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Ana Burgos: “Hay que dejar de educar a machitos violentos si queremos dejar de decir ni una menos”

El ocio nocturno es una vía de diversión para cientos de miles de jóvenes cada fin de semana. También un espacio en el que se producen múltiples violencias sexuales, algunas de las cuales no se identifican como tales. Un informe recoge el testimonio de chicas y chicos sobre las circunstancias en las que se producen esas agresiones y la percepción que existe sobre ellas.

Comenzó hace cinco años en un departamento de estudio de las drogas de la Fundación de Salud y Comunidad. Las investigadoras se percataron de que los estudios sobre ocio nocturno incidían en cosas de tíos —peleas, destrozo de mobiliario urbano, multas, malos vinos, el rollo de siempre— y se invisibilizaba la violencia sexual que ocurre en la noche.

Ana Burgos, coordinadora del cuarto informe del Observatorio Noctámbulas.
Fotografía por: Víctor Serri

Ana Burgos (Huelva, 1980) ha retomado este año el resultado de esas investigaciones, que cada año da lugar al Informe Noctámbulas, sobre la relación entre el consumo de drogas y las violencias sexuales en contextos de ocio nocturno. De la pura investigación se ha ampliado hasta la formación y dinamización comunitaria. Este año, el efecto arrastre de Me too, ha amplificado el contenido de un informe extenso en su investigación, que da una conclusión clara: el alcohol es la droga que más influye en la violencia sexual. Pero eso no lo explica todo.       ¿Tanto cambiamos cuando bebemos? ¿Influye el alcohol en los varones hasta convertirnos en potenciales acosadores o violadores? El alcohol funciona como un distractor de dinámicas que están relacionadas con la desigualdad de género. Más que haga que os convierta en potenciales violadores, tiene que ver con que con el consumo de alcohol hay todo un imaginario diferencial y desigual, asociado con el consumo de alcohol por mujeres y hombres que hace que se produzca un clima de impunidad. Cuando los chicos beben, suele pasar que el alcohol funciona como un atenuante, tanto social como a nivel legal. Hay un montón de sentencias judiciales que han rebajado la pena de agresores porque iban borrachos, esto de “es que no sabe lo que hace porque iba bebido”, “son cosas que pasan” “no era él, era el alcohol” es un mensaje que está presente en nuestro imaginario. Sin embargo, cuando las chicas beben, se las culpabiliza de la violencia que reciben, suele funcionar como un atenuante para ellos y se convierte en un agravante para ellas.

“Denunciarlo más, identificarlo más y que las chicas tengan más herramientas para hacer frente a ello, hace que los chicos se lo tengan que pensar dos veces antes de agredir”

