedad que dura pocos minutos. Es como ser disparado en un misil balístico hacia la tierra del amor y el bienestar. Todo va a estar bien cuando aterrices (si no te deja a pata ningún órgano en el camino), pero hasta entonces seguís volando dentro de un misil.

A diferencia de las anfetaminas (como las que Alles consumió en 1929), la MDMA (como la que Alles consumió en 1930) no es conocida por causar dependencia ni síndrome de abstinencia. Se la suele clasificar como una droga psicoactiva pero no como una droga psicodélica, sino como un empatógeno (como dijimos, un agente que produce empatía) o como un entactógeno (que permite establecer un contacto interior), términos que debemos al químico David Nichols y que fueron elegidos por reflejar apropiadamente su capacidad para generar sentimientos de amor (la de la MDMA, no de Nichols).

¿Alguien puede pensar en los niños?

Aunque la ciencia puede informarnos sobre los riesgos asociados al consumo de drogas y cómo minimizarlos, su status legal es siempre el resultado de un proceso arbitrario, influenciado tanto por factores culturales como por intereses económicos y políticos. A lo largo de la historia, el uso de drogas como el tabaco o incluso el café fue perseguido con penas extremadamente severas. Hoy podríamos decir −pucho y cortado en mano− que esas persecuciones fueron una aberración. Pero nada nos dice que las persecuciones de hoy no serán vistas como igual o mas aberrantes. La inconsistencia del prohibicionismo a lo largo del tiempo no debería sorprendernos porque claramente hasta ahora no se ha basado en evidencias objetivas.

Nuestra intuición nos grita en la oreja que el criterio para la legalidad de una droga debería estar basado en respetar la soberanía de cada individuo sobre su propio cuerpo, siempre que el consumo no afecte perjudicialmente a los demás. El gran psiquiatra inglés David Nutt y su equipo desarrollaron escalas para medir el daño al usuario y a otras personas, y las aplicaron a una variedad de drogas que se consumen frecuentemente en la actualidad, tanto dentro como fuera de la ley. El resultado los sorprenderá: en todo sentido, la MDMA es más segura que el alcohol (la peor droga considerando la suma de ambos tipos de daño), el tabaco y las benzodiacepinas (que incluyen el familiar Rivotril o clonazepam, administrado por muchos médicos a personas en condiciones de salud para las cuales no están indicados).

 

A pesar de que la MDMA (‘éxtasis’) es una droga más segura que otras de venta libre (alcohol, tabaco), su tenencia puede arruinar vidas de formas mucho más originales, como poniendo al consumidor tras las rejas, o exponiéndolo a sustancias y dosis desconocidas, aumentando sobremanera el riesgo. Si parece arbitrario e inconsistente, es porque lo es. Fuente.

 

El prohibicionismo es exactamente lo opuesto a lo necesario para proteger a quienes usan drogas recreativamente. Por ejemplo, ¿sabías que…

…el alcohol puede potenciar los efectos de la hipertermia (aumento de la temperatura corporal por encima de lo normal) inducida por la MDMA?

…el alcohol deshidrata?

…si tomas demasiada agua para prevenir la hipertermia, podés perder excesivo sodio (hiponatremia), con consecuencias potencialmente letales?

…las drogas antidepresivas más modernas (conocidas como inhibidores de recaptación de serotonina, mecanismo de acción del Prozac, por ejemplo) tienden a inhibir los efectos empatógenos de la MDMA? Al no percibir sus efectos, si la decepcionada y desprevenida consumidora incrementa la dosis, incrementa también el riesgo contra su vida.

…la MDMA combinada con antidepresivos de generaciones anteriores (conocidos como inhibidores de monoaminooxidasa) puede causar un peligroso síndrome conocido como ‘shock serotoninérgico’, cuya mortalidad se estima entre el 10% y el 15% de los casos?

…el síndrome serotoninérgico también puede ocurrir combinando MDMA con otros medicamentos de prescripción súper comunes como el dextrometorfano (DXM), que se encuentra en jarabes para la tos, y el analgesico tramadol, habitual para tratar dolores post cirugía?

…el brebaje amazónico ayahuasca también puede producir un shock serotoninérgico al combinarse con MDMA?

