Entradas

Sexo y empatía. Las bases éticas del follar

Introducir la empatía en cualquier relación quiere decir preocuparse por el otro o la otra, por su bienestar, y nada de esto está reñido con ningún tipo de sexo (excepto el machista)

Escrito por: Beatriz Gimeno

A raíz de lo ocurrido con la sentencia de La Manada, en los días (ya semanas) siguientes, hemos hablado y escrito de muchas cosas relacionadas con el feminismo y no estrictamente con la sentencia en sí, que también. Digamos que la sentencia, como antes el 8M, está sirviendo para levantar muchas alfombras y levantarlas incluso de sitios donde hacía años que nadie se ocupaba de barrer. Esta sentencia ha provocado indignación porque antes estuvo el movimiento #MeToo y porque una gran parte de la revuelta feminista de los últimos tiempos tiene que ver con la violencia sexual, es una revuelta contra las violaciones y el acoso, contra la sexualidad machista, en definitiva. Así que por fin se nos presenta la oportunidad al feminismo de hablar más de sexo. Porque el sexo es el elefante blanco que está en una habitación y nadie parece ver. Y no se trata sólo de denunciar, castigar o perseguir, no se trata de aumentar las penas, sino de reflexionar acerca de qué es esa “cosa escandalosa” (parafraseando a Donna Haraway y refiriéndola aquí a la sexualidad patriarcal) y qué relación tiene con la desigualdad social, con las relaciones de género, con el poder, con la política. Es hora de volver a pensar la sexualidad como una construcción política que incide en las relaciones sociales de manera fundamental.

¿Entendemos lo mismo por “sexo”?  

Al fin y al cabo parece que hay una discordancia muy evidente cuando un juez ve jolgorio donde otros jueces vieron dolor extremo; cuando los violadores y todos sus palmeros están convencidos de que hubo sexo y cuando las mujeres sabemos que allí hubo una violación. Es evidente que la discordancia sobre lo que entendemos por sexo alcanza incluso al interior del  feminismo. De hecho, algunos de  los asuntos más polémicos dentro de éste, como la prostitución o la pornografía, tienen que ver con el sexo, con lo que entendemos por sexo y también con lo que entendemos, en definitiva, por sexo ético. En  realidad, nadie dentro del feminismo niega que el sexo es un lugar en el que se dilucidan relaciones de poder socialmente construidas. Esta consideración no es nueva, el feminismo de la Segunda Ola, al fin y al cabo, nació como una teoría radical de la sexualidad pero hacía mucho que la sexualidad patriarcal no se ponía en el punto de mira de la mayoría del feminismo como ahora ha ocurrido. Y surgen preguntas necesarias: ¿Cómo influye la construcción sexual masculina y patriarcal en la realidad, en las relaciones entre hombres y mujeres? ¿Qué relación guarda dicha sexualidad con la construcción de la subjetividad masculina? ¿Podemos deconstruir la sexualidad masculina hegemónica? ¿Es necesario follar de otra manera para ser más iguales? ¿Hay una manera justa de follar? ¿Hay una manera ética o la ética no tiene nada que ver con follar?

Nadie dentro del feminismo niega que el sexo es un lugar en el que se dilucidan relaciones de poder socialmente construida

Cualquier cosa que tenga que ver con la sexualidad requeriría de un libro extenso, pero de manera concisa pienso que no podemos renunciar a tener criterios éticos con respecto a cualquier acto en el que intervenga la voluntad porque somos seres morales; y quizá en el sexo menos que en muchos otros porque la sexualidad es un pilar de nuestra subjetividad, y también porque implica una relación con otro/a(s) persona(s). Sabemos también (y eso no lo niega casi nadie) que la sexualidad patriarcal está muy relacionada con el dominio (la conquista) y no tanto con la reciprocidad o la igualdad. Digamos que la mayoría de la gente asume que hay una ética de mínimos que aplica en el sexo: el consentimiento. Pero en estos momentos han surgido voces feministas que piden que se vaya más allá y han problematizado la propia noción de consentimiento aplicado al sexo.

Sin duda que el consentimiento significó un avance en su día teniendo en cuenta que hasta hace poco este era irrelevante y aún lo es en gran parte del mundo. Puede que a la hora de plasmarlo en los códigos debamos referirnos a él como concepto jurídico, pero sí pienso que, al menos desde el feminismo, podemos problematizarlo. Por una parte, porque es evidentemente un factor de desigualdad que nos sitúa a hombres y mujeres en lugares diferentes, con subjetividades diferentes, deseos diferentes, modos de follar también distintos y  supuestas diferentes necesidades. Somos las mujeres las únicas que consentimos, mientras que ellos desean y actúan; nos follan. Nosotras, así, nos situamos como objeto deseado y pasivo, mientras que ellos son el sujeto activo que, con suerte, pide el consentimiento para el acceso a nuestro cuerpo. El consentimiento, además, puede comprarse con dinero o con otro tipo de bienes, materiales o inmateriales; puede darse incluso a cambio de amor. Puede conseguirse de múltiples maneras pero siempre desde posiciones de poder diferentes: son ellos los que buscan conseguirlo, comprarlo, forzarlo y nosotras las que lo poseemos como un bien con el que negociar. Y alrededor de esta concepción del consentimiento se levanta una construcción inmensa de desigualdad material y simbólica: ellos desean, necesitan, follar;  nosotras consentimos (o no) que nos follen.

Se debe educar a los hombres de manera que ninguno se muestre indiferente frente al malestar sexual de una pareja, para que el bienestar sexual de la otra(s) sea tan importante como el suyo propio

Entonces, para que follar sea ético ¿basta con el consentimiento (y qué clase de consentimiento) o tenemos que ir más allá si queremos que la sexualidad y lo que lleva aparejado, promueva, refleje, posibilite, eduque en la igualdad entre hombres y mujeres y procure una distribución igualitaria de placeres y bienes simbólicos? ¿Qué tiene que ver todo eso con la empatía? ¿Es necesario follar con empatía para que sea un follar ético e igualitario o eso entorpece la idea que tenemos del sexo? Cuando una tuitera (@magdalenaProust)  mezcló sexo y empatía  se armó un lío tremendo. Follar con empatía es quitarle toda la gracia al sexo dijeron muchos y muchas. La pregunta entonces es ¿qué es follar con empatía? ¿Es necesario? ¿Es feminista? Creo que sí, que es necesario y que es necesariamente feminista. Y lo es porque la sexualidad masculina hegemónica, al menos en el plano del deseo, se construye, no sobre la cosificación de los cuerpos (que puede ser un elemento del deseo), sino sobre la deshumanización. Y a la hora de interpretar esta construcción sexual, a la sempiterna deshumanización patriarcal le tenemos que unir la ideología neoliberal que impone una interpretación de la relación sexual como algo absolutamente individual y sin consecuencias más allá de dicha relación; que ha borrado de nuestras cabezas la posibilidad de analizar estructuras materiales e ideológicas que construyen la realidad, también la sexual.

Introducir la empatía en el follar (o en cualquier otra relación) quiere decir preocuparse por el otro o la otra, por su bienestar, quiere decir tener la capacidad para ponerse en su lugar, y nada de esto está reñido con ningún tipo de sexo (excepto el sexo machista): el sexo casual, el sexo con muchas o muchos, el sexo con desconocidas/os, el sexo fuerte, el sexo incluso voluntariamente cosificador… el sexo como sea, siempre que se sepa que ahí, al otro lado, hay un ser humano, una mujer, con su propio deseo y con el mismo derecho a que dicho deseo sea atendido y respetado. Creo que siempre es mejor no tratar a las personas como un medio que hacerlo, que las relaciones sexuales tienen siempre que incluir preocupación activa por la(s) otra(s) persona(s), por su bienestar, por su placer; que se debe educar a los hombres de manera que ninguno se muestre indiferente frente al malestar sexual de una pareja, para que aprendan a identificar este, para que el bienestar sexual de la otra(s) sea tan importante como el suyo propio. Las mujeres deben también aprender a expresar su deseo, sus malestares, sus preferencias al follar y los hombres tienen que aprender a escucharlas, respetarlas, percibirlas, tenerlas en cuenta… Por tanto, sí, empatía.

Gayle Rubin, con la que coincido en pocas cosas, define muy bien en qué marco deben moverse los encuentros sexuales para que puedan ser considerados éticos. Dice Rubin que los encuentros sexuales tienen que ser juzgados por la manera en la que las partes se tratan una a otra en el nivel de consideración mutua; por la presencia o ausencia de coerción y por la cantidad y calidad del placer que se dan. Esto es la empatía al follar, nada más y nada menos. No hay ética sin feminismo y el feminismo es también una ética. Así que creo que toca, sí, comenzar a exigir a los hombres comportamientos éticos también en el terreno de la sexualidad, lo que en definitiva no es más que asumir y contemplar la plena humanidad de aquella(s) con quien(es) se folla. Parece fácil, pero hay toda una construcción masculina del deseo, de la sexualidad, del follar, que impone lo contrario.  Y eso es justo contra lo que se ha levantado el feminismo.