También hay un informe de un análisis de género relativo al consumo de drogas. El consumo de drogas está asociado a la masculinidad, es una transgresión de las normas sociales que a la masculinidad se le permite y que a las mujeres se les limita. Cuando las mujeres transgreden la norma legal al tomar una sustancia ilegal o social al beber mucho, no solo se las penaliza por transgredir esas normas sino también por transgredir las normas de género de ser personas prudentes y cuidadas. Por lo que hay toda una culpabilización de las mujeres cuando consumen y este imaginario de culpabilización de ellas y responsabilización de ellos hace que los chicos, de alguna manera, sepan que pueden agredir sin ninguna consecuencia en este ocio nocturno. ¿Se consigue romper con la idea de que en fiestas todo vale? Más que romper, lo cierto es que se está empezando a visibilizar. No está dejando de pasar, pero se está denunciando mucho más. Vemos una evolución aunque solo llevemos cinco años. El movimiento feminista ha hecho un esfuerzo. Las chicas a las que entrevistamos identifican más que hace cinco años situaciones que antes eran normalizadas como situaciones de violencia. Que te toque el culo un tío en una fiesta antes no lo consideraban violencia, tenían argumentaciones como “son unos pesaos, sí, pero es que los chicos son así”. Denunciarlo más, identificarlo más y que las chicas tengan más herramientas para hacer frente a ello, hace que los chicos se lo tengan que pensar dos veces antes de agredir. La violencia tiene que ver con el sistema patriarcal, con el sistema de desigualdad de género desde la más tierna infancia, por lo que si no intervenimos en este sistema desde un montón de espacios, sobre todo en el espacio educativo formal e informal, desde que somos muy jóvenes, pero también desde los medios de comunicación, difícilmente se van a erradicar las violencias, tanto las violencias sexuales como otro tipo de violencias de género. La propuesta es dejar de educar a “machitos violentos y princesitas indefensas” si queremos dejar de decir “ni una menos” ¿Por qué estos contextos de ocio nocturno favorecen la violencia? Aparte de esta concepción desigual del consumo por parte de jóvenes, la fiesta es un espacio que se relaciona con la sexualidad. Parece que una fiesta acaba bien cuando hay sexo. Lo cual estaría muy bien si no estuviéramos socializadas y socializados en la sexualidad de una manera absolutamente desigual: mujer pasiva, hombre activo. Hay toda una socialización desigual, que en el contexto nocturno se pone en juego, porque son espacios clave de ligoteo. Por otra parte, en el espacio de ocio nocturno se da el “todo vale” que está muy presente, se rompen normas de la cotidianidad. Hay una serie de situaciones que si se dan de día en un contexto no festivo, por ejemplo, en el autobús si te cojo el culo (algo que también pasa) seguramente la respuesta y desaprobación social será mucho mayor. Es como el carnaval a micro escala, una ruptura de normas o de la corrección política que de día todo el mundo muestra. Una corrección política en los discursos que después no se corresponde con las prácticas reales. ¿Y cómo influye el mercado, el sistema en lo que vivimos? En el informe habláis del contexto general de mercantilización de los cuerpos las mujeres, hipersexualización en marquesinas, en autobuses, etc. El ocio nocturno en general es un contexto profundamente capitalista y patriarcal. Nos cuesta mucho hacer trabajo con locales de ocio nocturno, porque su objetivo es ganar dinero. Da igual lo que pase con tal de que el negocio funcione, y si funciona poniendo las entradas gratis para las mujeres a las discotecas para que sean un reclamo publicitario de consumo para los chicos que van a ellas, no van a tener problema en hacerlo, y si una fiesta va a llenar más gente con una cartelería de mujeres hipersexualizadas y cosificadas, pues tampoco. En las dinámicas del ocio nocturno se trata de vender el máximo alcohol a los jóvenes posible en muchos casos sin medidas de prevención de consumo abusivo y sin medidas de prevención con perspectiva de género.

“Las nuevas tecnologías han sido también herramientas de autodefensa, como las aplicaciones de las chicas para avisarse cuando llegan a casa o identificar donde ha habido violadores”

