Cannabis: ¿alternativa o negocio?

Más allá del clásico porro, sabemos que el cannabis, lo que conocemos como marihuana, tiene propiedades terapéuticas con menos efectos adversos que muchos medicamentos. Pero, ¿para qué sirve realmente? ¿Cómo puede utilizarse? ¿Es realmente una alternativa para todas?

Ilustración de Señora Milton.

Verónica tiene ansiedad e insomnio. Tras un largo periodo de tiempo de tratamientos farmacológicos ineficaces o perjudiciales para su situación, decidió paliar los síntomas de sus dolencias haciendo uso del cannabis. Verónica, así como otras personas que padecen patologías como la fibromialgia, la endometriosis o la enfermedad de Chron, que acarrean grandes dolores físicos crónicos, llevaba tiempo anhelando encontrar una alternativa a los medicamentos convencionales. Los efectos adversos de estos le generaban casi más malestares que los que tenía. Algunos como la morfina, utilizados para suavizar dolores insoportables, son adictivos y dañan otros órganos como el estómago.

Verónica consume la planta Cannabis Sativa L directamente, la fuma. Otras muchas personas consumen un solo tipo de cannabinoide, como el CBD, a través de productos como aceites o pomadas a los que se les ha añadido ese componente y que se venden ya hasta por Amazon.
Empecemos por el principio. ¿De qué planta estamos hablando? ¿De qué propiedades y usos? Cannabis Sativa L es el nombre oficial de la planta del cannabis. Lo que se conoce comúnmente como marihuana. También se la nombra como ‘cáñamo’. De esta planta salen decenas de derivados diferentes (CBD, CBG, THC, CBC, CBL…). El especialista en cannabis del laboratorio AnandaLab Analytics Lab, Patricio Rodríguez de Soria, explica qué es, bajo su punto de vista, lo que tienen la planta y el cuerpo humano que, cuando se juntan, se complementan positivamente: “La planta tiene unas sustancias que se llaman fitocannabinoides. De las 350.000 variedades de plantas que hay en el planeta, que funcionan aproximadamente con unos 2.000 tipos de sustancias diferentes cada una, solamente la planta Cannabis Sativa L tiene unas sustancias para las que resulta que el cuerpo humano tiene unos receptores específicos”. ¿Por qué ocurre esto? No es que “estemos diseñados para disfrutar de los placeres del embeleso que producen esos fitocannabinoides, sino que existen dentro de nuestro organismo unos neurotransmisores que, casualmente, tienen la misma estructura química”, cuenta el experto. Estas sustancias que tenemos en el cuerpo se llaman endocannabinoides y, junto con los receptores, forman el sistema endocannabinoide. Lo que hace la planta cuando la consumimos, según cuenta Rodríguez, es “suplantar ese sistema que naturalmente tenemos”.

Nuestro sistema nervioso funciona con dos tipos de órdenes: de activación y de inhibición. Lo ejemplifica el especialista: “Cuando nuestro cerebro dice ‘dobla el brazo’, hay una orden de doblar el brazo (activación) y otra de ‘ya está el brazo doblado, no sigas haciendo fuerza’ (inhibición)”. Los endocannabinoides son los principales neurotransmisores inhibidores de nuestro cuerpo. El cannabis lo que hace es “exactamente lo mismo que hace nuestro sistema endocannabinoide y afecta únicamente a las células que tienen receptores específicos para estos productos. No como el resto de las sustancias estupefacientes que afectan y disturban todos los procesos metabólicos allá donde vaya”, remarca.

Según la Fundación CANNA, dedicada a la investigación sobre el cannabis, en los últimos años ha crecido el interés por la investigación de este compuesto “debido al descubrimiento de propiedades antiinflamatorias, antioxidantes, ansiolíticas y efectos neuroprotectores”, lo que lo hace “muy atractivo para el tratamiento de condiciones producidas por inflamación y estrés oxidativo”. Se utiliza para la epilepsia, para enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, el Parkinson o la esclerosis múltiple, para la ansiedad, el autismo, para enfermedades inflamatorias crónicas como la enfermedad de Chron, para el acompañamiento de la quimioterapia. Así lo refleja el equipo de investigación de la Fundación CANNA. Aun así, Rodríguez de Soria advierte que, aunque tiene “ciertos efectos terapéuticos, no es ningún milagro”, porque hay que tener en cuenta que “cada ser humano tiene una disposición y una concentración específica de estos receptores, es decir, a cada persona el consumo de fitocannabinoides le sienta de manera diferente”, y que no se puede perder de vista que “esto es una ayuda para paliar ciertos síntomas, no más”. No cura.