Escrito por Beatriz Gimeno el 27 de mayo de 2018 para Revista Contexto: http://ctxt.es/es/

Articulo original en http://ctxt.es/es/20180523/Firmas/19815/sexo-feminismo-empatia-sexualidad-machista.htm

Ana Burgos: “Hay que dejar de educar a machitos violentos si queremos dejar de decir ni una menos”

El ocio nocturno es una vía de diversión para cientos de miles de jóvenes cada fin de semana. También un espacio en el que se producen múltiples violencias sexuales, algunas de las cuales no se identifican como tales. Un informe recoge el testimonio de chicas y chicos sobre las circunstancias en las que se producen esas agresiones y la percepción que existe sobre ellas.

Comenzó hace cinco años en un departamento de estudio de las drogas de la Fundación de Salud y Comunidad. Las investigadoras se percataron de que los estudios sobre ocio nocturno incidían en cosas de tíos —peleas, destrozo de mobiliario urbano, multas, malos vinos, el rollo de siempre— y se invisibilizaba la violencia sexual que ocurre en la noche.

Ana Burgos, coordinadora del cuarto informe del Observatorio Noctámbulas.
Fotografía por: Víctor Serri

Ana Burgos (Huelva, 1980) ha retomado este año el resultado de esas investigaciones, que cada año da lugar al Informe Noctámbulas, sobre la relación entre el consumo de drogas y las violencias sexuales en contextos de ocio nocturno. De la pura investigación se ha ampliado hasta la formación y dinamización comunitaria. Este año, el efecto arrastre de Me too, ha amplificado el contenido de un informe extenso en su investigación, que da una conclusión clara: el alcohol es la droga que más influye en la violencia sexual. Pero eso no lo explica todo.       ¿Tanto cambiamos cuando bebemos? ¿Influye el alcohol en los varones hasta convertirnos en potenciales acosadores o violadores? El alcohol funciona como un distractor de dinámicas que están relacionadas con la desigualdad de género. Más que haga que os convierta en potenciales violadores, tiene que ver con que con el consumo de alcohol hay todo un imaginario diferencial y desigual, asociado con el consumo de alcohol por mujeres y hombres que hace que se produzca un clima de impunidad. Cuando los chicos beben, suele pasar que el alcohol funciona como un atenuante, tanto social como a nivel legal. Hay un montón de sentencias judiciales que han rebajado la pena de agresores porque iban borrachos, esto de “es que no sabe lo que hace porque iba bebido”, “son cosas que pasan” “no era él, era el alcohol” es un mensaje que está presente en nuestro imaginario. Sin embargo, cuando las chicas beben, se las culpabiliza de la violencia que reciben, suele funcionar como un atenuante para ellos y se convierte en un agravante para ellas.

“Denunciarlo más, identificarlo más y que las chicas tengan más herramientas para hacer frente a ello, hace que los chicos se lo tengan que pensar dos veces antes de agredir”

También hay un informe de un análisis de género relativo al consumo de drogas. El consumo de drogas está asociado a la masculinidad, es una transgresión de las normas sociales que a la masculinidad se le permite y que a las mujeres se les limita. Cuando las mujeres transgreden la norma legal al tomar una sustancia ilegal o social al beber mucho, no solo se las penaliza por transgredir esas normas sino también por transgredir las normas de género de ser personas prudentes y cuidadas. Por lo que hay toda una culpabilización de las mujeres cuando consumen y este imaginario de culpabilización de ellas y responsabilización de ellos hace que los chicos, de alguna manera, sepan que pueden agredir sin ninguna consecuencia en este ocio nocturno. ¿Se consigue romper con la idea de que en fiestas todo vale? Más que romper, lo cierto es que se está empezando a visibilizar. No está dejando de pasar, pero se está denunciando mucho más. Vemos una evolución aunque solo llevemos cinco años. El movimiento feminista ha hecho un esfuerzo. Las chicas a las que entrevistamos identifican más que hace cinco años situaciones que antes eran normalizadas como situaciones de violencia. Que te toque el culo un tío en una fiesta antes no lo consideraban violencia, tenían argumentaciones como “son unos pesaos, sí, pero es que los chicos son así”. Denunciarlo más, identificarlo más y que las chicas tengan más herramientas para hacer frente a ello, hace que los chicos se lo tengan que pensar dos veces antes de agredir. La violencia tiene que ver con el sistema patriarcal, con el sistema de desigualdad de género desde la más tierna infancia, por lo que si no intervenimos en este sistema desde un montón de espacios, sobre todo en el espacio educativo formal e informal, desde que somos muy jóvenes, pero también desde los medios de comunicación, difícilmente se van a erradicar las violencias, tanto las violencias sexuales como otro tipo de violencias de género. La propuesta es dejar de educar a “machitos violentos y princesitas indefensas” si queremos dejar de decir “ni una menos” ¿Por qué estos contextos de ocio nocturno favorecen la violencia? Aparte de esta concepción desigual del consumo por parte de jóvenes, la fiesta es un espacio que se relaciona con la sexualidad. Parece que una fiesta acaba bien cuando hay sexo. Lo cual estaría muy bien si no estuviéramos socializadas y socializados en la sexualidad de una manera absolutamente desigual: mujer pasiva, hombre activo. Hay toda una socialización desigual, que en el contexto nocturno se pone en juego, porque son espacios clave de ligoteo. Por otra parte, en el espacio de ocio nocturno se da el “todo vale” que está muy presente, se rompen normas de la cotidianidad. Hay una serie de situaciones que si se dan de día en un contexto no festivo, por ejemplo, en el autobús si te cojo el culo (algo que también pasa) seguramente la respuesta y desaprobación social será mucho mayor. Es como el carnaval a micro escala, una ruptura de normas o de la corrección política que de día todo el mundo muestra. Una corrección política en los discursos que después no se corresponde con las prácticas reales. ¿Y cómo influye el mercado, el sistema en lo que vivimos? En el informe habláis del contexto general de mercantilización de los cuerpos las mujeres, hipersexualización en marquesinas, en autobuses, etc. El ocio nocturno en general es un contexto profundamente capitalista y patriarcal. Nos cuesta mucho hacer trabajo con locales de ocio nocturno, porque su objetivo es ganar dinero. Da igual lo que pase con tal de que el negocio funcione, y si funciona poniendo las entradas gratis para las mujeres a las discotecas para que sean un reclamo publicitario de consumo para los chicos que van a ellas, no van a tener problema en hacerlo, y si una fiesta va a llenar más gente con una cartelería de mujeres hipersexualizadas y cosificadas, pues tampoco. En las dinámicas del ocio nocturno se trata de vender el máximo alcohol a los jóvenes posible en muchos casos sin medidas de prevención de consumo abusivo y sin medidas de prevención con perspectiva de género.

“Las nuevas tecnologías han sido también herramientas de autodefensa, como las aplicaciones de las chicas para avisarse cuando llegan a casa o identificar donde ha habido violadores”

En talleres que hago ahora respecto del consumo de alcohol se habla mucho de la realidad de los chicos, se dice “no bebas mucho, te pones súper violento, te pones to machito…” No se habla de la realidad de las mujeres, no hay una sensibilización por parte del sector de ocio nocturno respecto a la violencia de género o a la desigualdad de género y muchas veces tampoco hay interés. Las reglas de la venta de bebidas alcohólicas o entradas de discotecas o conciertos —pero también de otros productos, como coches o perfumes— se ha caracterizado siempre por igualar a las mujeres con el producto. ¿Han ampliado los teléfonos móviles los límites de violencia que tienen que tolerar las mujeres en esos espacios nocturnos? Las violencias son camaleónicas. Se van rearticulando en función de los medios que tienen, si ahora tienen Tinder, pues Tinder, como si ahora tienen WhatsApp, pues WhatsApp, pero si antes tenía la publicidad en el periódico pues la publicidad en el periódico. Los canales donde se ejercita la violencia están diversificados pero no ha aumentado la violencia en sí. Hace 60 años había la misma violencia, lo que pasa es que se daba de forma diferente. A veces nos echamos las manos a la cabeza porque hay canales que no entendemos, desde nuestro puretismo, nos cuesta entender esto. Hay que entender que las nuevas tecnologías han sido también herramientas de autodefensa, como las aplicaciones de las chicas para avisarse cuando llegan a casa o identificar dónde ha habido violadores. Hay que evitar una mirada tecnofóbica. Han posibilitado nuevas violencias pero también nuevas resistencias. ¿En qué crees que tenemos que mejorar para entender que las actitudes que se daban en los años 60 no son tolerables ni entonces ni ahora? No creo que sean circunstancias tan diferentes, creo que es diferente cómo vivimos la sexualidad, y la noche y la fiesta, pero no creo que sea muy diferente cómo se ejercen las violencias. Cuando hacemos talleres es muy habitual que la gente mayor diga que eso en su época no pasaba, que la gente joven diga que es una cosa del pasado y que la gente que estamos en torno a los cuarenta digamos que la gente joven está fatal y que también es una cosa del pasado. Trabajando con mujeres mayores muchas te hablan del baile y que era en mitad del baile cuando se producían violencias reales, fuertes, con los chicos. Todos los mensajes de “no vuelvas a casa sola”, que son un punto en el que incidir, se daban y se siguen dando. Sería interesante revisar cómo seguimos responsabilizando a las chicas de prevenir las violencias que sufren. Es habitual, incluso en madres feministas, que alerten a las chicas: “No vayas por ahí” “avísame cuando llegues”, etc. Es importante para que conozcan las estrategias de autodefensa, pero seguimos responsabilizando a las chicas de no recibir violencia y no educando a los chicos para no ejercerla. Muchas de las veces alertamos de las violencias en espacios públicos cuando la mayoría de las violencias se ejercen en casa. En el ocio nocturno en concreto hay más diversificación, pero un 80% de la violencia sexual total se da por parte de personas conocidas y en espacio doméstico, del padre, del hermano, del vecino, del amigo del padre. ¿Hasta qué punto el hecho de que un tema como la violación de La Manada en Sanfermines —que que se haya convertido en objeto también de seguimiento de prensa— sirve en una estrategia de pedagogía o perjudica el tratamiento informativo morboso que provoca? Los medios son fundamentales tanto para hacer frente a la violencia como para perpetuarla. Es positivo que se hable de esto, otra cosa es cómo se está tratando mediáticamente. En el caso de La Manada creo que ha dejado mucho que desear, en general, el tratamiento informativo que se le ha dado. Nunca se apunta a las causas de la violencia. Se cuestiona a la víctima y además, como dice Beatriz Gimeno en un artículo, que está muy chulo, “A quién estamos juzgando”, los casos de violación o de violencia sexual en general, son los únicos en los que no sólo hay que demostrar la culpabilidad del denunciado sino incluso la inocencia de la denunciante. Sería interesante un tratamiento informativo con perspectiva de género. Ya hay algunos medios que se están poniendo las pilas en este sentido. Hay que dejar de dar mensajes alarmistas como “esto es una lacra social” cuando es una manifestación de la desigualdad de género como cualquier otra. No es una lacra, como dice el lema feminista, los violadores de La Manada son “hijos sanos del patriarcado”. ¿Cuál es la percepción que se tiene de los efectos que tienen las otras drogas, en concreto de las drogas de inhibición de la voluntad, la famosa burundanga? ¿cómo se usa? ¿se usa? Con las drogas de sumisión química es necesario romper mitos. Hay estudios epidemiológicos de los que no te puedo dar detalle, porque no vengo de la biomedicina, pero parece que no hay ninguna sustancia que pueda anular la voluntad, que lo de soplar en la cara tampoco es como muy común.