En talleres que hago ahora respecto del consumo de alcohol se habla mucho de la realidad de los chicos, se dice “no bebas mucho, te pones súper violento, te pones to machito…” No se habla de la realidad de las mujeres, no hay una sensibilización por parte del sector de ocio nocturno respecto a la violencia de género o a la desigualdad de género y muchas veces tampoco hay interés. Las reglas de la venta de bebidas alcohólicas o entradas de discotecas o conciertos —pero también de otros productos, como coches o perfumes— se ha caracterizado siempre por igualar a las mujeres con el producto. ¿Han ampliado los teléfonos móviles los límites de violencia que tienen que tolerar las mujeres en esos espacios nocturnos? Las violencias son camaleónicas. Se van rearticulando en función de los medios que tienen, si ahora tienen Tinder, pues Tinder, como si ahora tienen WhatsApp, pues WhatsApp, pero si antes tenía la publicidad en el periódico pues la publicidad en el periódico. Los canales donde se ejercita la violencia están diversificados pero no ha aumentado la violencia en sí. Hace 60 años había la misma violencia, lo que pasa es que se daba de forma diferente. A veces nos echamos las manos a la cabeza porque hay canales que no entendemos, desde nuestro puretismo, nos cuesta entender esto. Hay que entender que las nuevas tecnologías han sido también herramientas de autodefensa, como las aplicaciones de las chicas para avisarse cuando llegan a casa o identificar dónde ha habido violadores. Hay que evitar una mirada tecnofóbica. Han posibilitado nuevas violencias pero también nuevas resistencias. ¿En qué crees que tenemos que mejorar para entender que las actitudes que se daban en los años 60 no son tolerables ni entonces ni ahora? No creo que sean circunstancias tan diferentes, creo que es diferente cómo vivimos la sexualidad, y la noche y la fiesta, pero no creo que sea muy diferente cómo se ejercen las violencias. Cuando hacemos talleres es muy habitual que la gente mayor diga que eso en su época no pasaba, que la gente joven diga que es una cosa del pasado y que la gente que estamos en torno a los cuarenta digamos que la gente joven está fatal y que también es una cosa del pasado. Trabajando con mujeres mayores muchas te hablan del baile y que era en mitad del baile cuando se producían violencias reales, fuertes, con los chicos. Todos los mensajes de “no vuelvas a casa sola”, que son un punto en el que incidir, se daban y se siguen dando. Sería interesante revisar cómo seguimos responsabilizando a las chicas de prevenir las violencias que sufren. Es habitual, incluso en madres feministas, que alerten a las chicas: “No vayas por ahí” “avísame cuando llegues”, etc. Es importante para que conozcan las estrategias de autodefensa, pero seguimos responsabilizando a las chicas de no recibir violencia y no educando a los chicos para no ejercerla. Muchas de las veces alertamos de las violencias en espacios públicos cuando la mayoría de las violencias se ejercen en casa. En el ocio nocturno en concreto hay más diversificación, pero un 80% de la violencia sexual total se da por parte de personas conocidas y en espacio doméstico, del padre, del hermano, del vecino, del amigo del padre. ¿Hasta qué punto el hecho de que un tema como la violación de La Manada en Sanfermines —que que se haya convertido en objeto también de seguimiento de prensa— sirve en una estrategia de pedagogía o perjudica el tratamiento informativo morboso que provoca? Los medios son fundamentales tanto para hacer frente a la violencia como para perpetuarla. Es positivo que se hable de esto, otra cosa es cómo se está tratando mediáticamente. En el caso de La Manada creo que ha dejado mucho que desear, en general, el tratamiento informativo que se le ha dado. Nunca se apunta a las causas de la violencia. Se cuestiona a la víctima y además, como dice Beatriz Gimeno en un artículo, que está muy chulo, “A quién estamos juzgando”, los casos de violación o de violencia sexual en general, son los únicos en los que no sólo hay que demostrar la culpabilidad del denunciado sino incluso la inocencia de la denunciante. Sería interesante un tratamiento informativo con perspectiva de género. Ya hay algunos medios que se están poniendo las pilas en este sentido. Hay que dejar de dar mensajes alarmistas como “esto es una lacra social” cuando es una manifestación de la desigualdad de género como cualquier otra. No es una lacra, como dice el lema feminista, los violadores de La Manada son “hijos sanos del patriarcado”. ¿Cuál es la percepción que se tiene de los efectos que tienen las otras drogas, en concreto de las drogas de inhibición de la voluntad, la famosa burundanga? ¿cómo se usa? ¿se usa? Con las drogas de sumisión química es necesario romper mitos. Hay estudios epidemiológicos de los que no te puedo dar detalle, porque no vengo de la biomedicina, pero parece que no hay ninguna sustancia que pueda anular la voluntad, que lo de soplar en la cara tampoco es como muy común.

“Hay que resaltar que muchas de las violencias que se dan en el ocio nocturno son por parte de personas conocidas, también por parte de la pareja, de amigos, personas que acabas de conocer, etc.”

