Digo más veces “no es no” a la gente que bebe alcohol que a los machirulos

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Publicado el 28 de noviembre 2018 en Pikara online Magazine

El alcohol está en el centro de todo, y quienes tomamos la decisión de no consumirlo pasamos a estar en los márgenes y a ser vistes como aguafiestas -nunca mejor dicho-, aburrides.

Ilustración: Señora Milton

Decir que soy abstemia es salir de otro armario. Hasta las preguntas del régimen alcohólico se parecen a las del heterosexual. Podemos sustituir la palabra ‘lesbiana’ por ‘abstemia’ o ‘alcohol’ por ‘tío’ y funciona igual:

—¿Desde cuándo eres lesbiana abstemia? (desde a.C.).
—¿Cuándo saliste del armario de alcohólicos anónimos?
—¿Nunca has probado con un tío el alcohol, pero ni con esta mezcla?. ¿Cómo sabes que no te gusta si no lo has probado? (léase con voz de machi o de alcoholover). Pues no sabes lo que te pierdes (querrás decir, todo lo que me ahorro).
—¿Hacéis las tijeras brindas con agua? ¿Y ya pierdes la virginidad te diviertes? ¿Si no follas con pollas, qué haces bebes alcohol, qué bebes? Eso no es follar beber.
—¿Eres lesbiana abstemia porque has tenido problemas con tu padre o los hombres el alcohol?
—Lo de lesbiana abstemia es una etapa, ya se te va a pasar, cuando seas más adulta te empezará a gustar los tíos el vino, verás como sí.
—Voy a lograr que te gusten los tíos bebas, ya verás (lo que vas a lograr es que te eche el vaso encima).
—Pues yo tengo una amiga lesbiana abstemia como tú, y respeto su decisión, ya te la presentaré (gracias persona hetero-génea por homo-geneizarme).
—¿Y ya encuentras lugares gayfriendlys libres de alcohol?
—Yo una vez me lié con un tía dejé de beber por un tiempo, por probar, pero no soy lesbiana abstemia, me encanta follar con tíos beber (tranqui, no te voy a llamar abstemiaflexible).
—Yo no he llegado al acoso coma etílico qué te piensas, no todos los hombres bebedores somos iguales (si lo pensara sería absteminazi, ¿no?).
—Me gustaría verte con un vestido borracha, a ver cómo te sienta (no he estudiado dramaturgia, lo siento).

Y hasta son intercambiables con las preguntas del imperio cis, encaminadas a averiguar sobre la trans-ición de alcohólica a abstemia, para señalar que antes bebíamos, vamos que antes éramos normales, y alimentar así su morbo por el deadname (nombre muerto) las borracheras del pasado. Sólo que en vez de preguntar qué tenemos entre las piernas nos preguntan qué tenemos entre las manos, cuando el color de la bebida es sospechosamente parecido a una bebida alcohólica.

Venga va, voy a daros unas cucharaditas de morbo. Yo no soy una abstemia de pedigrí, no tengo el pin de purista. Mi primera borrachera fue a los 14 años cuando murió mi madre, para meter el dolor en hielo y anestesiarlo. Preferí ahogarme en alcohol a que la vida me ahogara, preferí nadar en mares de alcohol a inundarme hasta el cuello de llanto como Alicia. Y el duelo se fue a la deriva. Y vino flotando la aceptación social del grupo de pares. Yo bebía aunque tuviera que echarle chorretones de licor de mora o cualquier mierda dulce para tapar el sabor a Nenuco. Las quedadas sólo eran para salir y cambiar el riego sanguíneo por alcohol, moneda de cambio para ser aceptada porque seguía la corriente de los peces que “beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río por ver a Dios nacer”. Cuatro años después dejé de rezarle a este Dios, tras una resaca emocional por una amnesia etílica que me reseteó de la memoria casi todo el concierto de Canteca de Macao que llevaba años queriendo ver; menudo trauma musicómano. Desde entonces, dejé de violar a mi paladar con bebidas espirituosas que me hacían poner caras del Fary chupando un limón, para más adelante politizar mi decisión sin flagelarme. Y es que este Dios es omnipresente y cuelga sambenitos a quien no bebe su sangre vino: las reuniones familiares, conciertos, aniversarios, celebraciones, cumpleaños y toda metamorfosis festiva gira en torno al alcohol, el vinito mientras se cocina, el vermut, el pintxopote, las birras de después de clase, las de después del trabajo, las de la cena de empresa, las de al llegar a casa, las del premio “cuando termine me abro una birra / me la pego gorda”, las de “bebe que ya eres un hombre”, las de si gana tu equipo y las de si pierde también, total, ya lo dice el cántico popular: “Alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos, y el resultado nos da igual”.