“Hay que resaltar que muchas de las violencias que se dan en el ocio nocturno son por parte de personas conocidas, también por parte de la pareja, de amigos, personas que acabas de conocer, etc.”

El sistema en general es introducir en la bebida drogas sintéticas GHB o éxtasis. Se trata de drogas mas generalmente consumidas por jóvenes al salir de fiesta. Creo que hay un montón de mitos alrededor de la burundanga. Salió en prensa hace meses que en España sólo se había detectado un caso con lo cual, por lo cual  creemos que es más una alarma que una realidad. El método de poner droga en la bebida está siendo usado por un tipo de agresores, que son agresores que ejercen sumisión química premeditada, que ya saben que van a drogar a una persona para tener actos sexuales en contra de su voluntad, no consentidas. Sin embargo, el Consejo de Europa habla de dos tipologías, que son la sumisión química premeditada y la sumisión química oportunista. La segunda es una situación en la cual un agresor aprovecha el estado etílico o alteración de conciencia de la victima para agredirla sexualmente. Esta es la tipología de sumisión química más común pero que no visibilizamos porque todavía seguimos con ciertos mitos que tienen que ver con que el agresor es una persona malvada, oscura, que se esconde en un callejón o que va a la fiesta a drogar a las mujeres, y sacamos al agresor de esta cotidianidad de la que te hablaba de desigualdad de género. Hay que ampliar un poco la mirada en qué tipo de violencia se da al salir de noche y cuando vemos que la violencia no es solo la violación con fuerza física sino que tiene que ver con otro tipo de prácticas como acorralamientos, tocamientos indeseados, persecuciones, acosos y otra clase de violencias así, pues el agresor toma otra cara. También resaltar que muchas de las violencias que se dan en el ocio nocturno son por parte de personas conocidas, también por parte de la pareja, de amigos, personas que acabas de conocer, del primo de Pepito que ha venido de no se dónde, y la mayoría de los relatos así lo demuestran. ¿La situación en la comunidad LGTB es igual? La verdad es que no tenemos datos concluyentes. En un informe público, como en este caso, los protagonistas tienen que ser personas gay o personas lesbianas que estén trabajando dentro y me parece entrometerme en un ámbito en el que no soy protagonista y si no se hace con mucho cuidado podría provocar la estigmatización de este colectivo. No digo que no se tenga que hablar, pero creo que hay que hacerlo con mucho cuidadito. Yo llevo un año, si los recursos aumentan o alguien se anima, alguien externo, persona gay o lesbiana, yo encantada, debemos tener mucho cuidado de no reforzar la discriminación que sufre el colectivo. Más allá de las conclusiones que hayáis podido sacar, ¿cómo crees que viven estas chicas y chicos todo el temazo que está sobre la mesa? Hay diferencia entre las chicas y chicos, en general las chicas sí que están identificando la fiesta como un espacio de violencia que no quieren tolerar, identifican las violencias de su entorno también cuando no las llamas violencia. También cuando no hablas de víctimas. A la hora de hacer investigación, hay que tener cuidado en el lenguaje a usar. Cuando hablamos de violencia hablamos de violencia explícita y visible y cuando hablamos de victima por ejemplo contribuimos muchas veces al estigma que conlleva la palabra víctima. Hemos visto a chicas muy hartas de las violencias que ocurren en su entorno. También hay chicas —esto le pasa en general a los chicos— que lo ven como un fenómeno aislado o puntual, que dicen “bueno, ese es un colgao” “ese no se sabe controlar”. Vemos que hay dos tipologías de chicas, lo ven como algo estructural cotidiano y continuo o lo externalizan y lo ven como un fenómeno puntual. Los chicos tienden más al segundo caso, porque verlo como algo continuo sería la posibilidad de identificarse como autor de la violencia. Los chicos en general no se identifican. Hay un concepto que es el de “agresor fantasma”: así como en relatos y encuestas vemos que hay muchas chicas que reconocen haber sufrido alguna situación de violencia, pocos chicos se identifican como agresores.

“La propuesta de este informe, que se irá ampliando y revisando, es hablar de consentimiento afirmativo y consentimiento entusiasta: solo sí es sí”

Creo que también tenemos que trabajar en este sentido porque, aunque algunos no lo hayan querido decir, es que muchas veces no lo identifican, no están educados en el consentimiento para ciertas prácticas. No saben reconocer la violencia: ser baboso, perseguir, no es ligar, es agredir. Hacer trabajo en este sentido sería interesante para que los chicos identificaran las violencias. Última pregunta ¿qué quieres destacar? Este año estamos dando muchas vueltas nosotras, otras feminista y otras autoras expertas en violencia sexual, a la utilidad y pertinencia del lema “No es no”, que si bien es potente a la hora de identificar la violencia, vemos que tiene algunas fallas. El “No es no” implica algo que tiene que ser rechazado, el ‘no’ parece que es algo en lo que alguien tiene la iniciativa y algo a lo que hay que poner un límite. Pone a las mujeres en lugar de receptoras del deseo del otro. También vemos, y en el caso de La Manada ha sido brutalmente visible, que muchas veces las mujeres no pueden decir que no, y se las cuestiona porque no dijeron no, porque a veces negocian su propia vida, o miedo a su integridad física o personal. Y otras no pueden decir que no porque hay un montón de estigmas que atraviesan a las mujeres. Cuando dicen ‘no’ se las puede tachar de estrechas, de mojigatas, cuando dicen ‘sí’ son fáciles y putas. Y cuando son simpáticas con un chico y se las llama calientapollas. Estos estigmas limitan la libertad sexual de las mujeres. Y muchas veces inciden en su capacidad de decir que sí o que no tranquilamente. La propuesta de este informe, que se irá ampliando y revisando, es hablar de consentimiento afirmativo y consentimiento entusiasta: solo sí es sí. Todo lo que no sea un sí activo, verbal y explícito es un no. También hay que hablar del deseo, no solo hablar de que las mujeres consientan sino educarlas para que sean agentes activas del deseo, que tiene un papel fundamental en las relaciones sexuales. Que nosotras no conozcamos nuestra propia sexualidad o que estemos desconectadas de nuestro cuerpo, muchas veces hace que no identifiquemos situaciones de violencia sexual.

Por

 

Fuente original: https://www.elsaltodiario.com/juventud/ana-burgos-observatorio-noctambulas-agresiones-sexuales-ocio-nocturno#

El porno feroz

La misoginia como espectáculo

En el porno del siglo XXI, el sexo es sólo una coartada para la violencia[1]. Amparada tras un arsenal de argumentos falaces, victimista hasta el paroxismo, la pornografía amplía su campo de batalla mientras reduce la condición humana de la mujer y pulveriza su dignidad[2]. Impulsado por una insaciable ansia de ofrecer “todavía más”, el porno se ha convertido en una maquinaria universal de propaganda misógina. La debilidad de sus detractores (y la habilidad del mundo porno para descalificarlos) ha conducido a una situación paradójica, en la que el porno se presenta y se acepta como valedor y defensor del sexo, cuando el sexo, ya lo hemos dicho, no es más que una coartada para ejercer (sin penas) y promulgar (entre aplausos) un modelo machista brutal y extremo. Este alegato contra el porno, contra la aberrante evolución que ha sufrido la representación y exhibición de escenas sexuales, contra la propuesta de un sistema único de relaciones sexuales basado (y complacido) en la conducta violenta y en la actitud despectiva contra las mujeres, es una reflexión desordenada y confusa, alarmada y dolorosa, que se enfrenta, sobre todo, al silencio que la sociedad mantiene sobre este asunto.