El sistema en general es introducir en la bebida drogas sintéticas GHB o éxtasis. Se trata de drogas mas generalmente consumidas por jóvenes al salir de fiesta. Creo que hay un montón de mitos alrededor de la burundanga. Salió en prensa hace meses que en España sólo se había detectado un caso con lo cual, por lo cual  creemos que es más una alarma que una realidad. El método de poner droga en la bebida está siendo usado por un tipo de agresores, que son agresores que ejercen sumisión química premeditada, que ya saben que van a drogar a una persona para tener actos sexuales en contra de su voluntad, no consentidas. Sin embargo, el Consejo de Europa habla de dos tipologías, que son la sumisión química premeditada y la sumisión química oportunista. La segunda es una situación en la cual un agresor aprovecha el estado etílico o alteración de conciencia de la victima para agredirla sexualmente. Esta es la tipología de sumisión química más común pero que no visibilizamos porque todavía seguimos con ciertos mitos que tienen que ver con que el agresor es una persona malvada, oscura, que se esconde en un callejón o que va a la fiesta a drogar a las mujeres, y sacamos al agresor de esta cotidianidad de la que te hablaba de desigualdad de género. Hay que ampliar un poco la mirada en qué tipo de violencia se da al salir de noche y cuando vemos que la violencia no es solo la violación con fuerza física sino que tiene que ver con otro tipo de prácticas como acorralamientos, tocamientos indeseados, persecuciones, acosos y otra clase de violencias así, pues el agresor toma otra cara. También resaltar que muchas de las violencias que se dan en el ocio nocturno son por parte de personas conocidas, también por parte de la pareja, de amigos, personas que acabas de conocer, del primo de Pepito que ha venido de no se dónde, y la mayoría de los relatos así lo demuestran. ¿La situación en la comunidad LGTB es igual? La verdad es que no tenemos datos concluyentes. En un informe público, como en este caso, los protagonistas tienen que ser personas gay o personas lesbianas que estén trabajando dentro y me parece entrometerme en un ámbito en el que no soy protagonista y si no se hace con mucho cuidado podría provocar la estigmatización de este colectivo. No digo que no se tenga que hablar, pero creo que hay que hacerlo con mucho cuidadito. Yo llevo un año, si los recursos aumentan o alguien se anima, alguien externo, persona gay o lesbiana, yo encantada, debemos tener mucho cuidado de no reforzar la discriminación que sufre el colectivo. Más allá de las conclusiones que hayáis podido sacar, ¿cómo crees que viven estas chicas y chicos todo el temazo que está sobre la mesa? Hay diferencia entre las chicas y chicos, en general las chicas sí que están identificando la fiesta como un espacio de violencia que no quieren tolerar, identifican las violencias de su entorno también cuando no las llamas violencia. También cuando no hablas de víctimas. A la hora de hacer investigación, hay que tener cuidado en el lenguaje a usar. Cuando hablamos de violencia hablamos de violencia explícita y visible y cuando hablamos de victima por ejemplo contribuimos muchas veces al estigma que conlleva la palabra víctima. Hemos visto a chicas muy hartas de las violencias que ocurren en su entorno. También hay chicas —esto le pasa en general a los chicos— que lo ven como un fenómeno aislado o puntual, que dicen “bueno, ese es un colgao” “ese no se sabe controlar”. Vemos que hay dos tipologías de chicas, lo ven como algo estructural cotidiano y continuo o lo externalizan y lo ven como un fenómeno puntual. Los chicos tienden más al segundo caso, porque verlo como algo continuo sería la posibilidad de identificarse como autor de la violencia. Los chicos en general no se identifican. Hay un concepto que es el de “agresor fantasma”: así como en relatos y encuestas vemos que hay muchas chicas que reconocen haber sufrido alguna situación de violencia, pocos chicos se identifican como agresores.