Y, ¿sirve de la misma manera tanto si se utilizan cannabinoides concretos como si se consume la planta entera? Según explica Patricio Rodríguez, “el doctor Manuel Guzmán Pastor, de la Universidad Complutense de Madrid, seguramente el científico español más experto sobre el tema, estableció hace tiempo que el efecto más terapéutico se da con el total de los cannabinoides, lo que él denominó el full spectrum. La combinación y modulación de todos ellos es lo que produce el mayor efecto terapéutico”. Lo que sucede es que ese full spectrum contiene THC, uno de esos decenas de derivados de la planta Cannabis Sativa L que, por ser “el responsable quizá de los efectos más psicodélicos”, es decir, el cannabinoide que hace que el consumo de la planta tenga efectos psicoactivos -que coloque-, “es una sustancia prohibida por la Convención de Ginebra, por las leyes españolas y por las políticas de drogas”, dice. “Si el THC fuera legal, entiendo que no habría discusión y que sería aceite con todos los cannabinoides lo que se propondría como terapia”, añade Rodríguez. Vale, y, ¿cómo se pasa de la planta a ese aceite o esa pomada? Los componentes se extraen de la planta y se convierten en compuestos químicos a través de un proceso de sintetización, “o lo que se denomina técnicamente, un principio activo para la industria farmacéutica (API)”, explican desde la Fundación CANNA. A partir de ahí, se puede utilizar como elemento en diferentes composiciones.

El negocio del CBD

Algunas empresas han visto en esta necesidad de encontrar alternativas más naturales para aliviar las dolencias cotidianas y los síntomas de algunas enfermedades, desatendidas institucionalmente y que son un nicho de mercado, por lo que cada vez más personas se suman al carro de la comercialización de productos cannábicos. Sobre todo de productos con CBD. Empresas como The Beemine Lab, Yuyocalm o Sativida, por ejemplo, diseñan, crean y venden aceites ingeribles, tópicos y cremas con CBD, aunque en la lesgislación española encuentran algunas trabas. Christina Schwertschlag, encargada de la investigación y el diseño de productos de The Beemine Lab, comenta que no pueden poner explícitamente, ni sugerir, en sus etiquetas que el producto puede ser ingerido. Tienen que venderlo como cosmético. Patricio Rodríguez comenta que la falta de regulación provoca que se estén vendiendo en internet multitud de productos sin apenas garantías: “Nadie te garantiza que ese aceite sea, efectivamente, del 5, del 10 o del 20 por ciento de CBD. Hay que cruzar los dedos y pensar que, en el peor de los casos, el producto es inocuo”. Hasta que no se regule, explica, la fiabilidad de los productos es dudosa.

El CBD se está comercializando en la Unión Europea (UE) desde hace tiempo, se puede encontrar hasta en Amazon. Solo cuando algún organismo encargado del consumo de algún país de la UE descubre un peligro para la salud (por ejemplo, “el 18 de abril de 2019 España realizó una notificación de productos como galletas y chocolates procedentes de los Países Bajos por contener derivados de cannabis no autorizados, a raíz de una inspección de la Policía Local y de la Unidad de Estupefacientes de la Comisaría de la Policía Nacional”, según recuerda la Fundación CANNA), procede a retirar el producto, abre una investigación sobre el mismo e implica al resto de países miembros para que hagan lo propio en sus territorios. Se que trata de una “depuración selectiva a partir de un sistema basado en la denuncia o delación”, cuenta la Fundación CANNA. Miguel Torres es abogado y profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Barcelona. Explica que mucha gente tiene una idea equivocada sobre la legalidad del cáñamo del que se extrae el CBD: “Se partía de la base de que el cáñamo con menos de 0,2 por ciento de THC es siempre legal. No es correcto. El cáñamo con menos de 0,2 por ciento de THC solo se puede cultivar sin permiso si se destina a usos industriales, que solo son la producción de fibra y de semillas. Las flores del cáñamo, aunque tengan menos de 0,2 por ciento de THC, se consideran siempre estupefacientes” y tanto el cultivo como la extracción en España están sujetas a la autorización de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS).

Actualmente, según la Fundación CANNA, la AEMPS ha concedido autorización a cinco empresas en España para el cultivo de cannabis con fines de investigación, y una sola autorización para la producción de derivados de extracciones de cannabis. “Como el cannabis medicinal no está regulado -exponen-, el cultivo de cannabis o la producción de derivados para su comercialización solo se permite en caso de exportación a una empresa debidamente autorizada en su país de origen”. La Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) publicaba en marzo de 2019 una nota informativa que especificaba que “la empresa que desee comercializar estas partes de la planta Cannabis sativa L (flores, hojas y tallos), extractos y cannabinoides, en el ámbito alimentario, deberá presentar una solicitud a la Comisión Europea conforme a lo establecido en el reglamento sobre los nuevos alimentos”. En cualquier caso, solo las vitaminas y minerales pueden reconocerse como complementos alimenticios, no las plantas, de forma que no resulta legalmente posible registrar en España un complemento alimenticio hecho a base de cáñamo. Pero existe un resquicio de posibilidad, un vacío legal, que es a la que se acogen empresas que comercializan productos con CBD en España: “En caso de que el producto esté elaborado y haya sido puesto legalmente en el mercado de un país de la Unión Europea, en virtud del principio de reconocimiento mutuo, las autoridades españolas no pueden oponerse a la comercialización de un suplemento alimenticio elaborado con cáñamo en la UE”, explican desde la Fundación CANNA. En The Beemine Lab, a partir de ahí, lo que hacen es comprar el CBD ya extraído y sintetizado en Suiza, elaborar sus productos con una empresa cosmética y venderlo aquí, en el Estado español.