PRÓLOGO (‘BLOW JOB’)

La primera vez que fui a ver una película porno (Educating Mandy) junto a varios amigos, a la sala X de la Corredera Baja de San Pablo, en Madrid, comprobé que, efectivamente, aquello “podía herir mi sensibilidad”: ¿cómo era posible tratar así a las mujeres? ¿Cómo se podía ser tan zafio y machista? Y, sobre todo: ¿cómo podía plantearse que algo así se pudiera filmar y exhibir? ¿Cómo estaba permitido? ¿Cómo podía tener público? Salí conmocionado de la sala… y también tremendamente excitado. De vuelta a casa manifesté convencido que nunca más iría a ver semejante barbaridad, criterio que compartieron mis compañeros de aventura, pero pocas semanas después todos nos enganchamos irremisiblemente al porno.

Vista hoy, aquella película parece una nadería comparada con las brutalidades habituales que caracterizan a la producción pornográfica actual. Al fin y al cabo, en aquellos polvos sólo había unos tipejos asquerosos y groseros que trataban con desdén y sin respeto a varias chicas jóvenes y bellísimas. De haberse filmado hoy, Traci Lords, Christy Canyon y compañía, además de todo tipo de insultos, se habrían llevado varios escupitajos en la boca y en los ojos, habrían recibido unas cuantas hostias, les habrían abierto el culo hasta el límite y habrían sido forzadas a vomitar tras atragantarse con las pollas de sus compañeros de reparto, quienes habrían acabado meándose sobre ellas. En fin, lo normal. Sí: lo normal: eso es lo que ocurre en la inmensa mayoría del porno del siglo XXI, el que anuncian y emiten todos los días Digital Plus y las televisiones locales, el que recibe premios y aplausos, el que protagonizan estrellas del espectáculo como Rocco Siffredi o Nacho Vidal. Ése es el porno que se ha instalado en nuestras pantallas, en nuestras casas, en nuestras conciencias.

INTRODUCCIÓN

La pornografía se ha convertido en un tabú, no por inconfensable, sino por intocable. No hay quien que hable en su contra, algo realmente sospechoso, ni síntomas de preocupación o protesta ante la evidencia que la pornografía es un instrumento universal y eficacísimo de propaganda de la misoginia, un aparato reaccionario y fascista que ha reducido, caricaturizado y secuestrado el sexo, una herramienta que publicita y vende un modelo basado en el desprecio de la mujer. Es algo obvio, palpable, pero no hay nadie que levante su voz contra esta arma de destrucción machista[3]. Todavía se sigue considerando a la pornografía como algo vinculado a la libertad sexual, por mucho que se muestre y demuestre ser un mecanismo de desigualdad, discriminación y agresión.

La pornografía del siglo XXI ha seguido un proceso de expansión, legitimación, normalización y radicalización. Se ha producido la pornificación de la sociedad: la pornografía ha entrado masivamente en los hogares a través de la televisión y, sobre todo, de internet y ha penetrado con fuerza en las conciencias y en las costumbres. El porno se normaliza (se hace normal) y a la vez normaliza (impone las reglas de) un modelo de relaciones sexuales basado en la celebración del sometimiento de la mujer, de su reducción a objeto de placer y fuente de satisfacción sexual.

La pornografía se muestra inmune a las críticas por su habilidad para situarlas (y así descalificarlas) junto a compañeros de viaje tan indeseables como los ultraderechistas y los fundamentalistas religiosos. También junto a las feministas, cuya indispensable labor ha sido ridiculizada con saña y sin pausa. Sin embargo las teorías y argumentos de las feministas de los años setenta[4] están más vigentes y son ahora más necesarios que nunca. La pornografía es hoy un paraíso fiscal de la delincuencia del sexo, y alimenta directamente graves problemas sociales como la violencia de género, el proxenetismo, el tráfico de personas, la pederastia y la lamentable educación sexual de varias generaciones. Si la pornografía sitúa a quien la critica junto a fanáticos políticos y religiosos, sus defensores se colocan al lado de los verdugos, violadores, ejecutores y filonazis del sexo.

Ésta es la pornografía del siglo XXI[5]. Esto es el porno, esa manera familiar y amistosa de nombrar la pornografía. El porno ha secuestrado valores como la libertad sexual, la diversidad sexual y hasta la libertad de expresión. El secuestro opera en una doble vertiente: proclamarse como abanderado fundamental de estos valores para después retirarlos del espacio público. Esta labor, aparentemente contradictoria, tiene sin embargo una explicación muy coherente: el porno elimina esos valores porque, en realidad, van en contra de su esencia (reaccionaria, reductora y absolutista) aunque los encarne demagógicamente por razones de legitimidad y de marketing. La estafa, por evidente, no deja de ser eficaz, y así se constata cotidianamente en la propaganda que el porno hace de sí mismo y en el amplio y creciente calado acrítico que su mensaje tiene en la sociedad. Lo que ha secuestrado el porno, puede afirmarse, en fin, es el mismo sexo, sustituyendo su riqueza por una normativa rígida y unidireccional de entender las relaciones sexuales.

El mundo, pues, ya es pornográfico. La vida es pornográfica. El sexo es porno. Sólo porno. El porno ya no es una representación del acto sexual. Es el acto sexual. Y por acto sexual se entiende cualquier cosa que produzca placer al hombre. Al hombre. Cualquiera. Todo lo que excite al hombre (al hombre) es pornográfico y, como tal, adquiere el visado que otorga el sexo y que impide la posibilidad de ser analizado o criticado. En el deformado nombre de la libertad de expresión y en el manipulado anhelo de la libertad sexual se cometen delitos constantes que conforman una propaganda universal respecto a la manera de entender (y practicar) el sexo. Se cometen delitos que se graban y se exponen y se venden con esa coartada sexual, con esa patente de corso del sexo, con esa protección garantizada por la inmunidad de la pornografía.

RADICALIZACIÓN (‘EXTREME SEX’)

¿Se puede hablar de radicalización del porno cuando ya en junio de 1978 la revista Hustler publicaba su famosa portada de una mujer triturada por una máquina de picar carne?[6] Lamentablemente, la respuesta es sí. No sólo porque esa idea ha sido recogida y multiplicada por decenas de webs porno (Meatholes sería el ejemplo más próximo) sino porque su mensaje ha pasado del chiste a la realidad, del montaje al hecho, de la ficción a la ejecución.

El porno se construye y radicaliza sobre la evidencia de que la mujer sigue estando en una situación de inferioridad universal[7] y es, por definición, abusivo, tramposo y amenazante. La descripción que hace el documentalista Stephen Walker de su encuentro con el magnate del porno Max Hardcore es realmente espeluznante, y define a la perfección cómo se las gastan en este negocio.[8]

La radicalización del porno abunda en su planteamiento como caza, tortura y castigo… Se hace una sola pregunta, obsesiva, definitiva: ¿qué más se le puede hacer a una tía? O, lo que es lo mismo: ¿Cómo se puede degradar y humillar más a una puta? El hastío, generado por las propias limitaciones de la representación sexual, sólo sigue esta vía compulsiva: más y más fuerte, más y más duro, más y más extremo. Podían plantearse otros caminos, pero no: la carrera, la lucha, la obsesión, es avanzar en la destrucción de la mujer, y se celebran y aplauden (y son rentables) ocurrencias como tratar a las mujeres como urinarios (Human Toilets), hacerlas vomitar (Gag On My Cock), abofetearlas (Slapp Happy), eyacular dentro de sus ojos (Pink In The Eye), asfixiarlas, escupirles, peerse en sus bocas y un sinfín de modalidades de vejación que son publicitadas y ofrecidas como atrevidas, innovadoras o incluso humorísticas.

No hay lugar para el buen rollo o el afecto o simplemente, la humanidad, se postula la complicidad misógina y la camaradería macho, se adoran los atributos viriles y se destruyen los femeninos, y el lenguaje es tan limitado como insultante. La pornografía tiene ya mucho más de violencia que de sexo. Es más: si una escena sexual no contiene cierta dosis de violencia (verbal, física, actitudinal…), difícilmente será considerada pornográfica.

Desde hace tiempo y cada vez más, el porno ya no es la representación de escenas sexuales, sino la grabación y exposición pública de esos actos y cuanto más crudos (menos cocidos: menos preparados: más realistas) y violentos, mejor. No hay ya lugar para la representación, de modo que el porno se halla genérica y esencialmente mucho más cerca de las grabaciones caseras y de las palizas, humillaciones y actos delictivos grabados en móviles para su posterior exhibición (en el móvil, claro, pero sobre todo en internet, espacio libre, alegal y amoral como principal pantalla)[9].