“La propuesta de este informe, que se irá ampliando y revisando, es hablar de consentimiento afirmativo y consentimiento entusiasta: solo sí es sí”

Creo que también tenemos que trabajar en este sentido porque, aunque algunos no lo hayan querido decir, es que muchas veces no lo identifican, no están educados en el consentimiento para ciertas prácticas. No saben reconocer la violencia: ser baboso, perseguir, no es ligar, es agredir. Hacer trabajo en este sentido sería interesante para que los chicos identificaran las violencias. Última pregunta ¿qué quieres destacar? Este año estamos dando muchas vueltas nosotras, otras feminista y otras autoras expertas en violencia sexual, a la utilidad y pertinencia del lema “No es no”, que si bien es potente a la hora de identificar la violencia, vemos que tiene algunas fallas. El “No es no” implica algo que tiene que ser rechazado, el ‘no’ parece que es algo en lo que alguien tiene la iniciativa y algo a lo que hay que poner un límite. Pone a las mujeres en lugar de receptoras del deseo del otro. También vemos, y en el caso de La Manada ha sido brutalmente visible, que muchas veces las mujeres no pueden decir que no, y se las cuestiona porque no dijeron no, porque a veces negocian su propia vida, o miedo a su integridad física o personal. Y otras no pueden decir que no porque hay un montón de estigmas que atraviesan a las mujeres. Cuando dicen ‘no’ se las puede tachar de estrechas, de mojigatas, cuando dicen ‘sí’ son fáciles y putas. Y cuando son simpáticas con un chico y se las llama calientapollas. Estos estigmas limitan la libertad sexual de las mujeres. Y muchas veces inciden en su capacidad de decir que sí o que no tranquilamente. La propuesta de este informe, que se irá ampliando y revisando, es hablar de consentimiento afirmativo y consentimiento entusiasta: solo sí es sí. Todo lo que no sea un sí activo, verbal y explícito es un no. También hay que hablar del deseo, no solo hablar de que las mujeres consientan sino educarlas para que sean agentes activas del deseo, que tiene un papel fundamental en las relaciones sexuales. Que nosotras no conozcamos nuestra propia sexualidad o que estemos desconectadas de nuestro cuerpo, muchas veces hace que no identifiquemos situaciones de violencia sexual.

Por

 

Fuente original: https://www.elsaltodiario.com/juventud/ana-burgos-observatorio-noctambulas-agresiones-sexuales-ocio-nocturno#

El alcohol está pasado de moda. Así es el nuevo ‘botellón’

Beber está ligado a la vida emocional y social, pero de las generaciones anteriores

Primero los llamaron Generation Yawn —”generación bostezo”—, denunciando que los y las nuevos veiteañeros pasaban del alcohol y las drogas para centrarse en su carrera profesional, con Taylor Swift o Ed Sheeran entre sus representantes. “Los 20 son los nuevos 40“, proclamaban algunos titulares. En algún momento, las generaciones previas a estos yawn decidieron erigirse en estandartes de una vida poco saludable que identifican con talentos creativos y la quintaesencia del molar. Pero he aquí una verdad: beber alcohol ya no se lleva, no abre puertas y sigue siendo tan malo como siempre.

En su lugar, movimientos multitudinarios se abren camino en ciudades como Londres y Nueva York, donde desde hace ya cinco años cientos de personas se congregan al alba, convocadas a través de las redes sociales, para una clase de yoga antes del trabajo, comer fruta y escuchar música electrónica. Un cóctel revitalizante como pocos y the place to be —el lugar donde hay que estar— si quiere estar al tanto de las tendencias sociales.

Morning Gloryville o Daybreaker son dos de las organizaciones pioneras en este movimiento. Desde 2013 movilizan muchedumbres que “buscan activar su día de una forma diferente”, según explica Matthew Brimer, cofundador de Daybreaker junto a Radha Agrawal: “Estar en el aquí y ahora, rodeados de gente chula, música y muy buenas vibraciones. Se trata de bailar y desconectar antes de ir al trabajo y de sentirse tremendamente sanos y vitales horas antes de iniciar la jornada laboral”. Y todo, con plena conciencia.

Es precisamente la búsqueda de la plena conciencia —lo que en inglés se conoce con un término muy de moda: mindfulness— que caracteriza a este evento la que ha traído de la mano toda una corriente, el mindful drinking —beber con plena conciencia—, que ha derivado en múltiples formas de ocio por todo el globo.