Christina Schwertschlag, que es natural de Boston (Estados Unidos), siempre tiene el ojo puesto en cómo su país de origen está, desde hace unos años, abriendo la puerta a la permisividad sobre los cannabinoides. Recuerda que “es curioso porque fueron los primeros en prohibirlo. Hace unos 120 años tú comprabas una tónica de Cannabis Sativa L en tu farmacia”. “El cannabis siempre se ha usado -dice-, pero llegó alguien y dijo que no, que las drogas son malas y que a partir de entonces la hierba iba a ser igual que la heroína”. Y el estigma ha inundado todo lo que rodea al cannabis. Pero la planta es muy rica. Schwertschlag echa de menos, también como consumidora, más estudio clínico y más información, para que se pueda “ser un consumidor consciente de lo que toma, responsable y con capacidad de elección”. “Espero que se legalicen de forma medicinal todos los cannabinoides, no solo el CBD, y que las personas puedan tener la libertad de decidir si para el dolor que le provoca el tratamiento del cáncer prefiere fumarse un peta y que no le criminalicen por ello”, sentencia.

Para unas pocas

La revista Forbes contaba en 2017 que las mujeres son “más propensas que los hombres a usar CBD” y que tienden a abandonar la “medicina tradicional” tras probarlo. También resumía que las razones más comunes por las que las personas usan CBD, según una macroencuesta, fueron “para tratar el insomnio, la depresión, la ansiedad y el dolor en las articulaciones”, según el doctor Perry Solomon, de HelloMD, una comunidad online que reúne a personal médico y pacientes relacionados con cannabis. “El 42 por ciento de los usuarios de CBD dijeron que habían dejado de usar medicamentos tradicionales como los analgésicos Tylenol o medicamentos recetados como Vicodin y habían cambiado a usar cannabis en su lugar. El 80 por ciento dijo que encontró que los productos eran ‘muy o extremadamente eficaces’”. El diario El País, como Forbes, también quiso hablar en 2019 sobre el negocio del CBD. En agosto de 2019 se esperaba que, para finales de ese año, “el mercado europeo del CBD tuviera un valor de 376 millones, un aumento del 30,82 por ciento” respecto al ejercicio anterior. Parece que hay hueco. Así lo cuenta Christina Schwertschlag en clave de humor.

Parece que, a pesar del estigma y de la falta de informes certeros, los cannabinoides en general, y el CBD en particular, tal como lo reflejan personas que los consumen, son útiles y casi podrían constituirse en toda una alternativa a muchos medicamentos para el dolor producidos y comercializados por grandes farmacéuticas. Algunas mujeres lo consideran un aliado, ya que han encontrado en el cannabis un alivio a sus dolores menstruales, a la ansiedad o a los dolores derivados de enfermedades que les afectan mayoritariamente, como la fibromialgia. Pero surge un traba más, una cuestión insalvable: la accesibilidad. ¿Quién puede ser una consumidora consciente con capacidad de elegir cómo tratar sus dolencias cuando un bote de 10 mililitros de CBD cuesta entre 89 y 197 euros? El especialista en cannabis Patricio Rodríguez comenta que “se podrían vender a menos de cinco euros”, incluso, pero la falta de regulación, opina Rodríguez, provoca que las empresas puedan establecer los precios que consideren. Entonces, ¿cómo podría ser una alternativa consumir cannabinoides si la mayoría social no puede permitírselo? ¿Tiene sentido que un movimiento que surge para ofrecer alternativas y mejorar la calidad de vida al margen de los límites del sistema coloque a la salud y el buen vivir, de nuevo, en un lugar de privilegio?

Al margen del negocio que ha emergido detrás de las propiedades terapéuticas del cáñamo, hay asociaciones y colectivos presentes en los barrios que promueven una producción y consumo más autónomo de los cannabinoides. En Growbarato.net, por ejemplo, ponen a disposición del público guías sobre cómo cultivar variedades de la planta con alto contenido en CBD y muy bajo o nulo en THC, aquellas que, como dicen, “todo el mundo pueda consumir, sin riesgo de sufrir ningún tipo de efecto psicoactivo”. También se pueden encontrar en su blog recetas para, a partir del cultivo de la planta, elaborar aceites cannábicos caseros. “Yo recomiendo en todas mis charlas que, antes de recurrir a esos productos, recurras a las flores de Cannabis Sativa. Es un producto natural, lleva el full spectrum, y hay montones de variedades en las que los niveles de THC son muy bajos o prácticamente nulos y los niveles de CBD son aceptables. Es mucho mejor consumir flores naturales que concentrados o extractos que, insisto, hasta que no haya regulación, la garantía es cero”, concluye Patricio Rodríguez.

Artículo escrito por  el 15 de abril de 2020 para Pikara Magazine

Fuente original: Pikara Magazine

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