El porno crea, recrea y transforma al espectador a través de la destrucción del objeto sexual. La ley de la pornografía crea y transforma (al hombre, el espectador) mientras destruye (a la mujer, el objeto). La fórmula ideal exige que el objeto destruido sea bello, pero si hay que elegir entre belleza y destrucción, el porno se inclina por lo segundo: es preferible que el objeto sea menos bello siempre que sea más destruido[10].

La radicalización del porno afecta también al estatus de sus protagonistas. Durante muchos años se lanzó el bulo de que las verdaderas estrellas eran las mujeres, se mitificaban aquellas mujeres que entendían su papel con respecto al hombre: hacer lo que a él le apetezca (todo) cuando a él le apetezca (siempre). El truco coló entre las propias actrices y entre los espectadores más cómodos, porque, en efecto, ellas eran las protagonistas del espectáculo: cobraban más, tenían clubs de fans, asistían a premios, fiestas y festivales, salían en las portadas de los vídeos y las revistas… Esa farsa se ha ido dinamitando hace tiempo, parece que ya no hace falta disimular. Ahora las estrellas del negocio son los actores, aquellos que son más agresivos, los que no tienen límites en el envilecimiento de sus compañeras de rodaje. Ellos ahora tienen nombres y apellidos y son los grandes capos. Ya no se buscan películas de Zara Whites o Ginger Lynn, sino de Rocco Siffredi, Roberto Malone, Christophe Clark, Nacho Vidal, Max Hardcore… ellos son los que saben cómo hay que tratar a las tías. Cada vez hay menos actrices cuyo nombre (artístico o real) aparezca en las producciones. La mayoría atienden a un difuso nombre de pila, sin que casi nunca se identifique a una cara con él. Para qué, qué importan, sólo son tías, sólo son putas, las hay a millones; sin embargo, maestros del sexo, verdaderos maestros como Rocco y compañía se cuentan con los dedos de una mano. Muchas de las actrices actuales proceden de los países del Este. En ellos se reúne excelente materia prima y la mejor de las disposiciones dados los mecanismos habituales del subdesarrollo, la apertura al libre mercado y la urgente necesidad económica. Ellas son, como mucho, Tanya, Ursula, Veronika… qué más da, afortunadamente hay miles de jovencitas necesitadas a las que ofrecer un billete a la fama, a Europa o al capitalismo, y acto seguido escupirles y romperles el culo. Cada día miles de chicas buscan y encuentran la única manera que tienen de soñar con una esperanza en las ofertas o imposiciones de cuantos proxenetas, chulos, esclavistas o productores de pornografía se crucen en su camino. Lo que diferencia a estas cuatro especies nombradas es que sólo los últimos son legales. O mejor dicho: alegales, porque actúan al margen de la legalidad, y saben que hay un mercado legal que les comprará a excelentes precios sus productos y que un extensísimo y relajado y civilizado público jamás se preguntará por lo que les ocurrió en sus respectivas vidas a esos miles de mujeres con las que un día se hicieron pajas mientras observaban cómo las machacaban, insultaban y envilecían un puñado de hombres civilizados, ricos y famosos. Y qué más da; como decían los propios actores, no eran más que putas, y a quién le puede importar lo que le pase a una puta. Porque ése es el proceso que desde hace años se sigue en la gran mayoría de las películas porno, éste es el mensaje constante y redundante, por muy repugnante e irracional que sea. Todas las tías son unas putas. Algunas lo saben y actúan como putas y por lo tanto son tratadas como putas, esto es: sin respeto ni consideración, y desde una posición superior, física, moral y socialmente. Otras no lo saben y necesitan un hombre que se lo haga saber. Cuando ocurre la revelación, la mujer que ya se reconoce como puta agradece al varón su enseñanza y pasa a comportarse como tal, y por lo tanto merece ser tratada como lo que es: puta: nada. Por último están las más reticentes, las más caprichosas, las más obtusas, aquéllas que no sólo no saben que en el fondo son unas putas, como todas, sino que además se resisten a que un hombre se lo demuestre. A éstas sólo cabe obligarlas. Se las chantajea, amenaza o agrede hasta que admiten ser, efectivamente, putas. En este punto ya pueden ser tratadas como se merecen: El guante negro, emitida hace ya años por Canal Satélite Digital, es una premiada película de Christophe Clark que acaba con una pandilla de tipos escupiendo a una chica del Este y diciéndole literalmente: “No eres nada, te vamos a hacer mucho daño, no eres nada, eres una mierda, eres una puta, eres una guarra, no eres nada”. Este tipo de apreciaciones son cada vez más frecuentes, acompañadas por supuesto de órdenes, golpes, azotes y escupitajos. Uno de los nuevos reclamos para la venta de películas porno son los salivazos. Ya no basta escupir con la polla, vaya a ser que alguien crea que el porno se queda en la metáfora, se escupe a la cara directamente, o se mean en la cara de la chica después de correrse y escupirle, o la ponen a oler mierda de cerdos, como en la celebradísima Rocco el perverso, o le meten la cabeza en el váter (metáfora y realidad) y tira repetidas veces de la cadena (como se hace cuando en el váter hay mierda).

Los títulos del porno son muy reveladores y no escapan, ni mucho menos a este proceso imparable de radicalización. La cosificación de la mujer comenzó con términos como rubias, morenas, mulatas o tetonas, hace ya tiempo que no se detiene en consideraciones y va directamente al grano: putas, zorras, cerdas, marranas, guarras. La misma evolución han sufrido los verbos: de seducidas y encantadas se pasó a acosadas, perseguidas o atrapadas, para terminar desgarradas, taladradas, violadas o machacadas. Una puta es material de risa, de broma, de chiste, de insulto, de venganza[11], de humillación. Porque al fin y al cabo una puta no es nada. Si alguna sale del negocio y accede a otros ámbitos (el cine, la televisión) es ridiculizada, condenada, estigmatizada y no se pierde ni una sola oportunidad de recordarle su pasado.

La radicalización del porno invade por supuesto al terreno de las fantasías. Si se es tan ingenuo como para creer que nada de lo que muestra el porno es real, que todo es ficción, o simplemente que no se puede llegar a demostrar que lo es, surgen nuevas preguntas: ¿Es ésta la única fantasía posible? ¿Qué hay detrás de un público cada vez mayor que legitima esta fantasía y este modelo como algo válido y plausible? ¿Es el sexo que ofrece el porno el único sexo posible, la única fantasía sexual valida, el sexo ideal?

Por último, el humor porno, tan celebrado y extendido, sitúa a la mujer en el papel que han sufrido antes otros colectivos discriminados (negros, homosexuales, discapacitados…): es la burlada, la engañada, el motivo de las risas del hombre. Siguiendo con el engaño, son muy significativas las páginas dedicadas a entrevistas de trabajo. Unas veces reales y otras representadas, recogen la experiencia de chicas jóvenes que buscan trabajo y se encuentran en una evidente situación de inferioridad ante el jefe que las tiene que seleccionar: el desenlace, claro, es que tienen que acceder a los requerimientos del jefe. Esta “fantasía” no se detiene siempre en su representación: cuando el trabajo a conseguir tiene alguna relación con el sexo (fotos eróticas, por ejemplo, bailarinas de striptease, camareras en topless) la ficción se convierte en realidad y la conducta del demandante está de nuevo legitimada, pues es evidente que esas chicas son unas putas, de modo que ya se puede hacer con ellas lo que sea. Las webs recogen cientos de ejemplos en los que estos castings grabados con cámaras ocultas muestran a jóvenes que acuden a la cita para encontrar un trabajo y se marchan violadas, grabadas y chantajeadas. Lo que debería constituir prueba de delito se convierte en arma arrojadiza contra la víctima. El asunto, además de pingües beneficios, da para muchas risas. Los autores se jactan de sus trofeos y de la inocencia de las engañadas, las echan a patadas de los despachos, les tienden emboscadas con varios gañanes, se ríen de ellas… Este esquema crece en brutalidad si la víctima es una actriz porno: una mujer que va a un casting porno pude prepararse para lo peor, porque otra vez su condición (actriz porno) legitima que la traten como a tal. Son frecuentes los comentarios de este tipo: “La muy idiota de esta puta creía que venía para hacer un par de mamadas y una doble penetración y mira lo que se encontró”. “Lo que se encontró” suele ser un catálogo infinito de violaciones brutales, maltratos, torturas, palizas y escarnios. El último paso de esta escala macabra son, evidentemente, las prostitutas. Si la protagonista de una escena es una prostituta, hay veda libre. Si se contrata una puta para follar, se la folla, se le hace lo que uno quiere (no uno: los tipos del porno son grandes cobardes y suelen actuar en grupo), se la graba (por supuesto sin su consentimiento, ¿quién necesita el permiso de una puta?) y después se la echa y se le amenaza, “porque es una puta”. Las webs están llenas de estos ejemplos: quizás el método más sangrante y extendido es el de recoger a una puta en la calle, montarla en una furgoneta, y violarla y grabarla mientras la furgoneta se aleja de la ciudad; concluido el trabajo, la tiran de la furgoneta al arcén entre risas y vítores.

ALGUNAS MENTIRAS (‘FETISH’)

“El porno defiende la libertad sexual”. Esa libertad sexual se entiende entonces como la libertad del hombre de satisfacer todas sus fantasías sexuales. El hombre es libre de disponer de las mujeres a su antojo y capricho. La mujer, en el porno (tampoco en el porno) no tiene libertad, tiene obligaciones, recibe órdenes, tiene que acceder a todos los requerimientos del hombre. El hombre es libre, absoluto y caprichoso. La mujer es esclava.