La hora de los ‘pringad@s’ del grupo que dicen “no”

En 2015, Laura Willoughby, experta en comunicación y trabajos sociales en Londres, dio un paso más allá en la tendencia. Puso sus energías en fomentar la diversión sin alcohol, la vida sin copas, y la organización de eventos culturales donde lo que se prima, principalmente, es estar cuanto más sobrio, mejor.

Fue entonces cuando, junto a su socio, Jussi Tolvi, fundó el Club Soda. “Somos 15.000 personas seguidoras de la idea, además de pubs, bares, restaurantes e incluso marcas de bebidas asociadas. Todos juntos intentamos desarrollar programas que ayuden a la gente a cambiar sus hábitos de consumo de alcohol”, explica la propia Willoughby.

Lo hacen a través de eventos que promueven el consumo moderado o nulo como algo normal y guay. ¿Las razones de su iniciativa? “Crear un mundo donde nadie se sienta fuera de sitio por el hecho de no estar bebiendo una copa”, dice. Por desgracia, el alcohol está tan integrado en nuestra sociedad que, lamentablemente, no beber resulta absurdo y mal visto. “A muchos jóvenes no les gusta tomarse una copa, pero les da vergüenza convertirse en los y las pringados del grupo que dicen no”, comenta María Franco, directora de la Fundación LoQueDeVerdadImporta, una institución social cuyos congresos y conferencias inculcan valores positivos, como el de cero alcohol en el ocio.

Saber cuándo parar para disfrutar con plena conciencia

En 2017, los responsables del Club Soda tuvieron la idea de organizar el Mindful Drinking Festival, un macrofestival de dos días donde se pusieran en práctica estos valores y se comunicara a través de charlas, conferencias, juegos, dinámicas, talleres… En solo dos ediciones convocadas —agosto y noviembre— consiguieron reunir a casi 13.000 personas, consolidando así lo que muchos señalan como la nueva modernez social: el Mindful Drinking Movement.

“Podríamos definir el mindful drinking como tomar decisiones conscientes sobre lo que bebes y en qué cantidad. Y, también, saber cuándo parar. Es decir, todo lo contrario a beber sin pensar”, explica la periodista Rosamund Dean, autora del libro Mindful Drinking: How Cutting Down Can Change Your Life(Beber conscientemente: cómo reducir el consumo [de alcohol] puede cambiar tu vida).

“Lo que intentamos —señala Willoughby cuando le preguntamos por el festival—, es cambiar la mentalidad social para que por fin se entienda que una persona a la que no le apetece alterar su estado mental con sustancias tóxicas no es sinónimo de alguien aburrido. Probablemente estemos ante alguien que disfruta mucho más la vida. Con más energía, más en su presente, y sobre todo, libre de hábitos sociales que además afectan a la salud”. Un misión positiva, y por ahora, de éxito, aunque con un largo camino por recorrer del que la propia organizadora es consciente.

“En esta sociedad, que podríamos definir como alcoholcéntrica, dice, el alcohol está bastante ligado al paisaje emocional y social, y eso hace que cuando alguien decide cambiar sus hábitos como bebedor, resulte difícil”. Efectivamente, está tan integrado que irse de vinos es algo tan normal como apuntarse al gimnasio. “Lo hacemos sin pensar y esto se traduce en tomar un vino después del trabajo, abrir una botella en casa para cenar o beber más de lo que de verdad te apetece cuando sales con los amigos”, señala Rosamund Dean.

La explosión de las bebidas sin alcohol

En Reino Unido este movimiento se ha convertido en algo más que una tendencia. “El mindful drinkinges parte de un cambio social y cultural para evitar el consumo excesivo de alcohol”, afirma Dean.

“Las generaciones más jóvenes, al menos aquí, beben mucho menos que en cualquier otra época; se organiza el Mindful Drinking Festival en Londres y cada vez se ven más bares y restaurantes que no sirven alcohol; en el mercado, además, se ha producido una explosión de bebidas deliciosas, alternativas al alcohol: diferentes tipos de soda, el kombucha, las bebidas de hierbas, las cervezas sin alcohol, las tónicas botánicas e incluso licores destilados sin alcohol como Seedlip con los que hacer combinados”, describe la periodista. Sin embargo, “este movimiento todavía no ha calado en España”, dice María Franco.