…una pastilla de éxtasis puede incluir otras drogas como anfetaminas, PMA y PMMA, todas con un perfil de riesgo mucho más complicado que el de la MDMA?

Si no sabías estas cosas, no te preocupes. Es porque nunca nos las dijeron. Y es porque la prohibición limita profundamente las posibles intervenciones estatales para disminuir el riesgo asociado al consumo de sustancias. Ahí donde el estado nos dice “si tomaste, no manejes“, no puede decirnos “si consumiste MDMA, hidratate“, porque justamente se supone que no tendríamos que consumir MDMA desde un principio. “Decile no a las drogas“ puede ser un gran slogan para una campaña televisiva con estética noventosa, pero difícilmente contribuya a resolver los problemas asociados a su consumo.

…y también si lo mezclo con DXM, tramadol, ayahuasca, y otras drogas con mecanismos de acción similares.

¿De dónde viene este doble estándar? ¿Por qué el Dr. Miroli informaba en la televisión a un ser imaginario sobre los (exageradamente) nefastos efectos de la MDMA, omitiendo mencionar que el alcohol también puede causarlos, y que de hecho lo hace con mayor severidad y frecuencia? Para responder estas preguntas, es inevitable sumergirse en la historia y peculiar química de la sustancia. Y qué mejor manera de empezar que el sexo… entre animales de laboratorio.

Una historia de amor químico: MDA y MDMA

Aunque no sabemos si la MDMA genera en las ratas sensaciones de bienestar y amor, investigadores de la Universidad de Bari demostraron que la droga reduce el interés en el acto sexual, así como la capacidad para consumarlo. Pero −y esto es lo importante− la combinación con música fuerte incrementa notablemente la promiscuidad de los animalitos, aunque disminuye su probabilidad de eyacular incluso en comparación con los niveles ordinarios, que como bien sabemos también sucede en humanos. El trabajo se denomina “Effects on rat sexual behavior of acute MDMA (ecstasy) alone or in combination in loud music” (Efectos de la MDMA −éxtasis− en el comportamiento sexual de las ratas, administrado solo o en combinación con música en alto volumen) y, entre otras cuestiones, sugiere por qué la MDMA es tan frecuentemente consumida en el contexto de fiestas de música electrónica.

Es probable que los científicos del ejército norteamericano no buscaran causar orgías de sexo y música electrónica cuando en 1953 clasificaron a la MDMA como “EA 1475” e iniciaron una serie de pruebas con animales con el propósito de investigar posibles aplicaciones militares (“EA” significa “Edgewood Arsenal”, el famoso inventario de drogas psicotrópicas investigadas por el ejército estadounidense). Al no ensayar los efectos de la MDMA en humanos (mucho menos en ellos mismos), los científicos militares fallaron en detectar sus propiedades empatógenas y clasificaron a la MDMA como droga de bajo interés. Aunque tampoco les habría interesado mucho bombardear a sus enemigos con MDMA para hacerles sentir bienestar y volverlos más empáticos y amorosos. [La existencia del proyecto MKULTRA −la investigación y el uso de drogas psicodélicas y alucinógenas con fines militares− está demostrada desde la publicación de material clasificado en la década de los ’70. El libro “Acid Dreams: The Complete Social History of LSD: the CIA, the Sixties, and Beyond” (algo así como “Sueños Ácidos: La historia social completa del LSD, la CIA, los sesentas y más”) de Martin A. Lee contiene una versión particularmente atrapante de esta historia].

Los primeros reportes de uso de MDMA en humanos datan de los años ‘70. Una síntesis mejorada de la MDMA fue publicada en 1976 por Alexander Shulgin (conocido también como ‘el padrino de la MDMA’), y el primer estudio de sus efectos en seres humanos, en 1978. La síntesis puede encontrarse en el libro “PIHKAL: A Chemical Love Story”, escrito por Shulgin y su esposa Ann (en castellano: “Feniletilaminas que conocí y amé: una historia de amor químico”). En PIHKAL, Shulgin explica detalladamente el razonamiento que lo llevó a la síntesis de la MDMA a partir de un aceite esencial. El mismo parte de observar que la miristicina (aceite esencial presente en la nuez moscada) muestra una notable similitud química con la MDMA. Además, Shulgin sabía que una cantidad suficiente de nuez moscada puede ‘pegar’ (aunque el viaje no es demasiado agradable). La hipótesis de Shulgin de una transformación in vivo (en el hígado) de la miristicina a un compuesto activo análogo a la MDMA nunca fue demostrada, pero la síntesis orgánica inspirada por esta hipótesis sigue siendo popular.