“El porno defiende la diversidad sexual.” Contra la acusación de reducir la mujer a un objeto (con prestaciones y características de serie), el porno proclama su afán de variedad. Y sí, es cierto, el porno es muy variado: en realidad no hay ocurrencia capricho o perversión que el hombre quiera ver (¿por qué querrá con tanto interés y tanta saña el hombre ver estas cosas?) que no esté reflejada en la inagotable oferta pornográfica. Es decir, la variedad está puesta al servicio del cliente, que es el hombre, luego en absoluto es  el porno un reflejo de la diversidad sexual general, sino de la de una parte exclusiva de la población: los hombres: en general el porno ofrece tías buenas dispuestas a hacer todo lo que un tipo desea (cualquier tipo: bien dotado, musculoso, flacucho, impotente, gordo, peludo, lisiado, drogado… aquí no importan tanto los atributos). Y como hay hombres que las prefieren gordas, viejas, peludas, embarazadas, rapadas, chinas, negras, de clítoris gigantes, de tetas de todos lo tamaños, etcétera, el porno ofrece todo eso y más. Y ofrece por supuesto niñas. Y si el cliente quiere hombres también se los da (aunque el porno gay es mucho más delicado, en general). Un ejemplo claro del truco de la diversidad sexual del porno lo encontramos en el bestialismo. Esta categoría no ofrece productos en los que hombres y muchachos penetran a cabras, ovejas y gallinas. Lo que ofrece la zoofilia porno es mujeres expuestas a la acción sexual de animales: mujeres folladas por perros y caballos, mujeres que tienen que chupársela a burros y cerdos, mujeres aterrorizadas por ratas, ratones y culebras que recorren sus cuerpos, mujeres penetradas por anguilas… La mujer es obligada al riesgo, y expuesta como algo inferior a un animal, menos que un perro, menos que un potro, menos que un cerdo (cualquier espectáculo basado en tratar a un animal como se trata a una mujer en el porno sería objeto de denuncia inmediata). Habitualmente, las mujeres obligadas a semejantes brutalidades muestran claramente los rasgos de la heroína y la miseria en sus rostros y en sus cuerpos. Son putas, también. Putas con clientes de cuatro patas. Otro ejemplo clarificador es el sadomasoquismo. Casi siempre son las mujeres las que aparecen atadas, quemadas, torturadas, azotadas, y agredidas. La variedad es otra de las grandes mentiras del porno.

“El porno se sitúa en el terreno de las fantasías.” El porno también realiza un extraño y perverso viaje de ida y vuelta de la realidad a la fantasía: se ampara en la fantasía para legitimar sus representaciones, representaciones que ya no son tales, pues son, en cambio, realidades. Lo real es condición sine qua non para la ejecución y eficacia de la fantasía. La fantasía del espectador tiene que depositarse sobre hechos reales filmados y expuestos y contemplados. Lo cierto es que en el porno nada es fantasía, todo es real, si diez tipos eyaculan en la boca de una chica las diez eyaculaciones son reales, la chica se las traga, tiene arcadas, le entran en los ojos, y todo es real.

“El porno lleva a cabo una importante labor pedagógica.” A menudo se alaba la función pedagógica del porno: enseña cómo hay que hacerlo. Lo que enseña el porno es cómo hay que tratar a las mujeres: hay que insultarlas, despreciarlas, humillarlas, castigarlas, violarlas, atarlas, asustarlas, azotarlas, torturarlas, agredirlas, asfixiarlas, destrozarlas y vencerlas… La seducción es, por supuesto, algo pasado de moda. Y sin embargo está en la seducción el principio justificador de muchas conductas (o enseñanzas) posteriores: seducir no deja de ser algo muy parecido a engañar: a las mujeres hay que seducirlas, es decir: engañarlas: una vez engañadas, ya se puede hacer con ellas lo que se quiera. El engaño es una trampa y la mujer la presa que ha caído en ella. Una vez presa, el cazador es su dueño. De alguna manera la habilidad para cazarla legitima su uso posterior: puede domesticarla, comérsela o degollarla y poner su cabeza adornando el salón. En este sentido es habitual que los actores porno más brutales se les muestre como “caballeros”[12], una burda máscara que no sólo responde a un obsoleto punto de vista sino que esconde también la artimaña del cazador: la galantería como cebo para que se relaje la atención de la víctima. Claro que muchas veces el porno se salta estos vericuetos y va directamente al grano: se las viola y punto. Y si se resisten, mejor: el placer de la resistencia es continuamente expresado en el porno. Así, una página web declara: “¿qué es mejor que una tía que quiera comernos la polla? Una que no quiera comérnosla y tenga que hacerlo”. La pedagogía no se limita a la cama: fuera de ella también se enseña como hay que tratarlas: dándole órdenes. Porque a la mujer también se la enseña como tiene que comportarse: siempre obediente, siempre sumisa, siempre complaciente, dispuesta a todo (para evitar que la tilden de mojigata, estrecha o poco sofisticada), necesariamente predispuesta a relaciones lésbicas para satisfacción del macho, espectador y amo, agradecida y sonriente si la escupen, agradecida y sonriente si la ensucian, agradecida y sonriente si le dan dos hostias. Manchada, dócil. Vencida. Inerte.

SILENCIO Y MIEDO (‘BONDAGE’)

Criticar al porno parece algo inconcebible, porque se ha extendido la idea de que el porno mola, el porno es guay, el porno es lo mejor[13]. El porno se ha instalado en nuestra sociedad y ha logrado legitimarse con una autoridad sorprendente, incluso entre los que no lo consumen. Los que saben realmente de qué va el asunto suelen buscar la complicidad del aficionado, ese rollo machote que ineludiblemente conduce al celebrado “Todas son unas putas”. Resulta sorprendente la resistencia de los ignorantes y la desfachatez de los entendidos. Pero la sorpresa se difumina cuando se tienen en cuenta las múltiples y poderosas estrategias que ha seguido el porno para conseguir esta victoria.

Cuando el programa 21 días, de Cuatro, dedicó un programa a la industria del porno lo llamó 21 días en la industria del porno, y a pesar de que en tal enunciado no había nada que indicase que su presentadora, Samanta Villar, tuviese que protagonizar escenas porno, la periodista y la cadena recibieron una avalancha de insultos y descalificaciones por no haber estado “21 días chupando pollas” como exigían muchos comentarios de televidentes que se sentían “decepcionados, engañados y estafados”. Si algo se le podía criticar al programa era su complicidad con esa industria, su acercamiento en tono de colega y la ausencia absoluta de crítica (más allá de un par de momentos en los que Villar arrugaba la nariz). La propia Villar declaraba: “El equipo y yo queríamos dar una imagen del porno alejada de los tópicos de sordidez, vicio o drogas”. Es decir, que se partía de un prejuicio positivo hacia el género. Algo cada vez más habitual y, a la vez, a contracorriente del ideario habitual de la parrilla televisiva: resulta al menos curioso que cuando en todos los asuntos se intenta buscar el lado oculto, en el porno se intenta mostrar el lado amable[14].

Esta prudencia, este miedo a molestar a la pornografía, a disentir del discurso dominante (la pornografía mola), a señalarse, en fin, es algo muy extendido. Las teorías feministas son ridiculizadas, ninguneadas y descalificadas si están contra el porno y recibidas con entusiasmo si están a favor. Las tribunas de los periódicos ceden con placer su espacio a opiniones tan ridículas y dañinas como las de Enrique Lynch[15] y Vicente Verdú[16], abanderados de esa extensa, cobarde y bochornosa sociedad de hombres llorones que señalan temerosos la pérdida de sus centenarios privilegios.

Por lo demás, en el porno no interesa la conciencia, se descalifica a los redimidos, se burlan de los arrepentidos[17] y hasta análisis brillantes como el de Andrés Barba y Javier Montes en La ceremonia del porno mantienen una prudencia práctica y cobarde: saben que entrar en valoraciones morales no vende, por lo que sus análisis semiológicos y semióticos obvian el hecho que está detrás del discurso: descifran los elementos estéticos y simbólicos de las ejecuciones olvidándose a propósito del destino de las víctimas.

Todo esto conforma un panorama de unanimidad positiva, en el que cualquier crítica es sospechosa, un excelente caldo de cultivo de lo que podríamos denominar reaccionarismo inverso.