De hecho, según cifras del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, el 75,1% de los adolescentes de entre 14 y 18 años ha consumido alcohol en algún momento; seis de cada 10 adolescentes se han emborrachado alguna vez en su vida, y uno de cada tres lo ha hecho en los últimos 30 días.

Con respecto a los adultos, hay cifras que también hacen pensar. La Encuesta Europea de Salud en España 2014 indica, por ejemplo, que un 23,3% de los hombres y un 7,2% de las mujeres afirman beber alcohol todos los días. Y un 7,1% de los varones entre 25 y 34 años, y un 3,8% de las mujeres de la misma edad confiesan ser bebedores intensivos (consumiendo más de 50 gramos de alcohol puro en unas 4 a 6 horas, o lo que es lo mismo el equivalente a unas cinco cañas) al menos tres días a la semana.

“Es una realidad que el alcohol está en nuestras vidas y en la de los jóvenes. Lo utilizan, al igual que otras sustancias, para perder la vergüenza y conseguir ‘superpoderes’“, ratifica Franco. “Por eso hay que informarles para que sepan sus consecuencias —accidentes de tráfico, relaciones sexuales no consentidas, dependencia, etcétera— y fomentar otras maneras de relacionarse y de reforzar su personalidad para saber decir ‘no’ sin sentirse los raros del grupo”.

Ni es extremista ni radical: basta con beber poco

Lo bueno de este Mindful Drinking Movement es que no es extremista ni radical. Ni Laura ni Jussi lo pensaron para quienes solo quieren apostar por convertirse en abstemios totales. Aquí hay cabida para los que quieren aprender a beber con moderación, o practicar, voluntariamente, periodos puntuales de abstinencia, como el famoso ‘Dry January’ (enero seco), un ayuno total de alcohol durante el primer mes del año con el que resarcirse de los excesos realizados en las fiestas navideñas.

Hay generaciones que han crecido en una sociedad donde el alcohol era elemento necesario para cualquier situación; para celebrar algo, para relacionarnos, relajarnos e incluso para aliviar el estrés”. Lo importante es que sea cual sea la meta de cada uno, la gente aprenda a cambiar su mentalidad, y se atreva a poner en práctica nuevos hábitos más saludables y comedidos. Porque la diversión y el éxito social sin copas sí son posible aunque, por diferentes razones, para algunos resulte un cambio más arduo que para otros.

De forma particular, por poner un ejemplo, comenta Rosamund Dean, “las mujeres que entraron en la edad adulta en la década de los 90, o las que fueron seguidoras de Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York, o de Bridget Jones, vieron cómo el alcohol era habitual en la vida de una mujer como la de aquellas. Muchísimo más de que lo que han visto las nuevas generaciones actuales, cuyos iconos son abstemios totales como las Kardashian, o gurús del yoga y el wellness a los que siguen en Instagram”.

Por: TERESA MORALES GARCÍA

Noticia original: www.elpais.com 

Bebidas energéticas y alcohol: una combinación muy peligrosa

  • Las bebidas energéticas enmascaran la autopercepción de ebriedad, por lo que los usuarios siguen bebiendo y aumentan su riesgo de tener un accidente o de acabar en una pelea

 

Un estudio ya alertó que mezclar alcohol con bebidas energéticas puede ser tan perjudicial como la cocaína

Las bebidas energéticas son cada vez más populares. Y no solo entre los deportistas que quieren mejorar su rendimiento, sino también entre aquellos que, para prolongar sus noches de fiesta, recurren al alto contenido de cafeína de estas bebidas en sus combinados con alcohol. Pero cuidado: si bien estas bebidas energéticas pueden llegar a ser por sí mismas muy perjudiciales para la salud, cuando se consumen con el alcohol pueden ser doblemente peligrosas. Y es que como muestra un estudio llevado a cabo por investigadores del Centro para la Investigación de Adicciones de la Columbia Británica en Victoria (Canadá), las bebidas energéticas minimizan la autopercepción de ebriedad, por lo que los usuarios, en plena borrachera, continúan bebiendo y aumentan su riesgo de sufrir lesiones, ya sean intencionadas –como las sufridas en las peleas y otras conductas violentas ‘alentadas’ por el alcohol– o no intencionadas –principalmente caídas y accidentes de tráfico por conducción bajo los efectos del ‘abundante’ alcohol.