Recordemos que la primera persona en experimentar efectos empatógenos similares a los de la MDMA fue Gordon Alles, de quien se decía que las probaba absolutamente todas. La ‘M’ que falta en ‘MDA’ nos indica que su estructura química es muy similar a la de la MDMA, excepto que el primero es una variación de la anfetamina y el segundo de la metanfetamina. Los efectos de la MDA están a medio camino entre los de la MDMA y drogas psicodélicas propiamente dichas como la LSD o la psilocibina – una mezcla de empatía y amor universal con distorsiones sensoriales, volatilidad emocional, pensamiento desorganizado, alteración en el sentido de individualidad e identidad personal, y quizás un poquito de pánico y locura temporaria. Si la MDMA es como una caricia de bienestar levemente psicodélico, la MDA es más bien un palazo: sus efectos duran entre seis y ocho horas (hasta el doble que los de la MDMA), es capaz de generar sensaciones de profunda ansiedad y está documentada su capacidad para dañar irreversiblemente o incluso matar neuronas.

Para entender cómo la MDA y la MDMA actúan en el cerebro hay que comprender primero el mecanismo mediante el cual las neuronas se comunican entre sí. Para la mayoría, la comunicación es química, no eléctrica: una neurona libera un compuesto (neurotransmisor) el cual se une a sitios específicos en la ‘pared’ (membrana) de la otra célula (neurona), ocasionando una reacción que contribuye a su activación o a su inhibición. Una analogía más apropiada para la comunicación neuronal que una red eléctrica es la de una cadena de perros oliéndose la cola.

Una vez utilizado, la neurona que liberó el neurotransmisor intenta reciclarlo, absorbiéndolo de nuevo mediante la acción de pequeñas bombas denominadas ‘transportadores’. Los transportadores de serotonina tienen más facilidad para meter dentro de la neurona las moléculas de MDA o MDMA que la serotonina misma. El resultado es que la neurona libera serotonina, pero en vez de reciclarla, cada vez que el transportador intenta meter para dentro una molécula de serotonina, lo hace con una de MDA o MDMA. Al mismo tiempo libera más serotonina, resultando en el aumento neto de la concentración de serotonina libre que ‘flota’ entre las neuronas, y en la disminución de la concentración de MDA o MDMA.

Más serotonina se asocia con mejor humor y aumento de la sensación subjetiva de bienestar, aunque dentro de ciertos límites. La serotonina causa también la constricción de los vasos sanguíneos, y su exceso puede llevar a la pérdida de irrigación, posterior necrosis y necesidad de amputar algunos de los veinte dedos del cuerpo (los hombres tienen un preocupante total de veintiún extremidades para perder por este motivo). Los psiquiatras recetan drogas contra la depresión que también se unen al transportador de serotonina (un ejemplo clásico es el Prozac). Al unirse al mismo sitio que la MDA y la MDMA, participan de una versión molecular de ‘Bailando por un receptor’. Por culpa de esta competencia, los antidepresivos de este tipo suelen atenuar el efecto de la MDA y la MDMA. Si una persona diagnosticada con depresión no levanta el ánimo con ‘éxtasis’, muy probablemente no sea por su depresión, sino por los medicamentos que está tomando para tratarla.

Es muy importante notar que tanto la MDA como la MDMA actúan también aumentando la concentración de dopamina, un efecto en común con drogas adictivas como la cocaína, el sexo o el chocolate. El motivo por el cual ni la MDA ni la MDMA generan dependencia no está claro, pero puede tener que ver con el hecho de que inducen una liberación de serotonina mucho mayor que la de dopamina. La serotonina inhibe, al menos en parte, el efecto de la dopamina. Pero a medida que el uso de estas drogas se extiende en el tiempo (convirtiéndose en abuso), empieza a ocurrir una transformación drástica en la naturaleza de sus efectos. Y también del cerebro, causando una serie compleja de cambios irreversibles cuyo resultado neto es tristemente evidente: la ‘magia’ de la MDMA se pierde para siempre. El efecto empatógeno empieza a disminuir, dejando en su lugar solamente la euforia y la estimulación típica de las drogas dopaminérgicas. Pura manija.