Pero no sólo el resultado os da igual, nosotres les abstemies también. Os olvidáis de la existencia abstemia, y no por una borrachera etílica, sino porque no estamos en el imaginario del homo alcoholicus. Cuando vais al colmado a por unas litronas, ¿quién se acuerda de preguntar si queremos algo?, ¿cuántas veces os habéis olvidado de traernos el zumo o la lata de guaraná que hemos pedido?, ¿o de comprar otras cosas que no fueran alcohol para la fiesta en casa? Las opciones sin alcohol son, casi siempre, o refrescos capitalistas mata diabéticxs (Coca Cola, Fanta y su primo hermano el Kas) o el recurso de la naturaleza que debería ser gratis, el agua. Y esto en caso de que haya oferta no alcohólica. Así que imagina, cuando hay limonada o zumos es un subidón, aunque estén a precio de sangre de unicornio. Eso sí, elegir estas opciones nos deja sin derecho a la tapa gratis: “Sólo con el vermut”, “sólo con la caña / vino, no puedo hacer nada, ya lo siento”; o, lo que es lo mismo, “las normas son las normas”. Y en este caso, la norma es beber alcohol: lo primero que se nos suele ofrecer al preguntar qué hay sin alcohol es la cerveza sin alcohol. Los bonos de consumición son por defecto, de bebidas alcohólicas. Al decir “hoy voy a beber menos”, por elipsis, se omite la palabra alcohol dándolo por hecho, cuando bien podrían ser cafés o bebidas azucaradas, por ejemplo. Y es habitual escuchar los dichos de que la gente que no bebe no es de fiar (cuidado que también tenemos caramelos envenenados) o que brindar con agua da mala suerte (perdone usted, por no seguir su dogma).

El alcohol está en el centro de todo, y quienes tomamos la decisión de no consumirlo pasamos a estar en los márgenes y a ser vistes como aguafiestas -nunca mejor dicho-, aburrides. Y es así como la sociedad aparte de falocéntrica y carnecéntrica también es alcoholocéntrica (todo asociado con lo masculino, vaya qué casualidad). Os imagináis que a alguien a quien no le gustan los guisantes, le mirasen con cara de “eres más rare que Pérez Reverte deconstruyéndose” y le dijeran:

—¿Y por qué no te gustan?, si todo el mundo los come.
—Pídete unos guisantes, no seas cortarrollos.
—Úntate los labios con un guisante a ver si te gustan.
—Hazlo por mí, que es mi cumpleaños (no sé tú pero esto en mi pueblo se llama chantaje).
—Venga va, pruébalos, sólo uno. Mira, toma éste que es pequeño.

¿En serio le insistiríais a alguien que no le gustan los guisantes que los coma, una y otra vez, cuando ya te ha dicho que no le gustan? Y a quienes no fumamos tabaco, ¿a que a nadie se le ocurre ofrecernos hasta la saciedad cigarrillos?, al contrario, nos aplauden la decisión por sana. Y así es como paso a decir más veces “no es no” a la gente que bebe alcohol que a los machirulos. Todo el mundo no sólo te ofrece sino que te presiona a beber, para luego cuestionarte y no plantearse siquiera la posibilidad de la libre elección:

—¿Te estás medicando? (sí, con pesadizil, para que dejes de comerme la oreja y pueda bailar tranquila).
—Pero si los médicos recomiendan una copa de vino al día (¿dices les que están sobornades por la mafia farmaceútica?).
—¿Estás embarazada? (sí, por una paloma blanca llenita de proyectos vitales).
—Estás con la regla, ¿no? (sí, para medir lo pesade que eres).
—No me jodas que ahora eres musulmana o de alguna religión de esas que prohíben (a ver si nos revisamos la islamofobia, y miramos todo lo prohibicionista que ha sido y es el cristianismo).
—¿Eres la sacrificada del grupo que va a conducir no? (sí, a conducir la conversación para otro lado, cansine).
—Eres una striki (ni, pirqui consimi itris driguis). No tomas alcohol, pero sí café que es otra droga, ¿cómo es eso? (las disertaciones dejé de hacerlas en bachiller, gracias).
—El no beber está de moda, ahora se creen superiores y van de guays, tú no ¿eh?, me refiero al resto (¿yo no? Oh gracias por el halago, tranqui, no me ofende tu pelotudez).
—Joe chica, qué sosa, a ver si nos soltamos un poco que la vida está para vivirla (sí, de resaca en resaca).
—A mí las primeras veces tampoco me gustaba, pero luego le pillas el gusto, ya verás (hacer algo que no te gusta hasta que te guste, qué orgulloso estaría Chomsky de la manipulación de masas contigo, oye).
—¿Cómo haces para ligar?, ¿y para bailar?, ¿y para vivir? (de lxs patrocinadorxs de: sexo, drogas y rock and roll). ¿Y cómo aguantas? (chutándome música en vena, mierda de la buena).
—Lo que nos tienes que aguantar estando sobria, ¿no? (hostias, una frase con coherencia, no me hagas ilusiones).
—Pero esto es desigual, tú no estás borracha y yo sí, me siento observada si hago el mongui.