Como explica Audra Roemer, directora de esta investigación publicada en la revista «Journal of Studies on Alcohol and Drugs», «los efectos estimulantes de la cafeína pueden enmascarar el resultado que obtiene la mayoría de la población cuando bebe alcohol. Por lo general, cuando uno consume alcohol se siente cansado y se va a su casa. Pero las bebidas energéticas enmascaran este efecto, por lo que la gente puede subestimar cuán de intoxicada se encuentra, por lo que se queda hasta más tarde, sigue bebiendo y participa en comportamientos de riesgo y en prácticas peligrosas».

‘No me siento borracho’

Los combinados de alcohol y bebidas energéticas son especialmente populares en Canadá y Estados Unidos, países en cuyas licorerías se pueden comprar ya mezclados –por ejemplo, en forma de latas de vodka con ‘Red Bull’, uno de los combinados más comunes–. Todo ello a pesar de que las evidencias, numerosas y crecientes, de que tanto el alcohol como las bebidas energéticas son perjudiciales para la salud y que su suma no hace sino potenciar sus efectos negativos.

Pero, exactamente, ¿qué motivó a los autores la puesta en marcha de este nuevo estudio? Pues, simple y llanamente, evaluar si las bebidas energéticas inducían un efecto similar al observado con otros estimulantes –caso, sobre todo, con la cocaína– cuando se mezclaban con alcohol.

Los efectos estimulantes de la cafeína pueden enmascarar el resultado que obtiene la mayoría de la población cuando bebe alcohol. Audra Roemer

Como refiere Audra Roemer, «evidentemente, la cocaína es un estimulante fuerte, y teníamos curiosidad por ver qué pasaba con estimulantes menos potentes pero que tienen mayor aceptación desde un punto de vista social. Nos preguntábamos si podían tener el mismo impacto, si bien en un menor grado».

Para ello, los autores analizaron los resultados de 13 estudios realizados entre los años 1981 y 2016 y en los que se evaluó la mezcla de alcohol y bebidas energéticas. Y de acuerdo con los resultados, el riesgo de lesiones por abuso del alcohol, ya de por sí nada desdeñable, se incrementó notablemente con la combinación con bebidas energéticas.

Y la gente que toma estos combinados, ¿es consciente del riesgo que suponen? Pues parece que en muchos casos sí, dado que la razón para su consumo es la ‘asunción de un riesgo’ o la ‘búsqueda de sensaciones’.

Como indica la directora de la investigación, «sabemos que estos son factores de riesgo para las lesiones relacionadas con el alcohol, y algunos trabajos han sugerido que la gente que presenta estas características prefiere el estado ‘despierto y borracho’ que se alcanza con la mezcla de alcohol y bebidas energéticas. Esta podía ser una población que tuviera incluso un mayor riesgo de lesiones».

Razón, que no resultado

En definitiva, el alcohol y las bebidas energéticas constituyen una mezcla muy peligrosa. Pero parece que el riesgo de sufrir un daño es en muchos casos no un resultado de la toma de estos combinados, sino la ‘razón’ para su consumo. Sin embargo, hacen falta más estudios.

Como concluye Audra Roemer, «hemos revisado todos los trabajos realizados, pero incluso así hacen falta más investigaciones para confirmar nuestros resultados. En la actualidad estamos llevando a cabo un nuevo estudio controlado en servicios de Urgencias para evaluar más de cerca esta relación. Ya hemos demostrado que el incremento de riesgo de lesiones con la combinación de alcohol y bebidas energéticas podría suponer un serio problema de salud pública. Necesitamos más estudios para ver qué es lo que realmente está pasando».

Fuente: www.abc.es