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El Stealthing no es una tendencia, es abuso sexual

La violación, los abusos y las agresiones sexuales aparecen asociados en la mente de la mayoría de la población a escenarios oscuros, solitarios, lúgubres, lejanos. Pero, ¿qué ocurre cuando empezamos a plantear que la violencia sexual está también en la pareja, en situaciones en que el amor está involucrado o en relaciones que hemos decidido tener libremente en un primer momento? En estas semanas se habla de Stealthing, y es un buen ejemplo de esta realidad.

El Stealthing es una agresión sexual que supone quitarse el preservativo en medio de la relación sin que la pareja sexual se de cuenta, y aunque anteriormente se haya pactado su uso. A principios de este año un hombre fue condenado por esta práctica como culpable de abuso sexual  por la Corte Criminal de Laussane, en Suiza.

El stealthing no es tendencia, puesto que probablemente existe desde que se inventaron los condones. Llamar tendencia a una práctica abusiva resulta superficial, puesto que invisibiliza las raíces socioculturales y machistas de esta práctica. Lo que sí es tendencia, desde hace siglos, es el no considerar el consentimiento como principal afrodisíaco en cualquier relación sexual.

Stealthing: Agresión Sexual

El stealthing se define como “Nonconsensual condom removal”, es decir, se refiere al hecho de que un hombre se quite el preservativo durante una relación sexual sin el consentimiento de la otra persona. De este modo, los hombres desoyen los deseos de las parejas sexuales, obviando su consentimiento, sin respetar el acuerdo previo de usar condón durante la relación.

No se trata de ser alarmistas. La cultura de la violación se entromete por muchas rendijas de nuestra vida. Y la fina, sutil línea que en muchos casos separa el sexo consentido del abuso sexual es difícil de dibujar. Todo aquello que ocurre en el plano sexual sin que lo explicitemos, deseemos y concordemos puede suponer un abuso. Y sus repercusiones van desde embarazos no deseados o contagio de infecciones de transmisión sexual a problemas psicológicos y emocionales relacionados.Preservativo INESEM

En España se estima que se produce una agresión sexual cada hora y media; sin embargo, no hay datos reales, puesto que la mayoría de agresiones no se denuncian, sobre todo si éstas no encajan en el estereotipo de violación por parte de un desconocido y con uso de la fuerza.

Consentimiento sexual

Existen en internet comunidades de hombres que se vanaglorian de realizar stealthing. Estas páginas son el ejemplo más atroz, pero la realidad es que probablemente la mayor parte de los hombres que se quitan el condón durante el sexo sin consentimiento de la persona con la que están manteniendo relaciones son simplemente hombres machistas que se sienten en el derecho de hacerlo porque opinan que así sentirán más, y que la pareja no tiene por qué saberlo.

Volvemos aquí a la infantilización de las mujeres por parte de estos hombres; y a la creencia de que su consentimiento no es claro, ni importante. Y aquí solamente existe un arma de combate: que todas las prácticas sexuales sean consensuadas.

El consentimiento sexual, como señala Planed Parenthood, “significa estar activamente de acuerdo con realizar actividades de índole sexual con una persona. El consentimiento le indica a la otra persona que deseamos tener relaciones sexuales”. Además, el consentimiento debe ser libre, entusiasta y reversible, lo que implica que aunque inicialmente se haya accedido a mantener una relación, se pueda cambiar de parecer en cualquier momento.

La educación afectivo-sexual y de género desde edades tempranas es el arma más poderosa para combatir el machismo que subyace prácticas abusivas como el stealthing. El objetivo sería el de enseñar a los agresores a no violar y a las mujeres a reconocer estos abusos y a expresar sus deseos sexuales y afectivos sin vergüenza ni culpa. En definitiva, se trata de promover una sexualidad basada en el diálogo y las prácticas consensuadas.

Fuente: https://revistadigital.inesem.es

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El doble armario de la bisexualidad

El Orgullo gay 2016 dedica el año temático a la visilidad de la bisexualidad y la lucha contra la bifobia

“Ser bisexual no es cambiar cada cinco minutos de opinión. Tampoco es sentir una atracción al 100% por alguien del mismo sexo por el mero hecho de serlo, es algo más amplio. Ser bisexual es la capacidad de sentir atracción romántica, afectiva o sexual hacia personas de ambos sexos”, sostiene Daniel Quijada. Este activista de la Fundación Triángulo lucha por la visibilidad de la bisexualidad, algo que, según afirma, no solo está oculto en la sociedad en general, también en el propio movimiento LGTB. “Soy rubio, de piel blanca. Si llevo una cruz, la gente sabrá mis creencias. Si voy agarrado de un chico pensarán que soy gay. Si voy agarrado de una chica, pensarán que soy hetero. La única manera de expresar mi bisexualidad es si yo lo digo”, explica.