NORMALIZACIÓN (‘PORNO CHIC’)

De Haro Tecglen[18] a Vicente Verdú, de Román Gubern a Salman Rushdie, de García Berlanga a Valentino Rossi[19], un nutridísimo elenco de escritores, analistas y famosos ha mostrado su admiración y sus respetos por el porno. La revista Interviú editó hace años una amplísima colección de películas porno acompañadas de unas separatas en las que, junto a algunos datos técnicos, incluían dudosos análisis que abundaban en los aspectos artísticos del asunto y en sus argumentos, y también columnas escritas por todo tipo de famosetes (de actores a cantantes) en los que éstos comentaban sus puntos de vista sobre el género (todos positivos cuando no exultantes), contribuyendo así de manera contundente y machacona a esa normalización del porno, reforzando la impresión de que el porno es divertido, sano (¡sano!), genial, y consagrando su introducción en la vida cotidiana. Algo también reforzado por la inmensa mayoría de los medios de comunicación (unos más que otros: la labor del Grupo Zeta y de Prisa, alentados por los beneficios económicos que la explotación de este material les ha proporcionado, ha sido infatigable), en los que la presencia de anuncios de prostitución tampoco deja de crecer. Así, la parrilla de Digital Plus se ha ido llenando de espacios dedicados al porno y sus taquillas han visto crecer los canales dedicados al porno (de los dos iniciales hasta los nueve actuales) en detrimento del cine de estreno, estrategia común a infinidad de canales locales y generalistas. Las películas de Digital Plus incluyen una sinopsis redactada siempre en términos “simpáticos”, con recursos tan pueriles como la rima fácil. Todo vale para relajar el asunto, para presentarlo como algo inofensivo, cachondo, y parece que la cosa funciona, que la gente se ríe con estas cosas. La Cadena SER celebró los 20 años del porno del Plus en un tono realmente festivo y lleno de risas. No sé por qué causa tanta risa el porno, me temo que serán risas nerviosas, al menos así acaban pareciéndolo. Aunque Digital Plus mantiene decisiones tan sonrojantes como no emitir porno durante la semana santa (sólo en taquilla). También El País Semanal ha analizado el asunto, lo ha llevado a su portada y no ha rozado siquiera la crítica, no ha planteado preguntas elementales, se ha esforzado en ofrecer al gran público una imagen saneada, normal y apetitosa del negocio … Sólo se denuncia la pederastia, aunque se permiten y se celebran las constantes referencias pedófilas en las películas de adultos, donde la referencia a niñas y adolescentes es apabullante, donde se explota la imagen y las actitudes infantiles, donde se aplauden las producciones de jóvenes que acaban de cumplir dieciocho años, donde se juega con la ambigüedad de las edades: el rollo teen, también conocido como barely legal (apenas legal), actrices o modelos pornos muy jóvenes, de apariencia casi infantil.

Incluso quienes se atreven a cuestionarlo, acaban cayendo en sus trampas. En su última novela, Snuff, Chuck Palahniuk pierde una buena oportunidad de sacudir los mitos del porno. El escritor ha optado por la sordidez y la escatología en lugar de llegar al fondo del asunto, y ha perdido fuerzas y tiempo en confeccionar un innecesario muestrario de títulos presuntamente simpáticos en los que se recurre por enésima vez a la parodia de películas de éxito[20]. Una de las protagonistas, la representante de una actriz porno, afirma: “Da igual que una mujer sea una concubina o una damisela a redimir, nunca es nada más que un objeto pasivo para satisfacer las necesidades de un hombre”. Lo que parece una crítica incluye la aceptación de que el hombre necesita hacer lo que hace con las mujeres. Necesita escupirles, azotarlas, humillarlas, insultarlas.

Por supuesto, los protagonistas del negocio también defienden su corralito. El productor de pornografía Larry Flynt afirma que la pornografía es vital para la libertad y que una sociedad libre y civilizada debe ser juzgada en función de su disposición a aceptar la pornografía. El ínclito Max Hardcore explica que comenzó a hacer porno porque en el porno que existía no veía lo que quería ver, y se divierte contando cómo las chicas que llegan a su casa no tiene ni idea de lo que les va a ocurrir. La sorpresa, la mentira, el chantaje, la amenaza, son sus armas. “El secreto está en pulverizar su voluntad, reducirla a pedacitos, y cuando ya sólo son pedacitos, machacarlos aún más”, afirma, entre risas. Podría pensarse que el caso de Max Hardcore representa lo peor de este negocio, de hecho hay compañeros de profesión que reniegan de sus prácticas porque les parecen muy extremas y porque dan una mala imagen del género, pero lo cierto es que sus hazañas beben del porno alemán y del japonés, y han creado escuela entre los nuevos productores estadounidenses y europeos. Sus modos y maneras son cada vez más habituales en las producciones más comerciales, viejas estrellas como Rocco o Vidal van cada vez más allá para no quedarse atrás (los salivazos, el gagging, los azotes, las hostias y los insultos son marca de la casa en ambos casos) y buena parte del porno emergentes se siente inspirado y legitimado por estos maestros.

Cuando Rocco es preguntado por la violencia de sus películas[21] se defiende así: “La violencia es, sencillamente, la forma en que yo vivo mi sexualidad, y son muchas las mujeres que lo comprenden”.

Algunas actrices reconocen haberse sentido maltratadas y asustadas por ellos, pero lo dicen con la boca pequeña para no poner en riesgo su posición, y en general se tiende a no darle demasiada importancia al asunto.

Tampoco los analistas escapan a este efecto normalizador. Gabriela Wiener es una escritora peruana que se ha hecho famosa por “haber venido a España para follar con Nacho Vidal y escribirlo”. El hecho no es exactamente así: si alguien se molesta en leer su Sexografías comprobara que tal afirmación dista mucho de la realidad: después de definir tranquilamente (irresponsablemente) a Vidal como “el violador que toda mujer quisiera encontrar en su camino cuando se ha empalagado de hacer el amor”, Wiener relata un encuentro en el que Vidal le pide que le enseñe su vello púbico y se masturba corriéndose sobre sus zapatos. Tal acto es calificado por Wiener, incomprensiblemente, como su venganza personal en nombre de todas las mujeres que han sido maltratadas por Vidal. El peligro de sus tesis desesperadamente provocadoras quedó en evidencia en una mesa redonda del primer Festival Eñe denominada “Pornófilos” cuando Wiener negó la conveniencia de psicoanalizar su afición por el porno: “Si lo hiciera me vería como una nazi, descubriría que soy una racista, y eso no me gusta”. Por último, un crítico tan poco sospechoso como Jordi Costa afirma: “Pensar que las películas clasificadas X están muy orientadas a satisfacer las necesidades de los hombres degradando un poco a la mujer es uno de los prejuicios que suelen rodear al porno con los que estoy menos de acuerdo. El porno hay que verlo como fantasía: no hay que creérselo a pies juntillas. Es una ficción que, por así decirlo, ocurre en un universo de pasiones excesivas en el que no rigen las mismas reglas morales que en nuestra vida. Por otro lado, hay muchas mujeres dirigiendo porno y lo que hacen no es, en muchas ocasiones, precisamente suave. El porno para mujeres más blando y paternalista suelen hacerlo hombres que creen que, detrás de cada mujer, hay una Heidi que prefiere una caricia a un pasional mordisco”. Y añade: “El porno gusta porque es la sublimación de nuestras fantasías más íntimas en forma de gran espectáculo”. Exacto: el espectáculo de la agresión a la mujer[22].

La inspiración es uno de los grandes efectos de esta normalización del porno. La televisión, el mundo pop, los videoclips, el cine, la publicidad[23]… están cada vez más influidos por la estética y la ética pornográfica.

EFECTOS Y CONSECUENCIAS (‘CUMSHOTS & BUKKAKES’)

Podemos encontrar teorías sobre los efectos de la pornografía totalmente contrapuestas. Sus defensores alaban sus “virtudes pedagógicas” o insisten en la imposibilidad de vincular conductas o hechos violentos a la contemplación de pornografía, y sus detractores recuerdan que una de las motivaciones fundamentales del consumo de pornografía es la de adquirir nuevas ideas y propuestas para después ponerlas en práctica. Algunos estudios demuestran que, como mínimo, la pornografía deja la impresión en los espectadores de que el sexo irresponsable no tiene consecuencias adversas. Otros detallan numerosos cambios en la conducta sexual después de exponerse a la pornografía, incluyendo la trivialización de la violación. Hay quienes definen la pornografía como una descalificación de la sexualidad que internaliza ideas destructivas en asociación con la misma. Es algo muy cercano a nuestra tesis del secuestro del sexo.

Con todo, lo peor del porno es que es impune. Quien quiera ganar una fortuna maltratando a mujeres puede hacerlo sin temor. Nadie le molestará, nadie le criticará, se hará rico y será aplaudido. Los seguidores de este género podrán declararlo orgullosamente. Se declararán misóginos sin problemas y serán felicitados y admirados.

No se trata de salvar el porno (por mi parte ¡que se joda el porno!) pero sí de plantear sus límites. No se trata tampoco de recurrir a la censura, por ineficaz y porque provocaría el clásico discurso falaz de ir contra la libertad de expresión. Se trata de controlar cómo se genera el producto, de luchar contra la exaltación del terrorismo de género. Hay una manera muy sencilla de hacerlo: adecuarse a los derechos humanos. Andrés Barba y Javier Montes recuerdan en su citado ensayo que Potter Stewart, juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos, sentó las bases de jurisprudencia en estos asuntos manifestando que “no sabía definir la pornografía pero sí era capaz de reconocerla”. Del mismo modo, aunque alguien no sepa definir estos límites, sí será capaz de reconocerlos. Y si tiene alguna duda, puede resolverla con un ejercicio muy simple: ponerse durante un momento en el lugar de esas mujeres. Verá cómo entonces entiende al instante que el porno es, simplemente la celebración de un crimen.