Conocemos entonces los efectos de la MDMA y también cómo funciona a nivel molecular. Pero, ¿cómo se traducen estos cambios a nivel molecular en las sensaciones subjetivas que se experimentan bajo los efectos de la droga? Es en este terreno donde se concentra buena parte de la investigación actual. En última instancia, la respuesta a esta pregunta requiere de investigación con humanos, porque los animales de laboratorio son incapaces de comunicarnos las sensaciones que experimentan. Estudios con neuroimágenes funcionales muestran que la MDMA disminuye la actividad cerebral en el denominado ‘sistema límbico’, donde encontramos un conjunto de estructuras involucradas en respuestas emocionales, así como la regulación de la ansiedad y de la llamada ‘reacción de lucha o de huída’, las cuales incluyen la amígdala, el hipocampo y el hipotálamo. Más aún, estos efectos fueron más fuertes en sujetos que informaron experiencias subjetivas más fuertes. Todo indica que la MDMA ‘apaga’ los sistemas cerebrales vinculados al miedo y la ansiedad, especialmente útil para enamorarse de cualquier persona que uno se cruce, pero recordemos que, tarde o temprano, se vuelven a ‘encender’.

Espejito, espejito: ¿quién es la anfetamina más sarpada?

Imaginemos que vemos el mundo tal como se ve reflejado en un espejo: la izquierda se intercambia con la derecha, las personas tienen el corazón del otro lado del cuerpo y se habla de la diestra mágica que poseen Messi y Maradona. En este mundo espejado, nada es igual excepto que sea perfectamente simétrico respecto de la izquierda y derecha.

(Preguntas al margen: ¿por qué los espejos intercambian la derecha con la izquierda, y no arriba con abajo? ¿qué tiene de especial el plano horizontal para verse afectado por los espejos, mientras que el vertical se mantiene tal como es? Quizás habría que escribir una nota entera al respecto, si tan solo lo supiésemos responder).

Algunas moléculas son perfectamente simétricas respecto de la izquierda y la derecha, pero ni la MDA ni la MDMA lo son. Eso quiere decir que al espejarse, cambian, y obtenemos otras moléculas denominadas ‘isómeros especulares’. Los isómeros especulares de la MDA y la MDMA no tienen ni más ni menos átomos que sus version originales. El único cambio es que aquello que estaba en la derecha ahora está en la izquierda y viceversa, imitando fielmente la trayectoria de varios líderes políticos.

Las moléculas como la MDA y la MDMA ejercen sus efectos al acoplarse a otras moléculas que forman parte del cuerpo. Este acople puede arruinarse cuando ‘espejamos’ una molécula. Por ejemplo, pensemos que nuestra mano es una molécula de MDMA y un guante es el sitio del cerebro donde se une para causar sus efectos. El isómero especular incorrecto falla en acoplarse, de la misma manera en que no podemos meter nuestra mano derecha en un guante para una mano izquierda.

Isómeros: explicación gráfica (dramatización).

 

 

Las moléculas del cuerpo humano tienden a favorecer a uno de los dos isómeros especulares. Las reacciones químicas efectuadas por los narcotraficantes para obtener la MDMA producen una mezcla 50% y 50% de ambos isómeros especulares (la mitad de las moléculas aparece como la versión reflejada en un espejo de la otra mitad). Separar esta mezcla es extremadamente complicado, pero sí es posible realizar una síntesis química en la cual se obtienen moléculas de MDMA sin mezcla de isómeros especulares. A finales de la década de 1970, Alexander Shulgin decidió que era buena idea juntar a sus amigos y empezar a darles dosis cada vez mayores de los dos isómeros especulares de la MDMA sintetizados por separado. Uno de ellos resultaba en efectos que podrían catalogarse como ‘anfetosos’ (como dijimos, sensaciones de profunda ansiedad), mientras que el otro resultó en sentimientos de amor y bienestar. Así, Shulgin fue el primero en demostrar que la anfetosidad y la amorosidad de la MDMA son dos caras de la misma moneda, o mejor dicho, del mismo espejo.