Una salida del armario a dos velocidades

Quijada nació hace 28 años en Plasencia (Cáceres, 40.000 habitantes): “Cuando estaba en edad de descubrir mi sexualidad, siempre que salía con mis amigos estaban los típicos macarras que me decían maricón. Esta situación lo único que consigue es que te reprimas más. Intentas demostrar que no lo eres, pero no te sientes cómodo”, explica. Cuando fue mayor de edad, se fue a estudiar Economía a la Universidad de Salamanca. Aprovechó un ambiente más tolerante con la diversidad sexual para salir del armario, aunque se sintió rehén de un estereotipo: “Primero dices que eres gay, pero luego te sientes muy confuso porque sabes que no lo eres. En un entorno con parejas gais es la única manera en la que te puedes sentir aceptado”, añade. Especifica que en su grupo de amigos sintió más cariño por parte de los heterosexuales que de los homosexuales: “Bromeaban con ello, decían que qué es eso de la bisexualidad, que eso no existe”.

Este joven hace énfasis en que la bisexualidad es más difícil para los hombres: “La bisexualidad masculina es muy distinta de como se ve la femenina. Que una mujer tenga una relación con otra mujer no deja de responder al tópico del hombre que se va con las dos mujeres. No dejan de ser espacios en los que el machismo está muy anclado. El hombre bisexual se ve como un indefinido. Un bicioso con b“, lamenta. Señala que en el mundo de la cultura hay referentes bisexuales, como Lady Gaga o Megan Fox, pero critica que cuando los hombres con visibilidad hablan de bisexualidad, lo usan como una transición antes de aceptar que se es homosexual. Es el caso de Tom Daley, el saltador de trampolín británico que manifestó hace tres años ser bisexual, poco antes de rechazarlo y definirse como gay: “Para nosotros fue una decepción. Por supuesto que es importante que la homosexualidad tenga visibilidad en el mundo del deporte, pero sentimos que se utilizó nuestra orientación sexual como moneda de cambio”, lamenta.

La bifobia: “Los bisexuales son unos biciosos

Aunque los principios del colectivo LGTB están fundamentados sobre el feminismo, Quijada cree que no por ello no hay hombres homosexuales “muy machistas”: “Dentro del colectivo también hay parte de incomprensión e invisibilidad”, protesta. Los bisexuales sufren la misma discriminación que las personas homosexuales, pero todos los casos se engloban bajo el término “homofobia”.

 

Tuits bífobos de una espectadora de TVE.

Tuits bífobos de una espectadora de TVE. Twitter de @AnaCubilla_

No obstante, afirma que además existen situaciones específicas de bifobia: “En el trabajo, cuando tus compañeros de trabajo descubren que tienes novio y al cabo del tiempo, quizás, una novia. O cuando vas al urólogo o al ginecólogo y tienes que contar que tienes relaciones con ambos sexos, no existe un protocolo para nosotros”. Según este extremeño, la bifobia tiene por objetivo negar la existencia de la bisexualidad: “Es la incomprensión que hay hacia lo diferente, hacia una persona que es capaz de amar a una persona, independientemente de su sexo”, protesta.

Recogiendo el testigo del activismo

Daniel Quijada se siente “muy afortunado” de haber nacido en una época más tolerante con las personas LGTB. Esta tolerancia la atribuye a la lucha histórica que los transexuales, lesbianas y gais han abanderado desde 1969, por su “derecho a sentir” lo que realmente son: “Para mí ya hay mucho trabajo recorrido, hay muchas más facilidades”, explica, pero añade que quedan infinitas cosas por hacer. “Siento que me corresponde visibilizar mi orientación sexual para continuar el trabajo que estas personas empezaron a hacer”.

“La bifobia es la incomprensión hacia una persona que es capaz de amar a otra, independientemente de su sexo”

Cree que está en manos de los poderes públicos y los medios de comunicación erradicar la bifobia: “Que este año sea el año de la bisexualidad es un trampolín muy importante para hacer ver que nuestra orientación también existe”. Piensa que las claves para erradicarla están sobre todo en la educación, en que los jóvenes (“y sus profesores”, puntualiza) reciban formación afectivo-sexual que incluya la bisexualidad. Pero también que haya más inclusión en el ámbito laboral, protocolos específicos en lo sanitario o que en los códigos deportivos de no violencia se recoja la bifobia. También que las películas y series incluyan personajes bisexuales sin los estereotipos típicos del vicio y la indefinición: “Nunca alcanzaremos la igualdad real si la bisexualidad sigue así de marginada”, sentencia.

