Más allá de la Burundanga, una mirada feminista

Mucho se habla del que distribuye caramelo con droga en la puerta del colegio, mucho se habla del que te pone una pastilla en la bebida para que no puedas reaccionar y así poder agredirte sexualmente y, últimamente, mucho se habla del que te sopla en la cara y te anula la voluntad con burundanga para violarte sin que te enteres después de una fiesta. Sin embargo, a pesar de estas creencias tan extendidas, una de las conclusiones del 3r informe del Observatorio Noctá[email protected] es que este modus operandi para ejercer violencia sexual en contextos de ocio nocturno no es tan frecuente, al menos comparado con otros muchos canales de ejercicio de violencia sexual contra las mujeres. ¿Por qué, entonces, los medios sobredimensionan este fenómeno?

Aplicar una perspectiva de género resulta fundamental para evitar caer en el grave error de minimizar estas agresiones o considerarlas “invenciones de las mujeres”. Las agresiones sexuales ocurren todos los días, en todas las fiestas, calles y casas; se dan de múltiples maneras y son una expresión contundente de las desigualdades de género. Y son muy graves. Tan graves que para las mujeres constituyen uno de los principales riesgos cuando salen de fiesta.

Agresores desConocidos

Por un lado, parece que la violencia basada en la sumisión química concuerda más con la imagen de agresor malvado, excesivo, cruel, demente. En el imaginario colectivo sigue persistiendo la idea de que las agresiones sexuales se dan en un callejón oscuro y solitario, por parte de un desconocido que acecha de forma premeditada a la víctima. Los relatos mediáticos contribuyen, así, a la construcción de este prototipo de “hombre malo” que actúa en la sombra pero que, sin embargo, está bastante alejado de la realidad.

¿Cuántas veces nos han alertado a las mujeres de que no hablemos con desconocidos o no vayamos solas de noche? ¿Cuántas que vigilemos nuestras bebidas por si acaso le pusieran algo dentro? Lo que no nos han dicho es que estas violencias se ejercen, en la mayoría de los casos, por parte de conocidos, personas con las que previamente se ha interactuado en una fiesta, chicos con los que se han mantenido relaciones sexuales consentidas previamente o incluso por parte de la pareja, como nos muestra este cortometraje.

Tampoco se nos ha dicho que la droga más presente en las situaciones de agresión sexual es el alcohol, habitualmente consumido voluntariamente por ambas partes. La ingesta de alcohol por parte de las chicas, y la consecuente dificultad o imposibilidad de reacción o expresión de consentimiento, es aprovechada por algunos chicos (chicos “normales”, “majos”, “colegas”) para tener relaciones sexuales ante las cuales no se ha podido expresar negativa o aceptación. Y a eso se le llama violación.

Además, hay que tener en cuenta que la mayoría de las violencias sexuales que se dan en los contextos de ocio nocturno, a pesar de no responder a la imagen de las violencias más explícitas o visibles (como sería la violación con sumisión química premeditada), tienen que ver con dinámicas de relación generizadas que constituyen la base de estas violencias: el acoso, la insistencia frente a una negativa, los tocamientos no deseados a chicas o la invasión de su espacio. Éstas son formas de violencia sexual normalizadas, ampliamente toleradas, pero igualmente importantes.

Víctimas de primera y víctimas de segunda

Otra razón que explicaría que toda la atención mediática se deposite en las violencias sexuales contra mujeres que han sido drogadas tiene que ver con la consideración diferencial (desigual) de la gravedad de estas violencias. Se tiende a considerar que la violencia más grave es la que se ejerce contra las mujeres que no han podido defenderse de ninguna manera al haber sido intoxicadas contra su voluntad. Sin restarle un ápice de gravedad a estas violencias, hay que tener claro que, como se explica en el Informe Noctá[email protected], “el foco sobre la sumisión química nos revela que de algún modo en el imaginario social las mujeres que son intoxicadas son más víctimas que las demás porque no han podido negarse o defenderse y por eso merecen nuestra indignación y alarma. Estas ideas inciden una vez más en diferenciar entre buenas y malas mujeres y apuntalan la responsabilización de las mujeres en buena parte de las agresiones sexuales”.

Es imprescindible que al testimonio de la víctima, haya sido o no drogada contra su voluntad, o haya consumido alcohol u otras drogas voluntaria o involuntariamente, se le otorgue credibilidad y que la persona agredida reciba cuidados. Sobre todo, es importante no cuestionar y/o responsabilizar a las mujeres de las violencias que sufren.

Sensibilización y empoderamiento

Por último, tendríamos que preguntarnos si el alarmismo es efectivo para la sensibilización social frente a este fenómeno. Los medios tienen el gran potencial de visibilizar realidades, también de generar el caldo de cultivo para que las reforcemos o las transformemos. Por ello, frente al miedo que generan ciertos relatos mediáticos basados en contar detalles escabrosos de los hechos o que sobredimensionan y espectacularizan el fenómeno de la sumisión química, apostamos por narraciones que pongan en evidencia cómo se manifiestan las desigualdades de género, que sensibilicen, que vayan a la raíz de los problemas y que fomenten la capacidad de respuesta colectiva y la autodefensa de las mujeres frente a estas violencias.

 

Ana Burgos García Licenciada en Antropología Social y Cultural y Periodismo. Diplomada en Relaciones de Género y Magíster en Género y Desarrollo. Coordinadora del Proyecto Malva sobre género i drogas y del Observatorio Noctá[email protected] sobre la relación entre el consumo de drogas y los abusos sexuales en contexto de ocio nocturno a la Fundación Salud y Comunidad. Impulsa, junto a otras integrantes de la FSC y de la Fundación Atenea, la Red Estatal de Género y Drogas.

Artículo oroginal publicado en: www.lasdrogas.info
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