Finalmente, se sabe que uno de los isómeros especulares de la MDA actúa mediante el mismo principio que la MDMA. Sin embargo, al espejar la molécula obtenemos efectos psicodélicos comparables con los de la LSD. Por eso muchas veces se dice que la MDA (en mezcla 50% y 50% de ambos isómeros especulares) está a medio camino de la MDMA y la LSD. Dos drogas por el precio de una. ¿Qué puede salir mal? Todo.

¿Qué es esto? ¿Lo puedo prohibir?

La proliferación de la MDMA ocurrió inicialmente entre psiquiatras y psicoterapeutas fascinados por su capacidad para ‘destrabar’ casos difíciles, en especial aquellos asociados con traumas severos (trastornos de estrés postraumático, o PTSD, por sus siglas en inglés). Su uso empezó a ser popular luego de la prohibición de la MDA a comienzos de los ‘70. Los efectos de la MDMA parecen casi diseñados para este fin. Los obstáculos más grandes que enfrentan los pacientes con PTSD son la incapacidad para revivir sus traumas y poder hablar de ellos sin experimentar una gran ansiedad, así como la incapacidad de confiar estos traumas a un profesional con quien no tienen una relación personal de larga data. El estado de bienestar causado por la MDMA representa un ‘escudo’ temporal que permite revisitar los recuerdos más dolorosos, mientras que la empatía facilita la apertura durante sesiones de terapia. Ann Shulgin, esposa de Sasha, estima que en los primeros años de los ‘80 unos cuatro mil terapeutas fueron introducidos al MDMA, resultando en un número similar de sesiones de terapia acompañadas de su uso. La mayoría de estas dosis fueron sintetizadas por Darrell Lemaire, químico e ingeniero minero que construyó un laboratorio subterráneo dentro de un cráter volcánico. Una verdadera erupción de amor.

A pesar de un intento deliberado de mantener un perfil bajo, no pasó demasiado tiempo hasta que los psiconautas de siempre (imaginamos que la mayoría no sufría de estrés postraumático) notaron que se podía consumir MDMA sin fines terapéuticos, nada más y nada menos que con propósito de pasar un muy buen rato. El consumo recreativo de la MDMA explotó durante los primeros años de los ‘80, al punto que un grupo de empresarios en Texas empezó a venderlo en prácticas botellitas marrones bajo el nombre ‘Sasyffras’ (derivado del nombre de la planta cuyo aceite se utiliza como punto de partida para la síntesis de la MDMA, el sasafrás).

¿Gente consumiendo moléculas psicoactivas y bailando música electrónica? ¿Empresarios vendiendo botellitas con droga? ¿Personas desconocidas tocándose y teniendo sexo en fiestas? ¿¡Gente pasándola bien sin consumir cantidades ridículas de alcohol!? La historia se repite tan seguido que ya es fácil imaginar el desenlace. En julio de 1984, la Drug Enforcement Agency (DEA) de EE.UU manifestó su intención de clasificar la MDMA como droga en Schedule 1. Esta categoría no sólo incluye drogas cuyo uso recreativo es ilegal, sino también aquellas con ‘alto potencial de abuso’ y ‘sin usos científicos y médicos reconocidos’. Correspondía a la DEA demostrar que la MDMA poseía estas características. Pero –por primera y única vez en la historia– en 1985 la DEA decidió no esperar a reunir la evidencia y clasificó de ‘emergencia’ a la MDMA como droga Schedule 1 (su primo psicodélico, la MDA, ya había entrado en esta categoría en 1970). Una droga menos dañina que el alcohol, el tabaco y el Rivotril, cuyos primeros usuarios fueron los miembros de la comunidad médica, que la investigaron como un promisorio adjunto en sesiones de psicoterapia.

La Organización Mundial de la Salud respondió con un pedido para garantizar la futura investigación científica y médica con la MDMA. A pesar del voto negativo de esta organización, la MDMA fue catalogada internacionalmente como droga en Schedule 1 en febrero de 1986. En una serie de audiencias convocadas por la DEA se enfrentaron dos bandos bien definidos. Por un lado, la comunidad terapéutica y los pacientes que exploraron el potencial médico de la MDMA con resultados notablemente exitosos. Por el otro, un grupo de investigadores anunciando que la MDMA producía daño cerebral, y apoyándose en estudios que demuestran neurotoxicidad en animales luego de grandes inyecciones de MDA (aunque no MDMA). Los seres humanos jamás consumen MDA en dichas cantidades y lo consumen oralmente, casi nunca inyectado. Además, nunca fue observado directamente daño en el tejido cerebral de humanos que pueda ser atribuido al consumo de MDMA. Y por último, la MDA es bien diferente de la MDMA, como ya mencionamos, en cuanto a la actividad de sus dos isómeros especulares. Resulta que la posverdad no es tan nueva como pensábamos.