 

Fuente: elpais.com

Embarazo adolescente

  • Hay razones que pueden llevar a una chica de 16-17 años a no comunicar un aborto a sus padres

La obligación legal de las adolescentes de 16-17 años embarazadas de informar a sus padres sobre su decisión de abortar no significa un gesto de protección hacia ellas sino un planteamiento ideológico en el que parece ser que ser madre no implica también una decisión trascendente

El miércoles 21 de septiembre entró en vigor la reforma de la ley del aborto que modifica el régimen de consentimiento de las menores para la interrupción voluntaria del embarazo. A partir de este momento los padres deben autorizar la realización de un aborto en el caso de las chicas de 16-17 años. Una decisión polémica que responde a motivos ideológicos y que contradice las necesidades que tienen las adolescentes embarazadas.

Según la investigación realizada por ACAI, la Asociación de Clínicas Acreditadas para la Interrupción del Embarazo, en el 2014 solo un 3,6% de todos los abortos practicados lo fueron en jóvenes de 16-17 años y, de estos solo en el 12% de los casos las adolescentes lo realizaron sin consentimiento paterno. Sobre el total de los abortos practicados, eso supone el 0,44%. Con estos datos, resulta inquietante pensar por qué el Gobierno ha decidido cambiar la regulación sobre un aspecto con tan poco impacto en términos de cifras.

Por otro lado, las razones que alegan en este estudio las jóvenes para no comunicar a sus padres su decisión tienen que ver con el desamparo familiar, familias desestructuradas, progenitores en prisión, sufrir violencia en el seno de la familia o riesgo de sufrirla, etcétera. Son, sin duda, situaciones que justifican no comunicar la decisión de abortar y que apelan a la madurez y sensatez de unas adolescentes que tienen la certeza de que defender su propio criterio evitará, muy probablemente, consecuencias devastadoras. Desgraciadamente, no siempre esta posición es aceptada de buen grado cuando son las mujeres las que la defienden.

Otro elemento a tener en cuenta en esta cuestión son las situaciones de mayor vulnerabilidad para embarazos adolescentes. En este sentido, diferentes estudios -entre ellos el publicado por la Organización Salud y Familia, Impacto de una reforma legal restrictiva del aborto en España sobre la salud pública y los derechos básicos- constatan que esos embarazos se concentran en los grupos sociales más vulnerables y desfavorecidos. Cuanta mayor desventaja socioeconómica, menos usan las adolescentes protección anticonceptiva y menos motivación tienen para evitar quedarse embarazadas.

Educación sexual

También de aquí se desprende la ideología que subyace en esta medida. Apelar al papel represor de los padres presenta un modelo familiar autoritario que, por supuesto, no tiene en cuenta la libertad de decisión de la joven para elegir sobre su maternidad, y además nos sitúa frente a la paradoja de considerarla immadura para decidir abortar pero totalmente capaz para decidir llevar a cabo una maternidad a una edad adolescente.

¿No deberían los padres y las madres facilitar la educación sexual de sus hijos e hijas y, ante un eventual embarazo, participar de la reflexión madura (me refiero en este caso a la madurez de los padres) sobre las consecuencias de ambas opciones? ¿No deberíamos priorizar el papel educativo de los progenitores? ¿Se ha desmostrado alguna vez que la represión ha reducido alguna problemática social? ¿Es la maternidad adolescente un camino de oportunidades vitales para una mujer a esa edad? ¿Las mujeres jóvenes que viven situaciones de vulnerabilidad social tienen derecho a decidir sus propias trayectorias vitales y desde la acción social podemos acompañarlas en la superación de los obstáculos? Son preguntas que hacen más compleja la cuestión pero que remiten a la realidad de la sociedad en la que vivimos y las necesidades que van emergiendo.

La vulneración de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres jóvenes daña profundamente la igualdad de oportunidades real y efectiva entre mujeres y hombres. Pero también daña algo tanto o más estructural: la igualdad de oportunidades independientemente del origen socioeconómico de las personas y las situaciones de vulnerabilidad social que hayan vivido.

Gemma Altell

Psicóloga social, profesora de la Universitat de Barcelona y analista de Agenda Pública

Fuente: elperiodico.com