¿Sabes qué es lo desigual? Que me invisibilices, que me cuestiones, que me pidas explicaciones, que me presiones cuando te digo que no y que no me dejes en paz. Y yo no le encuentro las siete diferencias con la violencia machista que no respeta el “no es no” para violentarnos. Y muches quizá estén pensando que los espacios feministas y no mixtos están salvos de esto, que no se reproduce. Pero dejadme deciros que no se salva ni Dios Butler, sólo que se formula de otra manera: “¿Pero no bebes por una decisión política?”. Porque si respondo que sí me quitan menos puntos del carnet feminista. Escuece reconocer que beber da poder y rango en los espacios feministas, además de hipersexualizarlos. Y me consuela saber, que hay consenso y que no fui la única que lo pensó en el taller de Relacions de poder als espais festius feministes (Relaciones de poder en los espacios festivos feministas), de la Escola Bollera de Barcelona, donde nos cuestionamos qué cosas otorgan rango y poder en las fiestas feministas. Y también pica reconocer las contradicciones cuando hacemos kafetas para autogestionarnos y decís: “Hacemos barra porque el alcohol da pasta, es lo que hay”. No, no es lo que hay. Hemos hecho bingos musicales feministas, rifas, maratones de trivial feminista, comidas, serigrafías… sabemos que hay otras formas de sacar pasta que no sea del alcohol para darle la paga a papá Estado y favorecer el letargo social. Así como también sabemos que cuando lleváis birras a las asambleas, pasan a convertirse en una reunión de amigues donde a cada cual grita más alto y nos descentramos, pero nuestra voz no es escuchada y… ¿esto de los feminismos no iba de escuchar las voces silenciadas?

Y es que voces en el mundo abstemio las hay de todas las texturas, olores, sabores, colores y frecuencias. La mía, es ésta. Más allá de que no me guste su sabor y sus efectos en mí, y de que se trate de una droga que no me aporta nada en el plano espiritual, ningún crecimiento personal, nada que pueda extrapolar a mi cotidianidad, me niego a sucumbir a esta cultura del alcohol donde se romantiza, se exotiza y se glorifica. Donde las personas abstemias estamos invisibilizadas, infravaloradas y no tenemos asiento en el imaginario colectivo, mucho menos referentes y representación. Donde la diversión es directamente proporcional a la ingesta de alcohol. Donde las resacas son trofeos. Y los “no me acuerdo de nada pero lo bien que me lo pasé, jeje” están a la orden del día. ¿Cómo puede ser divertido algo de lo que ni siquiera te acuerdas? Yo personalmente no lo necesito como vaselina social. No lo necesito para romper la barrera neoliberal e individualista que nos hace tener miedo a socializar (y ligar, eso que tanto os preocupa). No lo necesito para bajar las barreras de la represión emocional y afectiva. No lo necesito para darte un abrazo o decirte cosas bonitas porque sí, porque me nace. No lo necesito para evadirme. No lo necesito para cerrar los ojos ante mis sombras. No lo necesito para dejar de escuchar los miedos y las tristezas desquebrajándose. No lo necesito para sacar de la pista a la vergüenza y bailar hasta romper los calcetines. No siento vacío cuando no tengo un vaso en la mano. Al contrario, prefiero tener las manos libres para bailar más y mejor. No lo necesito para divertirme, la diversión está en mí, en mis amigues, en el contexto y en la música, sobre todo en la bendita música. Me mimetizo con la estupidez alcohólica del entorno que no veas, hacer el idiota me viene de fábrica. A veces hasta me confundís con une de vuestra especie. Y creedme, frente al mito de que no aguanto, la de veces que he vuelto a casa cogiendo al sol por el hombro y culminando con unos churros con chocolate (mi pequeño fundamentalismo de las gaupasas). Y ya para terminar os voy a confesar un secreto: he vivido la cultura del mate en Argentina y sé que el ritual de socializar y compartir, se puede hacer sin un pretexto alcohólico.

Un minuto de silencio por las feministas y consumidorxs de alcohol que están pensando: qué seca. Pero ni soy una seca ni voy a imponerte la Ley Seca. Sólo pido abstemioridad (dícese de la sororidad hacia las personas abstemias). Que me digas de quedar para tomar algo, y no unas birras dando por hecho que bebo. Que dejes de burlarte de mi colacao y de infantilizarme por ello. Que no llames vino sin alcohol a mi mosto. Que la sangre de Cristo sea zumo de tomate. Que dejes de darme la lata (en el sentido literal y figurativo), porque si une abstemie dice no, es no.

Fuente original: Pikara online Magazine

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