Como era de esperarse, la prohibición fracasó en poner fin al consumo de MDMA. Actualmente se consumen cientos de millones de dosis por año, manufacturados frecuentemente en laboratorios clandestinos en Europa Oriental, a veces pertenecientes a compañías farmacéuticas en quiebra. En Argentina, la información brindada por la SEDRONAR indica que el 0.3% de la población entre 12 y 65 años consumió éxtasis (durante 2017). Por otro lado, se estima que hasta un 7% de la población estadounidense consumió MDMA alguna vez en su vida. La disponibilidad de MDMA en el mercado negro europeo es fluctuante y de una magnitud comparable a la de las metanfetaminas. Por momentos, el tráfico de MDMA se extendió hasta involucrar a mafias rusas e israelíes que utilizaban judíos jasídicos ortodoxos como mulas. Como para tener una idea de la magnitud del asunto.

El problema es que, cuando los precursores químicos de la MDMA escasean, se siguen rutas de síntesis que llevan a productos similares desde el punto de vista químico, pero asociados a efectos y riesgos completamente diferentes. Uno de ellos, el PMA (conocido como un ingrediente de las infames pastillas ‘Superman’ de Europa), fue responsable de varias muertes por hipertermia. El remedio es peor que la enfermedad, si tan solo fuese cierto que la prohibición cuenta como ‘remedio’ y la MDMA como ‘enfermedad’.

¿Pudo la DEA finalmente demostrar que la MDMA cumple los requisitos para ser clasificada como Schedule 1? Sin duda alguna no, porque existe amplia evidencia de que no los cumple. La frase ‘potencial de abuso’ es algo ambigua, pero es difícil imaginar una definición de acuerdo a la cual la MDMA posea dicho potencial y el alcohol etílico no. El problema es que tampoco existía evidencia sólida del potencial terapéutico de la MDMA. Resulta que los pioneros de su uso no habían seguido un procedimiento largo y costosísimo, pero necesario, para garantizar el uso médico de un fármaco: ensayos clínicos doble ciegos y controlados por placebo. Pero un hombre no estaba en los planes de la DEA y, gracias a ese hombre y su organización, los ensayos clínicos hoy están próximos a finalizarse.

Éxtasis recetado

Parece que la MDMA tenía propiedades terapéuticas después de todo. A partir de la prohibición, Rick Doblin y su organización (MAPS, Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies) demostraron, mediante una serie de ensayos clínicos adherentes a los estándares más estrictos, que la MDMA posee potencial para facilitar el curso y mejorar el resultado de sesiones de psicoterapia para el tratamiento de distintos desórdenes. El ensayo para el tratamiento de PTSD se encuentra hoy en la última fase (fase III) y, de obtener evidencia que apoye su efectividad y seguridad, la Food and Drug Administration (FDA) estadounidense se verá obligada a aprobar su uso terapéutico, lo cual implicaría el abandono del Schedule 1.

A nivel local esto no implica, por supuesto, la venta de la MDMA con receta común en cualquier farmacia. Tal como las drogas con más potencial de abuso (los opiáceos y ciertos estimulantes dopaminérgicos), la MDMA seguramente se venderá mediante recetas especiales, y estará disponible únicamente para un grupo selecto de profesionales de la salud. Y aunque este cambio quizá no sea relevante para quienes usan la droga recreativamente, será sin duda vital para quienes realmente lo necesitan: los pacientes en búsqueda de tratamiento.

La MDMA puede ser peligrosa en ciertas circunstancias, como casi cualquier medicamento que uno compra hoy en la farmacia. El prospecto de un medicamento alerta sobre sus posibles peligros y cómo evitarlos. Si la MDMA fuese aprobada como un fármaco, ¿qué diría su prospecto?, ¿figuraría “sensación de inmenso bienestar y amor hacia todos los seres humanos” entre los efectos secundarios? Es importante entender que –como toda droga, legal o ilegal– existen riesgos y potenciales daños asociados al uso de la MDMA. El prospecto idealmente tendría que cubrir todos y cada uno de estos posibles riesgos.