[1] A veces hasta se prescinde de esta coartada. En el subgénero de dominación, por ejemplo, no hay nada de sexo, más allá de que las chicas estén más o menos vestidas; sólo hay un hombre agrediendo a una mujer, pero tales agresiones son admitidas porque se supone que se hacen dentro de un marco sexual (aunque ni siquiera se sigan los parámetros pornográficos de lo sexual y no haya erecciones, ni penetraciones ni eyaculaciones, ni las mujeres finjan orgasmos, sólo griten de dolor).

[2] La dignidad de la mujer y, también, la del hombre. Una de las grandes preguntas que hay que hacerse ante el porno es por qué millones de hombres se excitan, se complacen y envidian el papel de violadores y agresores que les otorga el porno. También cabe preguntarse por la complicidad de la mujer en este negocio, pues sería absurdo caer en el mensaje maniqueo de que el porno divide a hombres y mujeres en criminales y víctimas: las que lo protagonizan voluntariamente, ¿es ésa la imagen que quieren transmitir de la mujer y de las relaciones sexuales?; las que no lo combaten ¿se sienten tal vez bien porque haya “otras que hagan esas cosas”?; y las que intentan cambiarlo desde dentro, ¿no acaban engrosando una industria y participando de sus clichés y sus mensajes?

[3] ¿Por qué nadie escribe en contra de la pornografía? En los últimos veinte años he leído miles de artículos y opiniones a favor y en contra de todos los asuntos imaginables, pero muy pocas voces autorizadas se alzan en contra del porno. Michael Houellebecq sí avisó de la tendencia del porno en un visionario artículo aparecido en Les Inrockuptibles que más tarde recuperó en El mundo como supermercado: “…No habla de la violencia del deseo, sino de una violencia realmente violenta (…) Para reafirmar su potencia viril, el hombre ya no se conforma con la simple penetración (…) Para llegar a sentir placer, ahora necesita golpear, humillar y envilecer a su compañera; sentirla completamente a su merced”.

[4]Andrea Dworkin, Catherine MacKinnon y, cómo no, Robin Morgan, autora del acertado axioma: “La pornografía es la teoría, la violación es la práctica”. Si la contundencia y generalización del argumento pueden hacerlo discutible, una leve corrección del mismo lo convierte en inapelable: “La pornografía es la teoría, la prostitución es la práctica” (Alberto Lema, en Una puta recorre Europa plantea que irse de putas es como pagar una violación).

[5] Existen otras pornografías, pero son anecdóticas, residuales. Hablamos aquí de la tendencia universal, la que triunfa en el mercado.

[6]Larry Flint declaraba en la portada: “Ya no trataremos más a las mujeres como piezas de carne”. La portada suscitó reacciones enfrentadas entre los que la consideraban una agresión brutal y los que la justificaban en el nombre del sentido del humor y de la libertad de expresión

[7] Indiscutible la afirmación de Rosa Regás: “el mayor colectivo esclavizado del mundo es el de las mujeres”.

[8] El director Stephen Walker, durante la grabación de un documental sobre el porno, acude con una actriz a la casa de Max Hardcore y comprueba las agresiones que éste inflinge a la chica hasta que decide intervenir, se enfrenta a las amenazas de Max Hardcore y salen literalmente huyendo. Lo cuenta en su columna del London Evening Standard: “… Felicity (la actriz) salió corriendo y gritando histéricamente. Max Hardcore la había forzado hasta la asfixia. Se negó a seguir el rodaje y él le exigió que pagase a todo el equipo (…) Yo estaba muy asustado. La casa estaba lejos, era muy tarde, los perros ladraban furiosamente y Hardcore estaba muy violento (…) Agarré a Felicity y salimos de la casa. Estuvo llorando todo el camino. Me dijo que estaba aterrorizada, convencida de que Hardcore iba a matarla (…) ¿Quién sabe que hubiese pasado si hubiese estado sola? Este caso es exactamente el mismo de las miles de chicas que ya han grabado con Max Hardcore y de las que grabarán con él”.

[9]Paco  Gisbert: “El de ahora yo lo llamo “sexo filmado”; es como si a un vídeo de una primera comunión o de una boda lo llamáramos una película, las productoras filman ahora a gente follando y ya se creen que es cine porno”. En cualquier caso, este fenómeno no es patrimonio exclusivo del porno, aunque sea en él donde se lleva a sus máximas consecuencias. En un magnífica columna en El País, titulada Mirones del horror,Manuel Rodríguez Rivero lo explica así: “Sólo mediante la cosificación absoluta de las víctimas —a las que no se considera seres humanos— es posible reducir su sufrimiento a puro espectáculo que merece ser compartido (…) Al final, la víctima (y su suplicio) pierde realidad: tiende a ficcionalizarse. Y en ello (cada vez más) estamos”.

[10]Manuel Valencia, experto en porno, declara que prefiere “menos glamour y más putas baratas”.

[11] Los argumentos que utiliza Julián Fernández de Quero en su reveladora serie Desmontando al hombre (sexpol.net), aunque dirigidos a la desvelar la naturaleza de la prostitución, son muy aplicables a la pornografía: “Durante miles de años los varones gozaron del privilegio de forzar y violar a las mujeres con el beneplácito de los Estados y Códigos Civiles (…) En las sociedades modernas, el uso de la fuerza física para obligar a las mujeres a mantener relaciones sexuales se ha convertido en delito (…) por lo que la vía sustitutoria más viable es convertir la fuerza física en la fuerza simbólica del dinero”. En este sentido, la pornografía actuaría como cauce o como sustitutivo por proyección. El motor de la construcción del arquetipo pornográfico estaría fundamentado en la venganza del hombre por la pérdida de tal privilegio. Así como “el varón prostituyente considera razonable que las mujeres son inferiores y diferentes a los hombres y que están ahí para obedecer sus deseos sin rechistar”, el actor pornográfico lleva a efecto tal consideración, y el varón pornográfico disfruta contemplándola.

[12] Así suelen referirse a Rocco Siffredi o a Roberto Malone, y así presentaba Miguel Bosé a su amigo Nacho Vidal…

[13] Cada vez que he comentado que estaba escribiendo un artículo sobre el porno, la gente me felicitaba, pero cuando les explicaba que escribía contra el porno se extrañaban y se ponían a la defensiva: “¿Cómo que contra el porno? Si el porno es lo mejor del mundo”. Cuando muestro algunos ejemplos del porno que hoy se consume, suelo obtener como respuesta que ése no es el porno que conocen mis interlocutores. Finalmente, cuando demuestro que ése es el porno que sale en Digital Plus y en todas las televisiones, el que primero te asalta si buscas páginas en internet, el que se anuncia en las revistas más vendidas, entonces (sólo entonces) muchos reconocen que, en realidad, ellos no ven pornografía. No la ven, pero la defienden.

[14] Este tono y esta intención es la que gobierna programas como Mundo X, de Sandra Uve, donde el porno se presenta como un mundo feliz lleno de gente estupenda en el que todos se quieren y todo es muy guay, y hay muchas risas.

[15] Enrique Lynch: “El revanchismo “de género” (o sea, el resentimiento femenino) es un mal que se extiende imparable por todas partes  (…) donde ese carácter resentido es más claro y elocuente es en las letras y en los videoclips de las canciones populares  (…) las mujeres actuales, que tan a menudo se identifican con una masculinidad imaginaria, no emulan la melancolía de los hombres sino que se calzan unas botas de caña alta, se atizan un atuendo de perdularia al estilo Madonna o un traje de leopardo y se retratan basureando sin piedad a potenciales amantes o pretendientes. Ni lloran ni piden perdón”.

[16] Vicente Verdú: “…nunca se llegó tan lejos, en aras de “la igualdad”, a rebajar el ser de los hombres. Hombres borrados del lenguaje a través de lo políticamente correcto, difamados en el sistema familiar, desacreditados en sus formas de amar, lacerados en las sentencias de divorcio, envilecidos en la violencia de género, descartados, en fin, como portadores de algún don significante que convenga al futuro. Pocas campañas contra un grupo social fueron tan duras y generalizadas”.

[17] En un ridículo seudodebate de La noria ignoraban sistemáticamente las declaraciones de un actor porno que reconocía que su trabajo le había traído problemas en sus relaciones en la vida real.

[18] “Soy partidario de ese bendito género (la pornografía)”. Y también: “La pornografía dura, la de algunas madrugadas de Canal +, es mucho más decente (que el erotismo) (…). Se ve lo que hay que ver y como hay que verlo”.

[19] Valentino Rossi, fan de Rocco Siffredi, llevaba en su mono lleva la inscripción “Viva Rocco siempre duro”.

[20] Sueño anal de una noche de verano, La zorra sobre el tejado de cinc, El nabo de Oz… Este recurso barato, este chiste fácil, es muy apreciado por muchos aficionados y hasta existen blogs y webs dedicados a recopilarlos.

[21] Entrevista en El Mundo.

[22] Hay quien va más allá: Camille Paglia suele argumentar que se ha exagerado la sensibilización sobre las violaciones.

[23] Ahora Emma Thompson y antes Keira Knightley, protagonizan campañas contra la prostitución y el maltrato actuando como prostituta y maltratada. En el caso de Knightley, su spot de maltrato fue buscado y contemplado con asiduidad por numerosos internautas excitados por la idea de ver a la bella siendo maltratada…


 

Fotografía de portada y primera del interior del texto de Kathryn.

Fuente: https://elestadomental.com