A diferencia de los fármacos legales, cuyo uso y potenciales efectos adversos está monitoreado de forma continua, la clasificación de la MDMA como Schedule 1 implica un gran desconocimiento sobre los riesgos asociados a su consumo. Como no sabemos la cantidad global de usuarios de MDMA, ni las circunstancias de su uso, es imposible saber qué está pasando. Lo que sí sabemos es que la incidencia de efectos adversos debe ser muy baja, porque los hospitales no se inundan con casos críticos por intoxicación con MDMA cada fin de semana. Se estima que la mortalidad asociada a la MDMA está entre 1 en 650.000 y 1 en 3.000.000 de usos, números más bajos que los asociados a muchas drogas de abuso legales y fármacos de prescripción médica (15 veces más baja que la del paracetamol, por ejemplo).

Los posibles efectos adversos a largo plazo son más difíciles de determinar. Existen asociaciones con trastornos como depresión y ansiedad, pero la relación causa-consecuencia no es para nada obvia: dado que la MDMA resulta en una pasajera pero intensa sensación de bienestar, es posible que personas con trastornos depresivos y de ansiedad generalizada previamente existentes decidan ‘automedicarse’ usando esta droga. También se han reportado síntomas de diversas enfermedades mentales −psicosis, depersonalización (experimentar los propios pensamientos y la identidad personal como ajenos, distantes), derealización (la sensación de que el mundo es ‘irreal’) , ataques de pánico, disociación y paranoia− asociados al uso de MDMA. El problema es que en toda población un porcentaje de las personas va a desarrollar distintas enfermedades psiquiátricas, y la población comprendida por los usuarios de MDMA no es una excepción. Cuando una droga se asocia a desórdenes muy heterogéneos, y la probabilidad de desarrollarlos es independiente de la dosis o la frecuencia de uso de la droga, entonces la explicación más parsimoniosa es que no existe una asociación entre el consumo y el desarrollo de la enfermedad. O sea, alguien puede desarrollar una enfermedad psquiátrica y al mismo tiempo usar MDMA. Y, dada la necesidad humana de tener respuestas sencillas a problemas complejos, es esperable una tendencia a atribuir la enfermedad al uso de la MDMA.

De forma similar, la asociación a largo plazo entre la MDMA y déficits cognitivos y de memoria no implica automáticamente una relación causal. El consumo a largo plazo de otras drogas (por ejemplo, cannabis y alcohol) puede sesgar los resultados. Según el psiquiatra Karl Jansen, varias publicaciones sobre vínculos entre uso de MDMA y leves trastornos cognitivos son inconcluyentes, dado que no incluyen análisis de muestras de orina y, por lo tanto, son incapaces de estimar el grado de policonsumo.

Un aspecto más preocupante asociado al uso de MDMA es su posible neurotoxicidad, es decir, capacidad para infringir daño a células cerebrales. Estudios con animales sugieren que dosis elevadas de MDMA pueden resultar en daño neuronal, pero es muy importante notar que estas dosis son en general mayores que las utilizadas recreativamente por humanos, y sin duda alguna mayores que las dosis terapéuticas de la droga (el uso excesivo y continuado de MDMA tampoco es garantía de efectos adversos. Jansen reporta el caso de una persona que utilizó 250 mg de MDMA inyectado endovenosamente DIARIAMENTE durante seis meses, sin experimentar problemas psiquiátricos).

Aún así, existe evidencia de que el cerebro de los usuarios crónicos de MDMA es ‘diferente’. Por ejemplo, se ha observado menor densidad de transportadores de serotonina, aumento del volumen de fluido en el cerebro y cambios en la actividad eléctrica (medida con electroencefalograma). El problema es que no sabemos cuáles son las implicancias de estos cambios, incluso en el caso de los animales de laboratorio que reciben dosis exageradamente altas de MDMA. Porque, a pesar de presentar daño neuronal, su comportamiento es indistinguible del de animales perfectamente sanos. En el caso de los humanos, a pesar de que se han reportado déficits cognitivos sutiles en usuarios crónicos de MDMA, es imposible establecer una relación causal mediante estudios retrospectivos, así como descartar la influencia del policonsumo o el nivel socioeconómico de los usuarios.

En resumidas cuentas: no tenemos idea del daño a largo plazo asociado al consumo crónico de MDMA, porque la clasificación de la MDMA en Schedule 1 prohíbe explícitamente la investigación de esta droga en humanos. Es posible que el uso continuado de MDMA resulte en daños neuronales de consecuencias inciertas. También es posible que trastornos anímicos se disparen luego del consumo prolongado en el tiempo. Lo importante es que si entendemos la MDMA como una medicina, entonces su aprobación no debería ser obstaculizada si se demuestra su efectividad terapéutica, dado que existen condiciones bajo las cuales su consumo es extremadamente seguro (que coinciden, dicho sea de paso, con las terapéuticas). Y, como toda medicina, no podemos sorprendernos si su abuso prolongado en el tiempo en situaciones riesgosas trae consecuencias negativas. Si alguien agarra un medicamento cualquiera del estante en una farmacia y empieza a consumirlo en dosis cada vez más altas todos los fines de semana, no es extraño que su salud empeore como consecuencia.

Epílogo: cactus en pie de guerra

Uno de los últimos trabajos publicados por Alexander Shulgin se titula: “Ecstasy analogues found in cacti” (Análogos del éxtasis encontrados en cactus). Como bien indica el título del trabajo, se trata de moléculas muy similares a la MDMA que se encuentran en dos especies de cactus: Lophophora williamsii (‘peyote’) y Trichocereus Pachanoi (‘San Pedro’).

Muchas drogas de abuso se extraen directamente de fuentes vegetales. Otras son sintéticas, pero existen moléculas naturales de efectos muy similares, como el caso de la LSD (droga sintética) y la psilocibina (principio activo de varios hongos del género Psilocybe). Una pregunta frecuente es si existen drogas naturales cuyos efectos sean muy parecidos o idénticos a los de la MDMA. En general la respuesta que se da es negativa, pero el trabajo de Shulgin muestra que el San Pedro (originario de la cordillera andina y típico del norte argentino) contiene la molécula N,N-dimetil-metilendioxifenetilamina, también llamada ‘lobivina’. La MDMA tiene exactamente los mismos átomos que la lobivina (son isómeros), con sólo apenas tres de ellos en una posición cambiada.

 

¿Cómo determinar si la lobivina tiene efectos similares a la MDMA? Pues probándola. Shulgin y compañía nos dicen que existen ‘indicios’ de actividad en dosis que se aproximan a los 50 mg, pero aparentemente no siguieron aumentando la dosis. Esto es extremadamente inusual dado el modus operandi de Shulgin, el cual consistía esencialmente en aumentar la dosis hasta establecer la inactividad de la droga, o volarse la peluca (lo que sucediese antes). Dada la historia del MDA y el MDMA, es posible especular que el viejo aventurero se mostrase reacio a levantar la perdiz, alertando tanto a las autoridades como a los inadaptados de siempre sobre la presencia de un ‘éxtasis natural’ en el San Pedro. Así que, por las dudas, no corran la voz.

Porque uno de los signos más claros de insensatez en el delirio colectivo denominado ‘guerra contra las drogas’ es la prohibición de facto de diversas plantas y hongos, justificada por el hecho de que contienen compuestos declarados ilegales. Las moléculas psicoactivas que los gobiernos del mundo gastan fortunas en combatir crecen de forma inexorable alrededor nuestro, en incontables variaciones, muchas de las cuales superan la imaginación de los químicos y farmacólogos. Prohibirlas es tan absurdo como querer prohibir los terremotos. Aunque se quiera gobernar la naturaleza a base de leyes y decretos, difícilmente la naturaleza coopere.

El futuro en relación al potencial terapéutico del MDMA y otras sustancias sintéticas y naturales hoy prohibidas es más que promisorio. Esperemos que, como sociedad en general y desde las autoridades en particular, venga acompañado de entender de una vez por todas que el esquema prohibicionista no ha demostrado jamás tener resultados positivos sino todo lo contrario, y que, como en tantos otros ámbitos, empecemos a usar el conocimiento científico actual y potencial para mejorar la vida de las personas.

Fuente original: El Gato y La Caja